Por Hatcher
Era uno de esos días que los sueños van a ninguna parte y la mala suerte ronda por las vidas de las personas.
Recién había huido de mi última clase del semestre y me dirigía a mi librería favorita que queda por esa calle de adoquines y árboles pintados de otoño. Estaba a una cuadra de llegar al pasaje que hoy en día le llamarían "vintage" por como las copas de los árboles y los cables tenían su propia rivalidad por el dominio de los cielos. Ahora querido lector es cuando escuchas con más atención. Antes de doblar me crucé con un pequeño minino de ojos amarillentos, este se detuvo para apreciar la figura humana que se paralizó al entrometerse en su camino. Me miró fijamente como si estuviese balbuceando un hechizo por interponerme en su callejeo a lo que yo respondí con una reverencia. El siguió su viaje en la dirección que se encontraba mi pequeña librería. No solo aprendí que debía reverenciar al pequeño animal de tes negra, sino que tampoco lo debía seguir, por lo tanto tomé el camino más largo.
Doble a la derecha en la siguiente calle para después virar nuevamente en la misma dirección que me dirigía a mi pequeña librería que estaba a la vuelta de la manzana. Pero antes de llegar al segundo pasaje me encontré con algo inesperado. De este venía un pequeño río de un líquido rojizo que conducía la tierra que encontraba a su paso. Sabía lo que era y yo no lo quería reconocer. Llamé a la policía y luego del interrogatorio me dirigí a mi casa, sin mi paseo y con una anécdota que buscará omitirse. Sin embargo, debía informarle esto a Gabriel.
La conversación fue simple, él no cuestionó lo mencionado, siempre me permite desahogar aquellas palabras que nadan en mi alma. Sin embargo, aprovechó y me sugirió escribir respecto a lo sucedido de modo terapéutico.
Fue así como junte letras, después palabras y oraciones hasta después lograr mi cometido, escribir un cuento con el fin de buscar una solución a aquella situación que no se marcharía rápidamente de mi cabeza.
Aquella noche no concilié el sueño, pero logré dormir un par de horas hasta que una llamada a las 8am me despertó. Era Gabriel y me preguntó hasta que hora me esperaría en el paradero para llegar a la clase de Javier. Aún bastante somnoliento le respondí que estaba saliendo de la ducha. Me levanté de un brinco, tome mi ropa y vi sobre mi escritorio mi manuscrito, dudé un segundo y miré la fecha de mi celular, viernes 13.
Entre a la clase, tarde, pero Gabriel me había guardado un puesto al frente. Después de la clase iríamos juntos a la librería que tanto me gusta para poder contemplar el nuevo libro de mi colección. Pero ya sé como terminará, o tengo una noción de lo que ocurrirá. A lo que huí de la clase Gabriel me detuvo y dijo que debía irse a su casa a cuidar a su hermano chico, me ofrecí acompañarlo pero se negó ya que sabía lo mucho que quería el libro. Caminé por las calles conocidas y vi esos ojos amarillos que no dudaron en juzgarme y para evitarlos bajé la cabeza y seguí caminando a la siguiente calle para no cruzarme en su andar. Apresuré el paso por el nerviosismo que me generó ver ese pelaje negro y al doblar a la derecha me topé de frente con un hombre encapuchado que me chocó por el hombro y sin decir las disculpas pertinentes, corrió. No comprendí mucho la situación mi meta era la librería. Tropecé, pero por suerte coloque mis manos en el piso antes que mi rostro llegara a el y fue cuando la vi. Llamé a la policía. Después fue Gabriel quién me convenció de escribir otro cuento. ¿Otro?
Cuando llegué a mi casa me encontré con unas hojas con un cuento titulado "El Río Rojo" hablaba de como el agua puede cambiar de color. Era mi letra y tengo un vago recuerdo de haberlo escrito. Lo coloqué con los demás. ¿Demás?
No pude cerrar los ojos durante la noche, agarré mi lápiz y papel y escribí aquellas memorias que tenía de una manera narrativa hasta armonizar mi cerebro y soñé. La mañana siguiente llamé a Gabriel, quién me respondió por WhatsApp que no podía hablar ¿Estaba en clases? ¿Un sábado? Revisé mi celular "Viernes 13". Me duché y no había nada que hacer, estaba ausente de todos modos a la última clase del semestre.
Como mi día se veía liviano por ausentarme a clases decidí ir a mi librería de preferencia. Tomé una micro que me llevó hasta la calle principal, ahora solo quedaba a un par de cuadras que fácilmente se podían hacer caminando. Llegué a la calle de adoquines con los árboles de color otoñal tan altos como los postes de luz, y la librería aún permanecía cerrada pero a punto de abrir. Entré y pregunté por mi libro. Al llegar a mi casa Gabriel me llamó:
-- ¿Cómo es eso de que vas a la librería sin mi? -insinúo con una voz bastante dominante
-- Tú eras quién no podía acompañarme. Tenías que cuidar a tu hermano, ¿no lo recuerdas?
Después dijo algo que no entendí claramente, pero le respondí:
-- Mañana vamos.
Entré a mi habitación y caí rendido frente a la tentación de mi cama. Al amanecer me desperté junto con el sol y pensé que mi escritorio era un desorden imperdonable, me levanté de la cama y comencé a ojear papel por papel y ordené veinte cuentos posados sobre el escritorio. Todos parecían tener una misma temática y efectivamente tenían la misma fecha, el día de ayer, viernes 13.
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