Por Pablo Rolle C.
Llegó un día un joven de no más de treinta años, tenía el aspecto de un abogado que quiere que esté todo perfectamente ordenado, su pelo era extrañamente blanco y ni un cabello se revelaba a su peinado, el traje, de color negro, no tenía ni una arruga y sus zapatos brillaban como si estuvieran recién lustrados. Su piel era pálida, hacía días que no salía a ver la luz del sol, pero no tenía arrugas, lunares ni espinilla alguna, semejaba un claro cubierto de nieve.
Lo conocí teniendo quince años, llegó buscando a mi abuelo, tenía que cobrar no se que deuda con alguien en no recuerdo donde. Mi abuelo lo acompañó dócilmente, se despidió de la familia con lágrimas en los ojos. En ese entonces no sabía que él no volvería.
Lo volví a ver a cuando cumplí veinticinco años. Se presentó en la puerta de mi casa buscando a mi madre. Le mentí diciendo que no estaba en ese momento, que volviera otro día, mi madre estaba muy enferma y no quería que nadie la viera. El se mostró comprensivo pero dijo que volvería, yo, aprovechado el momento, le pregunté por mi abuelo, él se mantuvo en silencio y se fue. Al día siguiente volvió a aparecer, y como el día anterior, lo persuadí para que se fuera, le pregunté nuevamente por mi abuelo, pero no dijo nada y se fue. Se repitió esta situación varios días, hasta que un día le deje entrar y lo llevé junto a mi madre, conversaron largo rato. Cuando acabaron de hablar, mi madre me dijo que tenía que irse, que no llorase pues no era algo malo, y que nos volveríamos a ver. Sabía que no era verdad, pero aún así los dejé marcharse juntos, ese era el deseo de mi madre.
Apareció una tercera vez mi vida. Esta vez tenía cincuenta años, estaba casado, tenía un hijo de veinte y una bebé de dos meses. Llegó furtivo, de noche, entró silencioso en la casa, tan ligero como el viento, cuando me percate de su intrusión el se estaba yendo, llevaba a la bebé en sus brazos pero ya estaba muy lejos. No fue solo mi hogar el desafortunado, también pasó por otras casas, igualmente silencioso y veloz. Esa noche fue la noche más helada alguna vez documentada en la ciudad.
La cuarta vez que le ví vino buscándome a mí, tenía noventa años y esperaba su visita. Yo estaba viejo y arrugado, sin embargo él se veía joven, jovial, sin ningún cambio, y parecía casi angelical. Con lágrimas en los ojos me pidió perdón, le pregunté por mi abuelo, mi madre y mi hija, el me aseguro que estaban a salvo, esperándome en otro lado.
Accedí a acompañarlo y mientras caminábamos él decía:
Todos lo conocemos
O llegaremos a conocer,
Al ser que en día o noche
A la gente lleva con él.
Aborrecemos su llegada
Cuando busca a otros,
A los que aleja de nosotros
Dejándonos solos.
A lo largo de la vida
Se generan diversas reacciones,
Odio, tristeza y desesperación,
Consentimiento, paz y comprensión.
El solo cumple con su trabajo,
Con lo que le fue ordenado,
“Busca a quienes don Tiempo
Ya no quiere en su templo”
Se los lleva a un juicio
Donde se decidirá,
Si fueron seres de virtud o vicio,
Y el juez dictará el regalo o el castigo.
Algunos, inútilmente, intentan huir,
Cuando ven que el hombre está por venir.
Pues saben que si los encuentra,
Los harán sufrir.
Más hay quienes le reciben,
Con sonrisas, té y galletas,
Pues saben que es perceptible
De la bondad y las buenas ofrendas.
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