sábado, 24 de junio de 2017

Un Mantel Perfecto

Por Hatcher

Con la delicadeza que solo una mujer le puede dar, las cinco pintábamos de color carmesí la mesa. 
Los hombres hacían el otro trabajo, ellos traían los cubiertos y los vasos para nuestro encuentro. 
Y todos reunidos aqui para observar las gotas de sangre que quedaron de la obra de arte que el cuerpo sin vida nos dejó.


El Inmortalizador de Momentos

Por Hatcher

Las noches que anteriores ambos estábamos con insomnio. Este no se había detenido y él me lo comentó. A mi parecer no es lo único que no ha desaparecido. No ha podido recordar por su vejez cuando comenzó a olvidar, sin embargo aún recordaba su falta de sueño de la noche anterior. En mis tiempos de ocio solía ir a la bodega para hurgar entre sus diarios de vida, tenía que investigar que historias alucinantes se abstenía de contar por su enfermedad. 


R.E.M

Por Hatcher

Llego, me siento, escucho, comento, cierro mi cuaderno, camino, te miro y caigo como Alicia por el agujero. Sigo caminando, recobro mi aliento, auto, ¿quién eres?, casa, ciencias naturales y dormir. 

Entro, te miro, te reconozco, te escucho, me saco los audífonos, reímos, nos conocemos. Me siento, me levanto me ducho y llego.


domingo, 18 de junio de 2017

Fantasmalmente invisible.

Por Pablo Rolle C.

Otra vez estoy aquí, en medio del tumulto, en medio de la fiesta, en medio de la multitud, en medio de todo, y es como si fuera invisible, como si no existiera.

Es hora de cenar. Nuevamente no me han servido un plato. ¿Habrá sobrado algo para mí? No lo creo. Mejor iré a comprarme algo.

En el camino se me atraviesa un hombre que pasea a su perro. Le alego, pero sigue de largo. El perro ni siquiera me ladra.

He llegado a la tienda. Voy a coger la última sopa instantánea pero una señora se la lleva sin advertir que estoy allí. Buscaré algo en casa, se que será una búsqueda inútil.

Está todo oscuro. No puedo dormir. Ni el humano placer de dormir y descansar se inmuta en alcanzarme.

¿Será mejor desparecer? No lo creo, aunque no habría diferencia.

Camino por los pasillos de mi casa, no hay fotos mías. ¿Cuándo las habrán sacado? ¿Alguna vez estuvieron?

Hoy es el matrimonio de Rodrigo, mi mejor amigo. Me siento en la última fila de la iglesia y en la comida no hay asiento para mí.

Ya es mi cumpleaños. El teléfono no ha sonado. Nadie ha tocado el timbre. Salgo a caminar. Es invierno y no hay lluvia que me acompañe.

Me siento en una banqueta de las muchas de algún parque en alguna parte. Las palomas revolotean a mi alrededor. Intento ahuyentarlas, pero no se van. Solo se mueven cuando un grupo de niños aparecen corriendo y llegan a apelotonarse junto al camión del vendedor de helados.

Estoy en cama, viejo y enfermo, y no hay quien me acompañe. Poco a poco voy desapareciendo de este mundo. ¿Habrá un mejor lugar para mí? ¿Habrá alguien o algo esperándome allí? Espero que sí.

Lentamente las sábanas fueron acomodándose en una cama que a primera vista pareciera estar vacía, pero si en ese preciso momento alguien de vista aguda se hubiera quedado viendo fijamente la cama, habría visto unos poco rayos de luz que se refractaban en la nada y que lentamente volvían a su curso original. Como si nunca nadie hubiera estado allí.


domingo, 11 de junio de 2017

Frío encuentro.

Es un día de frío como nunca ha habido, el sol está escondido entre las nubes y el viento corre helando el rostro de la muchacha. Parece que espera algo o a alguien, mientras espera observa a la gente que pasa, al oficinista que camina al trote apurado en llegar al trabajo, los niños que corren entre las personas y sus madres por detrás en una desesperada persecución. También hay gente que camina, un anciano señor y su igualmente anciana mujer caminan observando los patos salir al vuelo, asustados por el paso de un barco.

La muchacha se distrae un momento acariciando las teclas del teclado que lleva colgado al hombro, es una caricia suave, llena de ternura, para ese instrumento que con su bello son es capas de derretir al más duro corazón de hierro. Juega con un par de teclas lanzando sonidos al aire y yo la observo desde lejos fuera de una cafetería. Quisiera acercarme y preguntarle su nombre, saber quien es y cual es su historia, todos tenemos una y la suya es la que más quiero escuchar, Quisiera invitarla a entrar en la cafetería donde el ambiente es más cálido, y que tomemos un café mientras hablamos de la vida, le diría que el viento no es digno de acariciar semejante rostro, y que este debería gozar del suave cariño brindado por el fuego de la chimenea. Seguramente se negaría, soy un total extraño y tal vez me diría que ella no es la tierna y delicada flor que aparenta, sino que es una tempestad, llena de giros y cambios.

Estoy indeciso, a medio levantarme de mi asiento, en medio de mi indecisión me mira y observa dentro de mi mirada, ya conoce mis intenciones. Con una picara sonrisa se despide de mi y se va con una joven que acaba de llegar.

Apareció y se fue, veloz como el viento, dejando fríos mis pensamientos.


El payaso sin disfraz

Doy una honda aspirada a mi cigarrillo sin tabaco. Lentamente dejo ir el humo que no me relaja en absoluto. La función del medio día ha terminado y veo al público retirarse de la carpa principal. Mi número terminó hace unos minutos; no hay donde sentarse así que sólo aspiro y veo de pie. El ramo de flores adherido a mi mano comienza a picar nuevamente. No había sucedido hace varios días. Debe ser por ella. La pequeña de cabello negro y ojos verde agua. Me recuerda a alguien, aunque no sé a quién. Quizás ella me visitaba, cuando me llevaron al donde entré con una camisa de fuerza. 

¿Cómo es que terminé aquí? Se acerca el director del circo y me entrega la píldora, la que me quitará el dolor. Se aleja y sin mirarme dice “buen trabajo, pronto podrá partir, Stein”. ¿Quién es Stein? Medio cigarrillo terminado. Miro al director, le entrega la pastilla a una tipa, la trapecista sin manos ni pies. Recuerdo que cuando me declararon loco ella estaba a mi lado, esperando su sentencia también, aunque en ese entonces caminaba y comía por su cuenta. No sé quién es, pero sé que estaba allí al igual que el hombre traga-sables.

Sí, él gritaba como loco aquel día, merecía que lo encerraran. Pero no creo que eso haya sido razón suficiente para que expandieran su garganta, destrozando sus cuerdas vocales y expandieran su caja toráxica sacándole las costillas. No, eso es definitivamente para que le quepan más espadas. Casi se termina mi cigarrillo. Se acerca el público para la siguiente función. Sostengo el cigarrillo con la boca para arreglar un poco el ramo de flores, aunque gracias a la píldora, sólo da comezón. De pronto, mis labios arden. Se terminó mi cigarrillo y con él, mis últimos momentos de lucidez. Fijo la mirada en el público. Se desfigura mi rostro, esbozando una sonrisa que no deseo mostrar. Los niños me ven y saludan al hombre disfrazado de payaso. Si tan solo supieran, queridos niños, que esto no es un disfraz.


El primer vuelo

Annie estaba totalmente exaltada aquel día ¡Por primera vez en su vida volaría en avión! Era algo que había soñado muchas veces, pero que jamás había vivido. Y ahora como regalo de cumpleaños por sus cinco años, mamá había comprado pasajes para ir a visitar a abuelita. Para un día tan importante, había que vestir acorde a la ocasión, y para esto decidió usar su vestido naranjo. Este vestido lo ocupaba exclusivamente para oportunidades importantes, ya que el naranjo era por lejos su color favorito. En su maletita, naranja por supuesto, empacó todas las cosas importantes que deberían acompañarla en esta aventura. La mantita que le había tejido abuelita, su libro favorito de “Peter Rabbit”, lápices de colores y su cuaderno para colorear dibujos, entre otros. Cuando estaba todo listo cogió a Charlie, su oso de felpa que la acompañaba a todas partes y partieron. Papá cargó el auto con todo lo indispensable y fueron rumbo a este esperado viaje.

Annie jamás había estado en un aeropuerto y este lugar le sorprendió muchísimo. Se vio sumergida en un mundo de lo más variado de personas. Era tal la multitud, que tuvo que agarrar muy fuerte la mano de papá para no perderse. La enorme cantidad de gente y su gran diversidad, le daban la impresión de estar en otro universo.

La fila para dejar el equipaje le pareció durar una eternidad y Annie sentía que no podía dominar sus ansias, dando saltitos constantemente y apretando fuertemente a Charlie contra sí, algo nerviosa porque pasara algo que les impidiera viajar. Cuando fue su turno, la encargada de recibir el equipaje fue muy amable con la pequeña y le sonrió dulcemente cuando esta, algo inquieta, pesó su maletita naranja, para luego suspirar aliviada al comprobar que no excedía el límite de peso. Luego de otros pasos rutinarios, pasaron a la sala de embarque, donde la familia esperó pacientemente para poder ingresar al vuelo. Cuando por fin terminó la larga fila que se había formado para el embarque, Annie se encontraba jubilosa. El asiento que le había tocado, el 34 A, estaba justo junto a la ventana ¡Podría verlo todo! Se instalaron en los asientos y comenzó el viaje. El despegue fue algo violento y se puso algo tensa, pero una vez que todo eso pasó, ya más tranquila empezó a disfrutar del vuelo. Se acomodó bien en su asiento, con el cinturón de seguridad bien apretado, y descubrió que este era reclinable. Luego de jugar un rato con eso, vio unas revistas que se encontraban frente a ella en el asiento de adelante y se entretuvo un rato con ellas. Una azafata le dio a todos los niños que viajaban, una bolsita con un librito para colorear y lápices. También trajeron luego de unos momentos algo para comer, dándole dos opciones para elegir, de las cuales escogió lasaña, que venía acompañada de jugo de naranja, un pan con mantequilla para untar y como postre flan de caramelo. Annie no cabía en su felicidad. El tiempo transcurría gratamente, mamá leía y papá dormía roncando suavemente, lo que le ocasionó algo de risa. Inquieta, se levantó varias veces con la excusa de ir al baño para conocerlo todo, siempre acompañada de Charlie. Estando ya más tranquila, comenzó a examinar la bolsita que le había entregado la azafata y a jugar con su contenido.

Todo iba de maravilla, hasta que de pronto empezó a sospechar que algo raro pasaba. Habían anunciado algo por el alto parlante, pero ella no había atendido a lo que habían dicho, se encontraba muy concentrada en pintar un pequeño avioncito, que tenía ojos y le sonreía. Mamá tomó muy fuerte de su mano y su rostro puso pálido. De pronto en el avión quedó en un silencio sepulcral y cuando Annie le quiso preguntar a mamá que estaba sucediendo, esta colocó su dedo sobre su boca y la abrazó con fuerza, papá parecía asustado. Estaba confundida ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué mamá, papá y todos se comportaban así? Procuró quedarse callada, inmóvil, pero muy abrazada a mamá y también aferrada a Charlie. La tensión era cada vez más palpable en el ambiente, estaba asustada. En medio del silencio de pronto un niño comenzó a sollozar, mientras su madre hacia todo lo posible por calmarlo y Annie deseó hacer lo mismo. Pero ella era una niña grande y las niñas grandes no lloraban. Se asomó por la ventana y comprobó que estaban a una altura demasiado baja para lo que ella consideraba lo normal. Estaban levemente por encima de los rascacielos de una enorme ciudad. Esto le pareció raro y comenzó a sentir temor. Algo malo iba a pasar, intuía. Miró a su madre y comprobó que sus ojos estaban llenos de lagrimas, papá parecía aterrorizado, nunca los había visto así. Volvió a mirar por la ventana y sus ojos se abrieron como platos. Ahí descubrió cual sería el destino…

Lo que siguió fue un ruido estruendoso, un choque brusco, muchos gritos, una explosión y luego todo negro… Annie sola, sin Charlie, ni papá y mamá…
un túnel muy oscuro… y una tenue luz blanca al final…


La chica misteriosa del teclado


Cada vez que decidía irme desde la facultad a casa caminando, bordeando el río (que no eran pocas), la veía. Yo la llamaba la “chica misteriosa del teclado”, ya que siempre se encontraba por ahí, con su instrumento a cuestas, a veces tocándolo con una pasión impresionante, y otras veces simplemente vagando por esos lugares. La expresión de su rostro solía ser huraña y hosca, pero esta faceta desaparecía por completo cuando se abocaba a su música. Nunca hablaba con nadie y en general evitaba cualquier tipo de contacto con la gente que estaba a su alrededor. Siempre igual, la misma chaqueta azul, con su cabellera negra al viento y un toque de maquillaje, hacían que esta “chica misteriosa del teclado” despertara en mí una gran curiosidad. Me gustaba fantasear acerca de ella, imaginando e inventando aspectos de su vida, tales como su nombre, de donde venía, quién le había enseñado a tocar el teclado y muchas otras cosas. Todo esto se lo solía contar a mi hermano, con el cual compartía mi habitación, antes de dormir. El me escuchaba sin prestarme mucha atención, cosa que no me importaba, ya que, por lo menos tenía alguien que me prestara su oído para poder expresar mis más profundas fantasías. Sin embargo, a pesar de mi imaginación, sentía que mis descripciones e ilusiones nunca lograban retratar fielmente la esencia de la reservada joven. “Tómale una fotografía”, me dijo una noche mi hermano cuando le conté eso. Me pareció una buena idea, así que al día siguiente lleve mi cámara a la facultad con la intención de plasmar la imagen de la chica. Cuando terminaron las clases, de costumbre, me fui a casa caminando por la ruta que bordeaba el río. Como siempre, ella se encontraba ahí con su preciado teclado. Trate de sacar la fotografía lo más discretamente posible, cosa de que ella no se diera cuenta, lo que se me hizo bastante complicado. Y cuando por fin la cámara hizo click, ella me descubrió en mi empresa. Pude ver como su cara se llenaba de rubor y la indignación reflejada en sus ojos. Estaba iracunda, frenética. Y ahí fue cuando escuche su voz por primera vez, pero lo hizo gritando un dialecto desconocido para mí, un idioma extranjero. Y así fue como descubrí el primer rasgo que me podría quizá a conocerla mejor, a pesar de su furia, y además tenía un retrato de ella. Cuando llegué a mi casa estaba jubiloso, le conté todo a mi hermano y antes de dormir hice mil planes para poder seguir descubriendo cosas acerca de ella. Al día siguiente, al terminar las clases, tome la ruta del río esperando encontrarla. Pero no estaba. Esperé un largo rato, pero no había rastro de ella. Cuando ya se hizo tarde y comenzó a helar, me fui decepcionado a mi hogar. Volví muchas veces al lugar, con la esperanza de volver a verla, pero nunca la volví a ver. Al pasar el tiempo desistí y dejé de tomar la ruta del río para llegar a casa para cerrar el capítulo de la chica misteriosa del teclado. Pensé que probablemente estaría en otro lugar del mundo, encantado a otros con su particularidad y quizá haciendo fantasear a otros con su enigma.


Eran felices, y lo sabían

Por Gabriela Valdivieso

Recuerda perfectamente cuando llegaron a su casa-paraíso. Ese mundo era entonces un colchón y unas blancas paredes, pero todo era decorado por pedazos de su cariño. Para ella, la sombra de él daba la iluminación perfecta, su transpiración en la almohada cada mañana era definitorio del ecosistema.

Sin esfuerzo, aún podía sentir el lunar de su cuello en las baldosas de la cocina, sus dedos atravesaban los crespos de su pelo en la baranda de la terraza. Los vellos canosos de su barba parecían asomarse en las hojitas de su primera planta.



jueves, 8 de junio de 2017

El árbol

Por Pablo Rolle C.

El día en que nació, su abuelo plantó un manzano siguiendo la tradición familiar, la cual se remontaba hasta 1812. Un día, a finales del icónico año, Bernardo O´Higgins salió al mercado a comprar manzanas, en el camino de vuelta tropezó con un anciano pobre al cual decidió regalarle un par de manzanas y semillas para que las plantara. El anciano era su antepasado y había plantado las semillas el día del nacimiento de su nieto.

Él creció junto con el árbol, ambos sanos y fuertes, cuando este fue lo suficientemente alto y resistente, comenzó a jugar en el trepando diariamente hasta su copa, midiendo cuanto demoraba y comparando la marca con la del día anterior. Pero un día se aburrió, ya no disfrutaba jugando en el manzano, y además ni siquiera le gustaban las manzanas, por lo que decidió deshacerse del árbol. En su lugar, planto un naranjo, árbol novedoso, lejano a la tradición y cuyo fruto era mucho más exquisito que cualquier otro. Sin embargo este hecho destrozaría su ser.

Regó y cuidó todos los días de su nuevo árbol, para que creciese más alto y fuerte que el anterior, pero, a pesar de sus esfuerzos, éste creció chueco y seco, y era pequeño, parecía débil y enfermo, y su fruto estaba lejos de ser disfrutable. Él lloró por su naranjo, derramó sus lágrimas sobre él hasta ya no poder. Una vez hubo acabado de llorar y lamentarse, decidió deshacerse de éste árbol también. Tomó gran vuelo con el hacha y con fuerza lanzó el hachazo, pero al momento que la herramienta tocó al árbol, estalló en mil pedazos y partículas, rasguñando su cara y brazos, la sangre comenzó a salir por las heridas y a gotear sobre las raíces, asombrado vio que éstas absorbían el liquido carmesí con rapidez. Cuando cayó la última gota de sangre, luego de ser absorbida, una intensa luz naranja brilló, cegándolo de momento, retrocedió asustado y tropezó, golpeándose la cabeza contra un rama baja del árbol, para luego quedar inconsciente bajo su sombra.

Al día siguiente no le encontraron en su casa ni en ningún lugar de la ciudad, lo que sí encontraron fue un naranjo como nunca se había visto, y cuyo fruto no tenía comparación.


Incendio

“¡Salgan de la casa!” gritó Mena, “¡venga a ver!”. Dejé el serrucho y el listón de madera a medio cortar y me encaminé a la puerta. “¿Ven eso?! Preguntó señalando una fumarola, a no más de tres casas de la nuestra. Los altos árboles, que crecían en la ladera del cerro en el que nos encontrábamos, hacía difícil ver incluso la casa del vecino. “¿Qué estará pasando?” preguntó Fran. “Es mucho humo para ser un asado” contesté. Le preguntamos a la dueña de la casa que estábamos reparando si sabía qué era ese humo. Echó un vistazo por la ventana e instantáneamente gritó “¡Fuego!”. Los cinco del grupo quedamos sorprendidos y no demoramos en salir a la calle. Los grupos de las casas aledañas también habían salido a ver qué ocurría.

Unos minutos después, llegó Férez, el jefe de los trabajos. “Cabros, es un incendio. Los bomberos vienen en camino. Por mientras, vamos a hacer una cadena para pasar agua, a ver si alcanzamos a hacer algo. Los otros jefes están tirando arena para que no llegue a la casa de la señora Lucía. El Incendio parece que partió en su patio.” Inmediatamente todos comenzamos a correr para formar la cadena. Me ubiqué relativamente cerca de la casa, para poder arrojar los bidones llenos de agua.

El calor era abrumador, detrás de la casa se podía ver cómo se alzaba una llamarada anaranjada. Los jefes que echaban arena comenzaron a retroceder, el fuego crecía. Férez gritó para que saliéramos de ahí, así que en pocos segundos tiramos el agua que quedaba y nos retiramos. La señora Lucía lloraba de rodillas viendo cómo años de esfuerzo estaban a unos metros de ser envueltos por el manto anaranjado, aquél que tiñe todo de negro. De pronto, algo ocurrió. Algo que tiene explicación, pero el momento, la coincidencia, lo hace inexplicable: el viento cambió de dirección. El fuego dejó de avanzar y tomó el rumbo de la nueva corriente de aire, dirigiéndose a una ladera inhabitada.

Luego de unos minutos, todos estaban más tranquilos, menos yo. Mi grupo estaba incompleto. Faltaba el Casti. Gritamos cuanto pudimos, aunque nuestra voz se gastó seguimos gritando. Luego de un buen rato buscando y gritando, apareció junto con dos jefes. Habían bajado el cerro, a la zona de seguridad. Me lancé abrazar al Casti. Ahora podía estar tranquilo. Los bomberos habían llegado. Todos los integrantes de los trabajos miramos como el atardecer absorbió lo que quedaba del incendio y su color.


domingo, 4 de junio de 2017

Semillas de la rebelión

Por Pablo Rolle C.

El sol ardía sobre sus espaldas desnudas, el momento había llegado. Todas las miradas se posaban sobre ellos, los tres en medio del escenario, sobre esos hombres de mediana edad que se erguían orgullosos y serios. “¿Cómo pueden estar tan tranquilos?”, se preguntaban, “los van a ejecutar y aun así permanecen inalterables”.


Frente al escenario se encontraba la multitud y por detrás estaba el rey, sentado en un ostentoso asiento, disfrutado del espectáculo bajo la sombra del lujoso toldo real. Los hombres, dando la espalda a su majestad, ofrecieron una elegante reverencia al público, como habían aprendido durante su vida siendo parte de la corte real. Luego dieron media vuelta, y se dirigieron a sus respectivas sogas mirando con desprecio y a los ojos, al hombre del cetro de plata y la corona de oro.