Cada vez que decidía irme
desde la facultad a casa caminando, bordeando el río (que no eran
pocas), la veía. Yo la llamaba la “chica misteriosa del teclado”, ya que
siempre se encontraba por ahí, con su instrumento a cuestas, a veces
tocándolo con una pasión impresionante, y otras veces simplemente
vagando por esos lugares. La expresión de su rostro solía ser huraña y
hosca, pero esta faceta desaparecía por completo cuando se abocaba a su
música. Nunca hablaba con nadie y en general evitaba cualquier tipo de
contacto con la gente que estaba a su alrededor. Siempre igual, la misma
chaqueta azul, con su cabellera negra al viento y un toque de
maquillaje, hacían que esta “chica misteriosa del teclado” despertara en
mí una gran curiosidad. Me gustaba fantasear acerca de ella, imaginando
e inventando aspectos de su vida, tales como su nombre, de donde venía,
quién le había enseñado a tocar el teclado y muchas otras cosas. Todo
esto se lo solía contar a mi hermano, con el cual compartía mi
habitación, antes de dormir. El me escuchaba sin prestarme mucha
atención, cosa que no me importaba, ya que, por lo menos tenía alguien
que me prestara su oído para poder expresar mis más profundas fantasías.
Sin embargo, a pesar de mi imaginación, sentía que mis descripciones e
ilusiones nunca lograban retratar fielmente la esencia de la reservada
joven. “Tómale una fotografía”, me dijo una noche mi hermano cuando le
conté eso. Me pareció una buena idea, así que al día siguiente lleve mi
cámara a la facultad con la intención de plasmar la imagen de la chica.
Cuando terminaron las clases, de costumbre, me fui a casa caminando por
la ruta que bordeaba el río. Como siempre, ella se encontraba ahí con su
preciado teclado. Trate de sacar la fotografía lo más discretamente
posible, cosa de que ella no se diera cuenta, lo que se me hizo bastante
complicado. Y cuando por fin la cámara hizo click, ella me descubrió en
mi empresa. Pude ver como su cara se llenaba de rubor y la indignación
reflejada en sus ojos. Estaba iracunda, frenética. Y ahí fue cuando
escuche su voz por primera vez, pero lo hizo gritando un dialecto
desconocido para mí, un idioma extranjero. Y así fue como descubrí el
primer rasgo que me podría quizá a conocerla mejor, a pesar de su furia,
y además tenía un retrato de ella. Cuando llegué a mi casa estaba
jubiloso, le conté todo a mi hermano y antes de dormir hice mil planes
para poder seguir descubriendo cosas acerca de ella. Al día siguiente,
al terminar las clases, tome la ruta del río esperando encontrarla. Pero
no estaba. Esperé un largo rato, pero no había rastro de ella. Cuando
ya se hizo tarde y comenzó a helar, me fui decepcionado a mi hogar.
Volví muchas veces al lugar, con la esperanza de volver a verla, pero
nunca la volví a ver. Al pasar el tiempo desistí y dejé de tomar la ruta
del río para llegar a casa para cerrar el capítulo de la chica
misteriosa del teclado. Pensé que probablemente estaría en otro lugar
del mundo, encantado a otros con su particularidad y quizá haciendo
fantasear a otros con su enigma.
Me encanta el estilo que has desarrollado. Tu pluma es sencilla y clara, pero es también descriptiva y tiene esos destellos de belleza (como "un toque de maquillaje").
ResponderEliminarMe gusta mucho hacia dónde nos transportaste. Fue muy nítido el lugar que nos mostraste y la energía de la chica.
También disfruté que todo el texto es un párrafo ininterrumpido, como la vida misma.
Algunos comentarios chicos:
-Quitaría el paréntesis que está en la entrada, pues confunde un poco.
-Evitaría repetir "chica misteriosa", lo cambiaría la tercera vez, dejaría solo el título, la primera y la última vez.
-Hay que revisar esta frase: "Pude ver como su cara se llenaba de rubor y la indignación reflejada en sus ojos." > Debería decir: "... y la indignación se reflejaba en sus ojos".
:)