“¡Salgan de la casa!” gritó
Mena, “¡venga a ver!”. Dejé el serrucho y el listón de madera a medio cortar y
me encaminé a la puerta. “¿Ven eso?! Preguntó señalando una fumarola, a no más
de tres casas de la nuestra. Los altos árboles, que crecían en la ladera del
cerro en el que nos encontrábamos, hacía difícil ver incluso la casa del
vecino. “¿Qué estará pasando?” preguntó Fran. “Es mucho humo para ser un asado”
contesté. Le preguntamos a la dueña de la casa que estábamos reparando si sabía
qué era ese humo. Echó un vistazo por la ventana e instantáneamente gritó “¡Fuego!”.
Los cinco del grupo quedamos sorprendidos y no demoramos en salir a la calle.
Los grupos de las casas aledañas también habían salido a ver qué ocurría.
Unos minutos después, llegó
Férez, el jefe de los trabajos. “Cabros, es un incendio. Los bomberos vienen en
camino. Por mientras, vamos a hacer una cadena para pasar agua, a ver si
alcanzamos a hacer algo. Los otros jefes están tirando arena para que no llegue
a la casa de la señora Lucía. El Incendio parece que partió en su patio.”
Inmediatamente todos comenzamos a correr para formar la cadena. Me ubiqué
relativamente cerca de la casa, para poder arrojar los bidones llenos de agua.
El calor era abrumador, detrás
de la casa se podía ver cómo se alzaba una llamarada anaranjada. Los jefes que
echaban arena comenzaron a retroceder, el fuego crecía. Férez gritó para que
saliéramos de ahí, así que en pocos segundos tiramos el agua que quedaba y nos
retiramos. La señora Lucía lloraba de rodillas viendo cómo años de esfuerzo
estaban a unos metros de ser envueltos por el manto anaranjado, aquél que tiñe
todo de negro. De pronto, algo ocurrió. Algo que tiene explicación, pero el
momento, la coincidencia, lo hace inexplicable: el viento cambió de dirección.
El fuego dejó de avanzar y tomó el rumbo de la nueva corriente de aire,
dirigiéndose a una ladera inhabitada.
Luego de unos minutos, todos
estaban más tranquilos, menos yo. Mi grupo estaba incompleto. Faltaba el Casti.
Gritamos cuanto pudimos, aunque nuestra voz se gastó seguimos gritando. Luego
de un buen rato buscando y gritando, apareció junto con dos jefes. Habían bajado
el cerro, a la zona de seguridad. Me lancé abrazar al Casti. Ahora podía estar
tranquilo. Los bomberos habían llegado. Todos los integrantes de los trabajos
miramos como el atardecer absorbió lo que quedaba del incendio y su color.
Te celebro:
ResponderEliminar-La idea la encontré curiosa, interesante.
-Me gustó el manejo de la tensión, sentí estrés, pero contenido, mesurado, interesante como te quedó.
-Me gustó la forma en que narraste cómo la casa se salvó. Esa frase para mí representa una característica de tu forma de escribir, de esa voz que tienes en los cuentos: "De pronto, algo ocurrió. Algo que tiene explicación, pero el momento, la coincidencia, lo hace inexplicable: el viento cambió de dirección."
-Preciosa esta frase: "a unos metros de ser envueltos por el manto anaranjado, aquél que tiñe todo de negro."
-Bonita la frase del cierre.
Te sugeriría:
-Apurar un poco más la acción. Yo prefiero partir el relato sin entender nada, en el medio de una acción, pero ya en la adrenalina del meollo, a consumir letras innecesarias o sin alma para llegar lentamente a lo que importa.
-Prefiero que no pongas título a que pongas eso, jejeje!
*Al margen: Me llama mucho que es realmente complicado enganchar al lector con una historia "feliz". Una posible justificación es la atracción por el morbo, pero otra es que en historias relajadas no se siente la pasión, el rollo.