Por Gabriela Valdivieso
Recuerda perfectamente cuando llegaron a su casa-paraíso. Ese mundo era entonces un colchón y unas blancas paredes, pero todo era decorado por pedazos de su cariño. Para ella, la sombra de él daba la iluminación perfecta, su transpiración en la almohada cada mañana era definitorio del ecosistema.
Sin esfuerzo, aún podía sentir el lunar de su cuello en las baldosas de la cocina, sus dedos atravesaban los crespos de su pelo en la baranda de la terraza. Los vellos canosos de su barba parecían asomarse en las hojitas de su primera planta.
Recuerda
cuando él colgó dos marcos arriba de la cama. Uno venía vacío, así lo
quería, sin foto, y el otro tenía una imagen del Golden Bridge de San
Francisco. Recuerda que le encantaba atravesar con el pensamiento los
cables del puente y recorrer con el espíritu, como en bicicleta, la
distancia de un extremo al otro.
Él
contaba, orgulloso como un niño, que todo el mundo dice que el Golden
Bridge es rojo, pero que su color oficial es el "naranjo internacional".
Contaba que cuando estuvo allí, el Rafa, su mejor amigo, le dijo que
leyó una vez que la estructura mantenía siempre su vivo color porque
nunca dejaba de ser pintado. No bien los pintores llegaban al fin del
puente, partían nuevamente por el inicio.
Esa
idea lo conquistaba. Le encantaba pensar que esos pintores eran como
Sísifo de la Ilíada, que tenía por castigo subir una pesada piedra por
la colina, pero antes de que alcanzar la cima esta una y otra vez rodaba
hacia abajo. Le encantaba pensar que esos pintores debían hacer esta
labor por convicción más que por trabajo, debían estar comprometidos con
la necesidad de anular la opacidad que va dibujando el viento helado
del invierno y de batallar el descontrolado calor de la Costa Oeste que
descascaraba el especial tono naranjo rojizo.
Como
para ella la espumilla del chocolate caliente puede apaciguar un
espíritu ansioso, hizo un termo de dulce calor para regalarle balance y
calma el día que su amor descubrió a la vez algo tristísimo y algo
maravilloso. Fue cuando supo que era mentira que el puente no dejaba
nunca de colorearse, que acaso ha sido pintado una decena de veces en
ochenta años de existencia. Su aliento perfumaba cacao cuando le contaba
con ojos locos de entusiasmo que también descubrió que esos brazos de
acero tenían un tatuaje exquisito: de lado a lado del puente, los
metales que perforan el cielo tenían talladas las letras de un poema
escrito por el ingeniero a cargo de la obra.
Como
el enorme equipo que por años construyó el puente, ellos capa a capa
armaron su hogar-cosmos. Los libros de ambos invadieron sus paredes, el
colgador de llaves aceptó con dignidad su misión de morder llaveros, la
entrada contó con una alfombra felpuda que acariciaba los zapatos de los
amantes y de los visitantes. Un específico rincón del estante de la
cocina iba acumulando torres de vasitos de shots de todas partes del
mundo que Rafa y sus otros amigos iban trayendo de sus viajes.
Dicen
que la gente no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Ellos no, eran
realmente felices y lo sabían perfectamente. Las paredes de su hogar
estaban confeccionadas para el disfrute y sus costumbres eran
imperdibles rituales. Era parte del pacto nunca firmado que los fines de
semana olían a pan tostado y sonaban a promesas de amor, que antes de
dormir ambos leían entrelazando una pierna y que bajo ninguna
circunstancia podrían dormirse con enojo. También sabían que era
importante recibir a la otra persona cuando llegaba; ella se aproximaba a
la puerta cuando escuchaba desde el ascensor el silbido que canturreaba
“La Comparsita” u otro tango clásico y él iba a recibirla cuando la
escuchaba al otro lado de la puerta, meneando la cartera para encontrar
las llaves.
Ahora
ve claramente. Desde la distancia es fácil ver las inconsistencias de
la casa-cosmos, las filtraciones de esa historia que se contaban el uno
al otro. La verdad es que había señales por todos lados. Ahora
dimensiona que las finanzas de él iban demasiado bien, que sí era raro
que a veces el olor a pan tostado se arrancaba al pasillo por la
necesidad de abrir la puerta a extraños personajes que hablaban bajo,
siempre por el espacito mínimo que deja abrir la cadena de seguridad. Ya
está casi convencida de que él escondía sus cosas detrás del perfume
que la enloquecía, justo en la cajita que aún tenía un poco de
brillantina de aquel regalo infantil del inicio de la relación. No sabe
cómo no razonó antes que el Rafa tenía rato sin venir y que las
pesadillas nocturnas de su amor eran cada más frecuentes.
Ahora
su hogar entero es lo mismo que un cuadro vacío. Sin él no hay
espumilla de chocolate caliente que pueda distender las angustias que se
tensan en su frente, nada que pueda realmente disminuir sus ojeras. La
última vez que lo visitó le llevó su torta favorita, pero él no probó
bocado. Con las palabras arrastradas le contó el episodio que tuvo con
el que llamaban "La Roca". Un día en la hora del ejercicio en el patio
"La Roca" le preguntó: ¿sabes de qué color son tus barrotes? Él se
alejó y no le contestó, pero al terminar la hora fue a su celda
discretamente apurado. Se equivocó. No eran gris, eran amarillo pálido,
como de una mezcla de negro, amarillo y café. Cree en el fondo que nadie
nunca las pintó, siempre fueron así, intensamente horrorosas, que
parecen gris como todo el resto del mundo. Ella no recuerda bien cómo se
despidió, si dejó la torta ahí o en el bus de vuelta.
No importaba mucho. Esa noche llegó departamento y no prendió las luces. No había absolutamente nada que ver en ese lugar.
No importaba mucho. Esa noche llegó departamento y no prendió las luces. No había absolutamente nada que ver en ese lugar.
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