Todas las tardes llegaba de la escuela a la casa que alguna vez fue de su abuela, quien, ya bordeando los noventa y cinco años, había muerto de un repentino ataque al corazón. Cual ritual, desde el primer día en el que el sueño apareció en su vida, tanteaba con la punta de los dedos la pared de su habitación, buscando algo que claramente no existía en el mundo de la realidad. No importaba cuántas veces mirase, la puerta no estaba allí.
jueves, 25 de mayo de 2017
martes, 16 de mayo de 2017
Afectos errantes
Eran las 4:37. Solo faltaban tres minutos para que
ella llegara. Los miércoles salía de la universidad a las 4:30 y como solía hacerlo
todos los días, iba a estudiar al café. Él sabía que llegaba siempre con
exactitud 10 minutos después de terminar las clases y también que pedía un Caramel
Macciato y un muffin de arándonos. A la hora esperada, en punto, llegó.
Él era un chico un poco diferente. De aspecto
desgarbado, alto, flaco y medio torpe. Algo tímido y retraído. Pero tenía un
dejo en la expresión de su cara que solo las personas muy observadoras captaban
y que le daba cierto atractivo.
La primera vez que la vio quedó alucinado con ella.
Era un día otoñal cálido, cuando entró al café encandilando a todo el mundo con
su distinguido paso. Era imposible no quedarse observándola unos momentos tras
verla. Alta y delgada, lo que más destacaba era su larga y blonda cabellera que
flotaba al caminar. Con una sonrisa perfecta hizo su pedido y con su grácil
andar se dirigió a una mesa vacía, donde sacó un computador portátil y comenzó
a estudiar a conciencia. Él pensó que era la mujer más maravillosa que había
visto.
lunes, 15 de mayo de 2017
Una tonada sin hielo, por favor
Por Vale Fuentes
y Luci Carr
Entró al lugar,
como siempre puntual y, más ritualista que vieja en misa, se sentó en el mismo
banco junto a la barra.
-Lo de siempre- dijo
al barman, con la mirada fija en su reloj.
Mientras le
servían la copa cogió su celular. Vería la subida y caída de la TPM, revisaría
el IPSA y con toda probabilidad el cambio del dólar. Luego guardaría su
celular, y volvería a su reloj. Entre las iteraciones olvidaría, como a diario,
el peso leve de la libretita en el bolsillo derecho del vestón.
-Aquí tienes -
pronunció el barman con el néctar del olvido ya frente a su cliente.
John lo recibió
y, metódico, en un sorbo bajó un tercio del vaso. Por un segundo su mirada
quedó perdida entre el papel mural y las botellas lupa en el mueble caoba. Rápidamente
metió la mano en el bolsillo derecho, en búsqueda de su libreta, debía escribir
antes que se fuera la idea. Luego registró en los demás, con el apremio del
adicto en abstinencia. Buscó primero en los grandes del vestón, el pantalón,
los pequeños de la camisa, el interno del abrigo, ese que se medio oculta en el
traje... Tras breves segundos de búsqueda sus ojos perdieron el fulgor. Podría
haber pedido una pluma a alguien, pero la idea se desvaneció como lo hacen los
sueños al despertar. Deprimido guardó nuevamente la libreta, inmaculada, vacía.
El barman,
Larry, le dirigió una mirada fugaz, con destreza para que no le notara. La
misma que tenía para manipular las botellas como si fuese un malabarista y la
misma con la que encendía los puros de la gente sentada en la barra casi sin
mirar. Larry debía tener un sexto sentido para presentir a los fumadores sin
encendedor. Era un hombre grande y de cabeza rapada y un diestro experto en la alquimia de las
bebidas. Había quienes creían que hacía magia, y cuando se lo decían, él bajaba
su cabeza, sus ojos se impregnaban de nostalgia y daba una sonrisa de esas que
sabes tristes, de las que evocan recuerdos. Hace años no hacía shows de magia,
era lo que amaba, pero jamás logró ser lo suficientemente bueno. El sombrero de
Larry, estaba vacío, no habían conejos blancos y se le acabaron los trucos para
hacer malabares en la vida, entonces, como solución, encontró trabajo en el
bar.
Preparó un blended
whisky y se lo entregó a Katy, la camarera, lo único realmente bello y
atractivo en la taberna. Con sus labios de rojo intenso le brindó una sonrisa a
Larry, y este le respondió con un guiño. La mujer tenía su carácter pero, como quienes
trabajan en lugares así, manejaba el arte del coqueteo. Miento, ella sabía del
arte porque no hace mucho había sido una bailarina de cabaret, cuando era más
rubia y aun más joven.
Con un movimiento
grácil, meneando las benévolas caderas, se dirigió a servir las copas que
llevaba en su bandeja. Qué gracia tenía esa mujer para caminar, era una
bailarina innata. Cuando niña, tomó clases de ballet y al terminar su
adolescencia hizo varias audiciones, y quedó seleccionada. Pero justo ese
verano su novio la embarazó. Su hijo nació más que pronto y con leucemia, y
tuvo que conseguir dos empleos para financiar su enfermedad: el cabaret y el
bar. El cabaret la despidió al cumplir treinta y solo le quedó aumentar turnos
en el bar. Y, pese a que ha transcurrido más de una década, aún recuerda el
teatro, cuando
recorre el trecho entre la barra caoba y las mesas beige.
-Aquí tiene Sr.
Carter- dice risueña, depositando la copa que traía en la mesa, frente al
hombre más elegante del bar.
Se escucha un “gracias”,
escueto, pero gentil. El hombre canoso es un empresario conocido, de una de
esas familias en que u ocupas una silla en el senado o en el directorio de una
gran corporación. En el bar era otra sombra, la sombra que tarareaba todas las
canciones, que se sabía el estribillo, el puente y la estrofa. El que
seguramente sabría como tocarla si lo forzaban a tomar una guitarra, el piano,
el saxo o un violín. Y miraba los instrumentos, con un sentimiento entre el
deseo y la cohibición. Su copa seguía llena y su reputación intacta. Y quienes
lo observaran, dirían que es la imagen viva del éxito.
Uno de esos
observantes es Tom. Siempre procura sentarse en una mesa próxima al Sr. Carter,
quizás con la esperanza de entablar una conversación con él, una que le
proporcione una mejor vida que la que tiene. “¡Pero hombre!, tienes una
bellísima mujer y unos encantadores hijos”, le dijo una vez Larry. Pocos saben,
que él no se casó enamorado y que no es feliz. Era muy joven cuando su mujer
quedó embarazada y sus familias, estas “a la antigua”, les obligaron a casarse
y sentar cabeza. Siempre viene solo y con esperanza. Con la esperanza de
volverla a ver, a ella, la mujer que tanto amó, la antigua camarera que luego reemplazaría Katy. La primera vez
que entró en el bar fue en una noche de lluvia, y ese mismo día la conoció.
Le contó sus
pesares entre varias copas de ron y ella escuchaba atenta, perdidos ambos en
esta isla, entre la música y las miradas. Pasaron los días, luego semanas y él
venía seguido. Nadie se enteró que tuvieron un romance fugaz, y que en la
bodega enredaron sus cuerpos, al ritmo de esa canción que suena a veces en este
bar de jazz. Se enamoraron, pero él seguía casado y se convenció de que no
podía dejar a su familia. Un día ella desapareció, o quizás renunció, y Tom, no
la volvió a ver jamás. Pero aún vuelve y pide siempre un vodka tonic y esa
canción.
-Oye Billy, no
te pagan por tomar coñac - me sorprende la voz de Larry del otro lado de la
barra. Yo vuelvo la mirada desde el último paradero de mi recorrido visual, a
mi viejo amigo – ya es hora, hombre.
Miro mi reloj,
es cierto, es la hora. Me levanto del banco, no sin antes recibir un saludo de
John, que no me había notado hasta que Larry me señaló. Camino hacia el piano
solitario, en medio de la tabla vieja. Es oscuro, con aureolas de color madera
y pequeños cortes aquí y allá.
Me siento y
antes de comenzar, acaricio las teclas con cariño. He dejado de ser invisible.
Ya es hora de que comience a tocar, la hora que John encuentre la inspiración
para escribir, que Larry sienta que está en escena haciendo magia con maestría,
que Katy deje volar su mente y baile esta tonada, que el Sr. Carter, con su
voz maravillosa, cante y marque el ritmo con el pie; y que Tom vuelva a
sentirse correspondido y que ama con locura.
miércoles, 10 de mayo de 2017
Anomalía
Eran apenas las seis de la tarde, sin embargo, el cielo estaba tan oscuro
como si fuese medianoche. Los autos, detenidos en medio de su carrera,
descansaban estáticos sobre el asfalto de la calle. Aquellos que caminaban,
volviendo a sus casas o yéndose de ellas, parecían estatuas de cera que alguien
hubiese puesto ahí desordenadamente. Flotaban, congeladas en el tiempo, las
hojas de los árboles a medio caer.
Ella, de piel azulina, danzaba entre los vehículos. Ingrávida, saltaba sin
que sus pies descalzos tocaran el suelo. Mientras, él la cortejaba, abriendo
las alas suavemente, y meneando la cola. Ella parecía acercarse, lentamente,
para súbitamente alejarse otra vez. Él no desistía.
El tiempo había creado una burbuja solo para ellos dos, en donde nada
estaba vivo, excepto aquellas criaturas invisibles al ojo humano, y libres de
las leyes de realidad. Una vez al año, en todo el planeta, aparecían
espontáneamente domos de atemporalidad, en donde las criaturas llevaban a cabo
sus ritos nupciales. Era el único momento
[… ctm son las 19:10 aiuda, ok lo arreglo después]
No se vale
Por Hatcher
El juego era simple, no reír y mirar directamente a los ojos. Uno de los juegos más incómodos que se me había ocurrido en este último tiempo, creado en el aburrimiento del "hueónodromo" para molestar a la sociedad. Llegue a sentirme como Sócrates, burlandome de aquellas ideas solo para jugar con la mente de las personas y hacerlas dudar de sus más mínimos detalles faciales. Apuesto que si estuviéramos en esa época también me habrían obligado a tomar un poco de cicuta.
10 de mayo
Por Pablo Rolle
Era un brillante y frío día de otoño, de esos que al salir
de la calidez del hogar te ataca un viento helado que hace vibrar hasta el más
pequeño de tus cabellos, el sol te ciega por un momento y no te calienta al
instante, como haría en un día de verano, si no que lenta y cariñosamente va
aumentando tu temperatura y hace que un suave cosquilleo recorra todo tu
cuerpo. Das el primer paso y te encuentras con una alfombra de hojas rojas,
anaranjadas, amarillas, cafés y unas cuantas de un vivo color verde, enseguida
comienzas a saltar recordando tus días de infancia, haciendo estallar las hojas
secas y marchitas que llenan el corazón con ese característico crujir.
Rodrigo salió de su casa abrigado como quien se prepara para
un gélido día de invierno, gorro de lana, una bufanda que daba dos vueltas al
rededor de su cuello, camisa de franela, polerón , polar y parca, guantes,
jeans gruesos, dos pares de calcetines y un par de grandes zapatos. Aún así el
viento lograba introducirse por pequeñas rendijas entres sus ropajes y llegar
maliciosamente a su piel.
Salió apresurado, el tiempo apremiaba. Mientras corría, algo
que parecía imposible con tantas capas de ropa y era muy gracioso de ver, la
voz apareció.
"¿Por qué corres? Sabes que es inútil. No lo
lograras"
Rodrigo intentó no prestar atención, conocía bien a la voz y
sus malvadas intenciones, ya la había escuchado antes.
"Ríndete, no llegarás. Llevas demasiada ropa, no puedes
correr así"
-Déjame en paz. Márchate....por favor.
"JA, ¿que me marche? Sabes que no pasara, y además me
pides por favor. Iluso, patético, se hombre, ¡Enfrentame!"
Él aminoro el paso, comenzaba a sentir el peso de la ropa
junto con el cansancio. Era verdad que llevaba mucha ropa, pero no importaba,
tenia que llegar.
"¿Ves? Ya te estás agotando, no puedes hacerlo, no
puedes seguir. Acaba ya"
-¿Podrías callarte? Solo un momento
"No. Jamás me iré, siempre estaré junto a ti, soy parte
de ti"
"Yo soy tu"
Resonó la frase en la cabeza de Rodrigo, viciando sus
pensamientos.Y, ¿si es verdad?, ¿y si no llegaba?, tal vez ya fuera muy tarde.
"Sí, sigue así. Tengo toda la razón, ¿de que sirve
correr? No puedes escapar y no vas a llegar, ya es tarde"
El sol comenzaba a calentar más fuertemente y Rodrigo
comenzaba a sofocarse y apenas le quedaban fuerzas.
-¡No!, no puedo rendirme quedando tan poco. Unos pasos más.
Dos. Uno.
"¡Ya es demasiado tarde!"
Entro casi arrastrándose captando la mirada de todos quienes
estaban allí.
-¿Donde está?
-Habitación 104
Corrió por el hospital con sus últimas energías.
"Ya no está. Se fue"
Le habían llamado hace unos minutos avisando que empezaba a
mostrar síntomas de empeoramiento de su estado, pero que pudieron
estabilizarla, una vez que hubiera entrado en calor estaría mejor. Llegó a la
puerta, la abrió presuroso, allí estaba ella. Dormía, un ángel, que maravillosa
imagen. Colocó su parca sobre ella y la bufanda entre la almohada y su cabeza,
eso le abrigaría más. Abrasando a su madre comenzó a quedarse dormido, pero un
zumbido interrumpió su sopor. No, no era un zumbido, era un pitido, de un solo
tono y constante.
No estamos solos
Por Carolina Ihnen
“¿Por qué?” Era una pregunta que frecuentemente asaltaba mi
mente en mis aburridos días de trabajo en la boletería “¿Por qué yo?”, “¿Por
qué a mí?”, “¿Por qué el destino me puso aquí?”. Jamás llegaba a una respuesta
satisfactoria que le diera sentido a mi vida, la cual detestaba.
Un día de semana como cualquier otro, me encontraba
ordenando unos papeles algo distraído. Generalmente, en esos días no hay mucha
clientela en comparación con los fines de semana en que las filas para comprar
entradas son muy largas, por lo que estaba solo en la cabina. En eso estaba
cuando llegó una clienta. La atendí automáticamente, de acuerdo a los
protocolos. Me pidió una entrada para una película romántica que se había
estrenado hace unas semanas.
-¿Solo una entrada?- la inquirí, ya que era raro que una
persona fuese sola al cine.
Ella balbuceó una respuesta que no entendí muy bien, y ahí
fue cuando la miré a los ojos y me di cuenta de que estaban llenos de lágrimas.
Fue un instante bastante incómodo, ya que, como a muchos les
sucede, no se muy bien cómo comportarme cuando estoy frente a alguien que está
llorando y que en este caso más encima se trataba de una extraña. Sin embargo,
de algún lugar de mi ser, surgió un impulso que me llevó a preguntarle si es
que quería un vaso de agua. Ella asintió. Me ausente un instante en mi puesto
de trabajo y fui a la confitería, donde me facilitaron un vaso. Una vez con
este en sus manos la chica comenzó a tomarlo de a pequeños sorbos.
-¿Puedo entrar?- preguntó.
-Claro…- fue mi respuesta.
Algo sorprendido le abrí la puerta lateral, por donde
entrabamos los cajeros, y le ofrecí una silla.
Apenas tomó asiento, la chica estalló en un amargo llanto. Estuvo
así por unos minutos, hasta que se calmó. Yo la había estado observando y no
lograba discernir qué era lo que la hacía tan miserable. Físicamente se veía
bien, sana, era bonita, aún con la cara toda hinchada y con los ojos rojos,
también iba bien vestida…
-¿Por qué?- gritó de pronto- ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí?
¿Por qué el destino me puso aquí? ¿Por qué?
La miré asombrado. En
ese minuto me di cuenta de que no era el único. Junto a mí se encontraba
alguien que estaba tan atribulado con su vida como yo. Me di cuenta de que no
estaba solo. No era el único que preguntaba “Por qué”. La chica me abrió los
ojos y entendí que casi todos en algún momento de nuestras vidas nos
preguntamos “¿Por qué?”. Esta indagación pasa por muchas cabezas, por infinitas
razones que varían de un ser humano a otro. Saber que no era el único hizo que
ya no me sintiera tan solo como solía hacerlo. Y en cierta forma encontré una
respuesta a mi “Por qué”. Algo torpe, abracé a la chica. Ella no se resistió.
Incógnita
Por Kati
Junto a unas máquinas expendedoras de bebidas, un par
de ascensores con puertas que resplandecían cual piedras preciosas y un baño
con puertas de vidrio con el genérico dibujo de una figura femenina, todo lucía
tan frío, tan carente de naturaleza.
Los peatones caminan de forma rápida, salen de sus autos
dejados en el estacionamiento y se dirigen al centro comercial, pasan por este
irrelevante espacio que los lleva desde sus autos a un lugar lleno de vida,
esa atmósfera muerta en el fondo guarda secretos que nadie espera.
Eran las 7 de la tarde cuando Laura, quien después de una
extenuante jornada, debía ir a abastecerse de su placer favorito: Cigarros. Le
esperaba una noche larga de estudio, así que después de clases se dirigió al
centro comercial más cercano en busca de lo que cuerpo y mente le exigían.
Estacionó el auto en la parte más lejana a la entrada, a
estas horas la gente suele ir a comprar a los supermercados o a encontrarse con
sus seres queridos en alguna cafetería, de modo que no le importó tener que
caminar un poco más de la cuenta, el tráfico y la espera que se generó mientras
intentaba hacerse lugar entre la masa de máquinas perfectamente enfiladas la
ponían de mal humor.
Cuando salió de su auto, caminó hacia el centro comercial y en el trayecto se encontró
con las tentadoras máquinas tipo vending, buscó en su bolsillo alguna moneda suelta o un
billete de esos que te sorprenden y sacan sonrisas cuando lo encuentras, pero
no. Tenía tanta sed y la boca tan seca que podía sentir el ardor en su
garganta, lo cual la puso de peor humor aún.
Resignada por la falta de cambio, camina unos pasos y se
para enfrente de las puertas de los ascensores, jamás tomaría las escaleras que
se encontraban contiguas, los años de tabaco y falta de ejercicio hacían que se
cansara más de la cuenta y retomar la vida sana era una historia para otra
ocasión, apretó el botón para llamar al elevador y esperó.
De pronto siente detrás de ella a una pareja que se acerca
discutiendo, gira levemente su cabeza y de reojo ve a una mujer, posiblemente extranjera
por el color de su piel y forma de hablar, junto a un hombre corpulento que al expresarse movía sus manos
frenéticamente. Laura asumió que era la típica pareja peleando por nimiedades
de forma que no les prestó demasiada atención. Pero desde el trato prepotente comenzó una escalada de palabras humillantes y hasta violentas, Laura
comenzó a sentir ansiedad y algo de miedo por la situación, aparte la pantalla negra superior al margen del ascensor seguía marcando el piso de arriba, por lo que decidió
alejarse y entrar al baño,
se ubicó en la entrada de este, de forma que podía escuchar lo que sucedía y
escapar en caso de que fuese necesario. Surgió en ella cierta curiosidad, y
porque no decirlo morbo, respecto a la situación que acontecía a unos pasos de
donde ella se encontraba, al parecer ninguno de los implicados en la escena
había notado siquiera su presencia.
De fondo se escuchaba un llanto suave y casi confundible con risa, al parecer se encontraban arrinconados
en la pared opuesta a los ascensores, también se oían imperceptibles murmullos que
rápidamente fueron subiendo de volumen:
- —Tú no perteneces aquí, vuelve a tú país, yo nací y he
vivido siempre en este país, MI país —Replicaba el hombre con voz rasposa y
tono amenazante
- —¡Por favor déjeme¡, se lo suplico, por favor… — Contestaba ella
- —¡Aléjate!, ya es suficiente con tanto extranjero viviendo aquí, por tú culpa el jefe me va a despedir, tú me estas quitando mi
trabajo. Ellos prefieren a la gente como tú, eres su fantasia, nada más que
eso...
De pronto Laura, comienza a entender todo, este hombre estaba intentando amedrentar a una muchacha extranjera, que
al parecer era su compañera de labores.
Al escuchar percibe el sonido de un golpe y los quejidos silenciosos de la mujer, se da
cuenta de que la situación no es algo a la ligera, de modo que se acobarda y
encierra dentro de uno de los pequeños cubículos del baño femenino. No entiende
donde está toda la gente que hace minutos se paseaba por el centro comercial y
estacionamiento.
Mientras en su mente suplicaba para que llegara un
guardia a detener la situación, saca su teléfono para llamar a la policia,
mal momento, la pantalla en absoluto negro le indica que la batería de su
teléfono estaba en 0%, se sienta en el suelo sucio del baño esperando a que
alguien ayude a la mujer. En eso escucha una serie de embestidas, las cuales se
percibían como si alguien azotara una pelota contra la pared, una y otra vez…, pero en este caso con la consecuente voz casi muda de la muchacha probablemente pidiendo por
auxilio o piedad.
Laura llora en silencio dentro del cubículo, siente un
pánico que la desconcierta, pero no es capaz de armarse de valor y detener la
situación, se considera incapaz de parar a aquel corpulento hombre o siquiera
acercarse a la salida del baño por el pánico de ser percibida. Pasan los
minutos y del estruendo inicial, el espacio se llena de silencio. Laura espera a que este se mantenga, para que pueda salir a pedir ayuda.
Con pisadas suaves y lo más silencioso posible, se asoma
por la entrada del baño, en el espacio frente a las puertas de los elevadores y
bajo la parte inferior de una escalera, encuentra una mancha líquida color
bermellón, fresca, que formaba una laguna. No había nadie, ni la muchacha, ni
el hombre.
- —¿Dónde se fueron? ¿Qué es lo que pasó? ¿La mujer sigue
viva? – Laura se increpa a sí misma.
Quizás si Laura hubiese actuado en el momento, nada de esto
hubiese ocurrido, quizás si Laura se hubiese fijado en que el pilar en donde se recostaban las máquinas expendedoras había un cartel enorme que decía : "Ascensores en reparación", esto también habría pasado, mas no habrían testigos.
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