Eran las 4:37. Solo faltaban tres minutos para que
ella llegara. Los miércoles salía de la universidad a las 4:30 y como solía hacerlo
todos los días, iba a estudiar al café. Él sabía que llegaba siempre con
exactitud 10 minutos después de terminar las clases y también que pedía un Caramel
Macciato y un muffin de arándonos. A la hora esperada, en punto, llegó.
Él era un chico un poco diferente. De aspecto
desgarbado, alto, flaco y medio torpe. Algo tímido y retraído. Pero tenía un
dejo en la expresión de su cara que solo las personas muy observadoras captaban
y que le daba cierto atractivo.
La primera vez que la vio quedó alucinado con ella.
Era un día otoñal cálido, cuando entró al café encandilando a todo el mundo con
su distinguido paso. Era imposible no quedarse observándola unos momentos tras
verla. Alta y delgada, lo que más destacaba era su larga y blonda cabellera que
flotaba al caminar. Con una sonrisa perfecta hizo su pedido y con su grácil
andar se dirigió a una mesa vacía, donde sacó un computador portátil y comenzó
a estudiar a conciencia. Él pensó que era la mujer más maravillosa que había
visto.
-¿Hola?- dijo una voz dulce haciendo que el joven saliera de su ensoñación.
-Hola- él la saludó algo aturdido- Emmm… ¿Lo mismo de siempre?
-Si- fue su respuesta, que luego fue acompañada con su radiante sonrisa. Algo nervioso escribió su nombre en el vaso y se lo entregó a su compañera, quien preparaba los pedidos.
Él no se fija, pero su compañera hace el pedido a regañadientes, se queda sobrecalentando la leche hasta anular la espumilla porque ella se sabe fea, gruesa, sin gracia, despeinada y él no tiene ojos para otra que no sea la dueña del café de caramelo.
Una noche coincidió que ambos compañeros se quedaron hasta el final del día y les tocó cerrar el café. Él ordenaba sillas, mientras ella barría, cuando comentó:
-Mañana voy a hablarle- dijo con entusiasmo- La voy a invitar a salir ¿Qué te parece?
-Me parece bien…
-¿Dónde la podría llevar? ¿Se te ocurre alguna idea?
-Mmm… la verdad es que no- respondió y comenzó a barrer descuidadamente, revolviendo un poco el polvo recogido.
Llegó el día siguiente y cuando les tocó nuevamente cerrar el local, él estaba radiante. Le contó a su amiga que por fin se había animado y que la había invitado a salir ¡y no se había negado! Su compañera le dio una sonrisa a medias, de esas que no alcanzan a armarse y ya se están deshaciendo “qué bien, me alegro”, pronunciaron sus labios.
Al terminar con todo fueron juntos hacia el paradero para tomar la micro que los llevaría al metro. Caminaban en silencio. Cuando llegaron eran los únicos en el lugar. Esperaron un largo rato y la micro no llegaba. Tras una media hora más, la locomoción seguía sin llegar.
-¿Qué hacemos?- preguntó ella observando el cielo que estaba cubierto por negras nubes - ¿Y si caminamos?
Él asintió y juntos comenzaron a avanzar en dirección al metro. Él no entendía su silencio, ella no podía evitar el callar.
De pronto comenzó a llover suavemente, a lo que siguieron caminando imperturbables, un poco de agua no le hacía mal a nadie. Pero conforme iban andando, la lluvia comenzó a hacerse cada vez más intensa, hasta que ya no era posible seguir caminando.
Empapados y muertos de frío buscaron un lugar donde refugiarse y lo más cercano que encontraron fue un café, que irónicamente resultó ser la competencia directa del lugar donde ellos trabajaban. Sin tener más opción entraron corriendo y se sentaron en una mesa vacía.
Ella tenía la cara encendida por la corrida y reía. Él también lo hacía. Permanecieron un buen rato riendo hasta las lágrimas por la patética situación. Ahí fue cuando el notó por primera vez lo linda que se veía cuando sonreía, del hoyuelo que aparecía en su mejilla cuando lo hacía y el cabello mojado que encendía sus rulos naturales. Todo fue perfecto, fue un buen café, fueron infinitas las risas, algunas nerviosas, extrañas, especiales. Cuando terminó la lluvia nuevamente siguieron caminando en dirección al metro, pero ya no lo hacían en silencio.
Cerraba la noche, los compañeros se despidieron apuradamente y tomó cada uno el camino a su casa, pero algo había cambiado.
Llegó el día de la cita entre él y la rubia despampanante, pero el hechizo se había roto. La conversación giró en torno a temas frívolos. Mientras hablaban él no podía dejar de pensar en su compañera y en su risa, en todo lo que podían hablar y reír. En un instante dejó de encontrarla tan atractiva como antes y se sintió totalmente fuera de lugar. El encuentro fue corto e incómodo. Sin embargo ella no pareció notarlo y parecía animada tras el encuentro.
El día siguiente su compañera había tenido que ir a hacer unos trámites, por lo que se ausentó en la mañana y en ese tiempo él no pudo dejar de pensar en ella. No paraba de mirar hacia la puerta, esperando su llegada. Hasta que lo hizo. Llegó corriendo, ya que se le hacía tarde. Tenía todo el pelo revuelto, con una sonrisa y ese hoyuelo en la mejilla que tanto adoraba. Estaba embobado mirándola, cuando un cliente le habló:
-Buenas tardes, ¿qué desea ordenar?
-Un Caramel Macciato y un muffin de… – repetía su ancestral orden la de la cabellera ya no tan rubia, que lo miraba extrañada, con un poco la vergüenza de quien se sabe olvidada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario