lunes, 15 de mayo de 2017

Una tonada sin hielo, por favor

Por Vale Fuentes
y Luci Carr


Entró al lugar, como siempre puntual y, más ritualista que vieja en misa, se sentó en el mismo banco junto a la barra.

-Lo de siempre- dijo al barman, con la mirada fija en su reloj.

Mientras le servían la copa cogió su celular. Vería la subida y caída de la TPM, revisaría el IPSA y con toda probabilidad el cambio del dólar. Luego guardaría su celular, y volvería a su reloj. Entre las iteraciones olvidaría, como a diario, el peso leve de la libretita en el bolsillo derecho del vestón. 

-Aquí tienes - pronunció el barman con el néctar del olvido ya frente a su cliente.

John lo recibió y, metódico, en un sorbo bajó un tercio del vaso. Por un segundo su mirada quedó perdida entre el papel mural y las botellas lupa en el mueble caoba. Rápidamente metió la mano en el bolsillo derecho, en búsqueda de su libreta, debía escribir antes que se fuera la idea. Luego registró en los demás, con el apremio del adicto en abstinencia. Buscó primero en los grandes del vestón, el pantalón, los pequeños de la camisa, el interno del abrigo, ese que se medio oculta en el traje... Tras breves segundos de búsqueda sus ojos perdieron el fulgor. Podría haber pedido una pluma a alguien, pero la idea se desvaneció como lo hacen los sueños al despertar. Deprimido guardó nuevamente la libreta, inmaculada, vacía.

El barman, Larry, le dirigió una mirada fugaz, con destreza para que no le notara. La misma que tenía para manipular las botellas como si fuese un malabarista y la misma con la que encendía los puros de la gente sentada en la barra casi sin mirar. Larry debía tener un sexto sentido para presentir a los fumadores sin encendedor. Era un hombre grande y de cabeza rapada y  un diestro experto en la alquimia de las bebidas. Había quienes creían que hacía magia, y cuando se lo decían, él bajaba su cabeza, sus ojos se impregnaban de nostalgia y daba una sonrisa de esas que sabes tristes, de las que evocan recuerdos. Hace años no hacía shows de magia, era lo que amaba, pero jamás logró ser lo suficientemente bueno. El sombrero de Larry, estaba vacío, no habían conejos blancos y se le acabaron los trucos para hacer malabares en la vida, entonces, como solución, encontró trabajo en el bar.

Preparó un blended whisky y se lo entregó a Katy, la camarera, lo único realmente bello y atractivo en la taberna. Con sus labios de rojo intenso le brindó una sonrisa a Larry, y este le respondió con un guiño. La mujer tenía su carácter pero, como quienes trabajan en lugares así, manejaba el arte del coqueteo. Miento, ella sabía del arte porque no hace mucho había sido una bailarina de cabaret, cuando era más rubia y aun más joven.

Con un movimiento grácil, meneando las benévolas caderas, se dirigió a servir las copas que llevaba en su bandeja. Qué gracia tenía esa mujer para caminar, era una bailarina innata. Cuando niña, tomó clases de ballet y al terminar su adolescencia hizo varias audiciones, y quedó seleccionada. Pero justo ese verano su novio la embarazó. Su hijo nació más que pronto y con leucemia, y tuvo que conseguir dos empleos para financiar su enfermedad: el cabaret y el bar. El cabaret la despidió al cumplir treinta y solo le quedó aumentar turnos en el bar. Y, pese a que ha transcurrido más de una década, aún recuerda el teatro, cuando recorre el trecho entre la barra caoba y las mesas beige.

-Aquí tiene Sr. Carter- dice risueña, depositando la copa que traía en la mesa, frente al hombre más elegante del bar.

Se escucha un “gracias”, escueto, pero gentil. El hombre canoso es un empresario conocido, de una de esas familias en que u ocupas una silla en el senado o en el directorio de una gran corporación. En el bar era otra sombra, la sombra que tarareaba todas las canciones, que se sabía el estribillo, el puente y la estrofa. El que seguramente sabría como tocarla si lo forzaban a tomar una guitarra, el piano, el saxo o un violín. Y miraba los instrumentos, con un sentimiento entre el deseo y la cohibición. Su copa seguía llena y su reputación intacta. Y quienes lo observaran, dirían que es la imagen viva del éxito.

Uno de esos observantes es Tom. Siempre procura sentarse en una mesa próxima al Sr. Carter, quizás con la esperanza de entablar una conversación con él, una que le proporcione una mejor vida que la que tiene. “¡Pero hombre!, tienes una bellísima mujer y unos encantadores hijos”, le dijo una vez Larry. Pocos saben, que él no se casó enamorado y que no es feliz. Era muy joven cuando su mujer quedó embarazada y sus familias, estas “a la antigua”, les obligaron a casarse y sentar cabeza. Siempre viene solo y con esperanza. Con la esperanza de volverla a ver, a ella, la mujer que tanto amó, la antigua camarera  que luego reemplazaría Katy. La primera vez que entró en el bar fue en una noche de lluvia, y ese mismo día la conoció.

Le contó sus pesares entre varias copas de ron y ella escuchaba atenta, perdidos ambos en esta isla, entre la música y las miradas. Pasaron los días, luego semanas y él venía seguido. Nadie se enteró que tuvieron un romance fugaz, y que en la bodega enredaron sus cuerpos, al ritmo de esa canción que suena a veces en este bar de jazz. Se enamoraron, pero él seguía casado y se convenció de que no podía dejar a su familia. Un día ella desapareció, o quizás renunció, y Tom, no la volvió a ver jamás. Pero aún vuelve y pide siempre un vodka tonic y esa canción.

-Oye Billy, no te pagan por tomar coñac - me sorprende la voz de Larry del otro lado de la barra. Yo vuelvo la mirada desde el último paradero de mi recorrido visual, a mi viejo amigo – ya es hora, hombre.

Miro mi reloj, es cierto, es la hora. Me levanto del banco, no sin antes recibir un saludo de John, que no me había notado hasta que Larry me señaló. Camino hacia el piano solitario, en medio de la tabla vieja. Es oscuro, con aureolas de color madera y pequeños cortes aquí y allá.

Me siento y antes de comenzar, acaricio las teclas con cariño. He dejado de ser invisible. Ya es hora de que comience a tocar, la hora que John encuentre la inspiración para escribir, que Larry sienta que está en escena haciendo magia con maestría, que Katy deje volar su mente y baile esta tonada, que el Sr. Carter, con su voz maravillosa, cante y marque el ritmo con el pie; y que Tom vuelva a sentirse correspondido y que ama con locura.




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