Por Vale Fuentes
y Luci Carr
Entró al lugar,
como siempre puntual y, más ritualista que vieja en misa, se sentó en el mismo
banco junto a la barra.
-Lo de siempre- dijo
al barman, con la mirada fija en su reloj.
Mientras le
servían la copa cogió su celular. Vería la subida y caída de la TPM, revisaría
el IPSA y con toda probabilidad el cambio del dólar. Luego guardaría su
celular, y volvería a su reloj. Entre las iteraciones olvidaría, como a diario,
el peso leve de la libretita en el bolsillo derecho del vestón.
-Aquí tienes -
pronunció el barman con el néctar del olvido ya frente a su cliente.
John lo recibió
y, metódico, en un sorbo bajó un tercio del vaso. Por un segundo su mirada
quedó perdida entre el papel mural y las botellas lupa en el mueble caoba. Rápidamente
metió la mano en el bolsillo derecho, en búsqueda de su libreta, debía escribir
antes que se fuera la idea. Luego registró en los demás, con el apremio del
adicto en abstinencia. Buscó primero en los grandes del vestón, el pantalón,
los pequeños de la camisa, el interno del abrigo, ese que se medio oculta en el
traje... Tras breves segundos de búsqueda sus ojos perdieron el fulgor. Podría
haber pedido una pluma a alguien, pero la idea se desvaneció como lo hacen los
sueños al despertar. Deprimido guardó nuevamente la libreta, inmaculada, vacía.
El barman,
Larry, le dirigió una mirada fugaz, con destreza para que no le notara. La
misma que tenía para manipular las botellas como si fuese un malabarista y la
misma con la que encendía los puros de la gente sentada en la barra casi sin
mirar. Larry debía tener un sexto sentido para presentir a los fumadores sin
encendedor. Era un hombre grande y de cabeza rapada y un diestro experto en la alquimia de las
bebidas. Había quienes creían que hacía magia, y cuando se lo decían, él bajaba
su cabeza, sus ojos se impregnaban de nostalgia y daba una sonrisa de esas que
sabes tristes, de las que evocan recuerdos. Hace años no hacía shows de magia,
era lo que amaba, pero jamás logró ser lo suficientemente bueno. El sombrero de
Larry, estaba vacío, no habían conejos blancos y se le acabaron los trucos para
hacer malabares en la vida, entonces, como solución, encontró trabajo en el
bar.
Preparó un blended
whisky y se lo entregó a Katy, la camarera, lo único realmente bello y
atractivo en la taberna. Con sus labios de rojo intenso le brindó una sonrisa a
Larry, y este le respondió con un guiño. La mujer tenía su carácter pero, como quienes
trabajan en lugares así, manejaba el arte del coqueteo. Miento, ella sabía del
arte porque no hace mucho había sido una bailarina de cabaret, cuando era más
rubia y aun más joven.
Con un movimiento
grácil, meneando las benévolas caderas, se dirigió a servir las copas que
llevaba en su bandeja. Qué gracia tenía esa mujer para caminar, era una
bailarina innata. Cuando niña, tomó clases de ballet y al terminar su
adolescencia hizo varias audiciones, y quedó seleccionada. Pero justo ese
verano su novio la embarazó. Su hijo nació más que pronto y con leucemia, y
tuvo que conseguir dos empleos para financiar su enfermedad: el cabaret y el
bar. El cabaret la despidió al cumplir treinta y solo le quedó aumentar turnos
en el bar. Y, pese a que ha transcurrido más de una década, aún recuerda el
teatro, cuando
recorre el trecho entre la barra caoba y las mesas beige.
-Aquí tiene Sr.
Carter- dice risueña, depositando la copa que traía en la mesa, frente al
hombre más elegante del bar.
Se escucha un “gracias”,
escueto, pero gentil. El hombre canoso es un empresario conocido, de una de
esas familias en que u ocupas una silla en el senado o en el directorio de una
gran corporación. En el bar era otra sombra, la sombra que tarareaba todas las
canciones, que se sabía el estribillo, el puente y la estrofa. El que
seguramente sabría como tocarla si lo forzaban a tomar una guitarra, el piano,
el saxo o un violín. Y miraba los instrumentos, con un sentimiento entre el
deseo y la cohibición. Su copa seguía llena y su reputación intacta. Y quienes
lo observaran, dirían que es la imagen viva del éxito.
Uno de esos
observantes es Tom. Siempre procura sentarse en una mesa próxima al Sr. Carter,
quizás con la esperanza de entablar una conversación con él, una que le
proporcione una mejor vida que la que tiene. “¡Pero hombre!, tienes una
bellísima mujer y unos encantadores hijos”, le dijo una vez Larry. Pocos saben,
que él no se casó enamorado y que no es feliz. Era muy joven cuando su mujer
quedó embarazada y sus familias, estas “a la antigua”, les obligaron a casarse
y sentar cabeza. Siempre viene solo y con esperanza. Con la esperanza de
volverla a ver, a ella, la mujer que tanto amó, la antigua camarera que luego reemplazaría Katy. La primera vez
que entró en el bar fue en una noche de lluvia, y ese mismo día la conoció.
Le contó sus
pesares entre varias copas de ron y ella escuchaba atenta, perdidos ambos en
esta isla, entre la música y las miradas. Pasaron los días, luego semanas y él
venía seguido. Nadie se enteró que tuvieron un romance fugaz, y que en la
bodega enredaron sus cuerpos, al ritmo de esa canción que suena a veces en este
bar de jazz. Se enamoraron, pero él seguía casado y se convenció de que no
podía dejar a su familia. Un día ella desapareció, o quizás renunció, y Tom, no
la volvió a ver jamás. Pero aún vuelve y pide siempre un vodka tonic y esa
canción.
-Oye Billy, no
te pagan por tomar coñac - me sorprende la voz de Larry del otro lado de la
barra. Yo vuelvo la mirada desde el último paradero de mi recorrido visual, a
mi viejo amigo – ya es hora, hombre.
Miro mi reloj,
es cierto, es la hora. Me levanto del banco, no sin antes recibir un saludo de
John, que no me había notado hasta que Larry me señaló. Camino hacia el piano
solitario, en medio de la tabla vieja. Es oscuro, con aureolas de color madera
y pequeños cortes aquí y allá.
Me siento y
antes de comenzar, acaricio las teclas con cariño. He dejado de ser invisible.
Ya es hora de que comience a tocar, la hora que John encuentre la inspiración
para escribir, que Larry sienta que está en escena haciendo magia con maestría,
que Katy deje volar su mente y baile esta tonada, que el Sr. Carter, con su
voz maravillosa, cante y marque el ritmo con el pie; y que Tom vuelva a
sentirse correspondido y que ama con locura.
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