jueves, 25 de mayo de 2017

Uno, dos, dos y medio

Todas las tardes llegaba de la escuela a la casa que alguna vez fue de su abuela, quien, ya bordeando los noventa y cinco años, había muerto de un repentino ataque al corazón. Cual ritual, desde el primer día en el que el sueño apareció en su vida, tanteaba con la punta de los dedos la pared de su habitación, buscando algo que claramente no existía en el mundo de la realidad. No importaba cuántas veces mirase, la puerta no estaba allí.



Hacía dos semanas que, todas las noches, al cerrar los ojos y abandonarse a los brazos de Morfeo, aparecía en el mismo escenario. Él sostenía un libro, cuyas letras, confusas debido a la neblina onírica, eran imposibles de entender. Sin embargo, gracias a ese extraño y seguro conocimiento que nos entregan los sueños, sabía que las páginas contaban una historia sobre tierras lejanas, dragones y caballeros. Levantaba la vista, y se encontraba con la abuela, la cual, sentada sobre un mullido sillón frente al fuego de la vieja chimenea, tejía. Cliché, sumamente clásico, pero indudablemente bello y nostálgico.

De pronto, ella se levantaba, y, sin abrir los labios, le decía: "Querido, ven, ayuda a tu anciana abuela. Sostén mi brazo, y llévame. Yo te indico el camino". Él aparecía a su lado, de pie, y le hacía caso. La anciana le guiaba por el pasillo hasta el fondo de su habitación, en donde, junto al viejo librero, se dibujaba una puerta.

Detrás de esta, se extendía un pasillo levemente iluminado, que parecía ir en bajada. Ella comenzó a caminar, apoyando su peso en el nieto, y él, inevitablemente, la siguió. Al fondo del corredor, se hallaba una pequeña habitación cuadrada, en la cual solo se encontraban cuatro antorchas, una en cada esquina, y un pedestal, bellamente adornado, en el medio. "Adelante, no temas. Avanza", sintió la infinita voz de la abuela susurrarle en la mente. Sobre este descansaba un alhajero de madera oscura, cuidadosamente tallado, cerrado con llave.

Como si un pedacito de realidad se hubiese colado entre las paredes del sueño, él dudó.



—¿Qué es esto, nonna? ¿Dónde estamos?

—Ayuda a tu querida nonna, ¿sí? No te preocupes.



Ella se separó de él, y le ofreció una pequeña llave de plata. Él la tomó de sus ancianas manos, para luego introducirla en la cerradura del cofrecito. La giró una, dos, dos veces y media, y el pequeño click del alhajero al abrirse, le despertaba.



En un principio tuvo miedo del extraño sueño, al aparecérsele recurrentemente su abuela muerta con lujo de detalles. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la curiosidad fue ganando terreno en su cabeza originando una suerte de fascinación por el alhajero y lo que hubiera dentro, dando paso al diario ritual de buscar lo que sabía que no estaba. Pero la puerta del pasillo no estaba donde debería. El sueño era solo eso, después de todo; un sueño. Quiso desistir y olvidarse de la puerta, la llave y el joyero, más la constante reaparición del sueño cada noche se lo impedía. Parecía que un herrero lo hubiese impreso con hierro al rojo vivo en su mente.



Un día, luego de otra decepcionante mirada a la pared de su cuarto, se tumbó sobre el sillón. Bruno se recostó sobre su regazo, frotando el lado de la cara contra su mano, y él se rindió ante el felino. Mientras le acariciaba, se durmió.

Entró una vez más al familiar sueño, sin embargo, esta vez algo se sentía diferente. Era completamente consciente de estar dormido, y podía controlar a la perfección sus movimientos. Decidió seguir el curso normal del sueño, hasta llegar frente al alhajero. Comenzó a girar la llave, apretándola con firmeza, temeroso de que fuese a desaparecer. Uno, dos, dos y medio… sintió cómo el sueño se esfumaba, y, en un último esfuerzo de conocer qué ocurría después, arrancó la llave de la cerradura y la apretó con fuerza contra su pecho, a pesar de saber que era fútil.

Despertó decepcionado al ver que nada había cambiado. Incluso Bruno seguía sobre él, descansando. Levantó la mano para rascar la cabeza del animal, y, al abrirla, pues mientras dormía la había convertido en puño, de esta cayó un pequeño objeto que rebotó silenciosamente en la alfombra. Al inclinarse, entre extrañado y perezoso, a recogerlo, vio con gran asombro que era una oxidada llave de plata.

El corazón parecía querer romperle las costillas y echarse a volar. La tomó entre los dedos, y su forma se le hizo sumamente familiar. No cabía duda, era la llave del sueño. Pensando en que quizás seguía dormido, con la mano libre se pellizcó el brazo, como una fórmula mágica para volver a la realidad. El dolor le indicó que ya se encontraba en ella.

Un tanto asustado, se levantó del sillón rápidamente, despertando al gato que, entre quejidos, saltó al suelo graciosamente y le miró con el desprecio característico de un felino.

Corrió, casi tropezándose un par de veces, hasta donde se suponía que estaba la puerta. Junto al viejo librero, la encontró, abierta para él. Sin detenerse a pensar, la atravesó, y notó que todo era exactamente igual a su versión onírica. Ahí estaba la habitación cuadrara, con sus cuatro antorchas y el céntrico pilar.

Se acercó, esta vez más cauteloso, y temeroso, cuidando de no hacer ningún movimiento brusco que rompiese la mágica fantasía, a la peana. Sobre esta, descansaba la alhaja, réplica exacta de la que aparecía en su sueño. Sus manos temblaban, al igual que su sombra debido a la inestable luz del fuego.

La llave entró sin problemas, y la emoción del muchacho, junto a su miedo y nerviosismo, crecían a cada segundo. Acarició con los dedos el grabado de la alhaja, la sostuvo para que no se le cayese, y comenzó a abrirla. Una, dos vueltas… Y nada más. La llave no era la correcta.


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