domingo, 9 de julio de 2017

Escribando Iterado

Por Hatcher

Era uno de esos días que los sueños van a ninguna parte y la mala suerte ronda por las vidas de las personas.


martes, 4 de julio de 2017

No Abras La Libreta

No Abras La Libreta
Por Luci Carr.



Elipsis nº 5                                                                                                    30/6/2032           2:14

Finalmente puedo dormir, después de interminables noches, puedo descansar.

He estado registrando en esta libreta las últimas “Elipsis” o “Episodios”, cada noche a las 2:30 am, cuando volvía a suceder. Mis investigaciones me han llevado a suponer por algún tiempo que se trataba de un síndrome mioclónico hípnico, un fenómeno que ocurre en las etapas iniciales del sueño, cuando el sistema de activación reticular y el núcleo ventrolateral pre óptico compiten por el control del sistema motriz. Provocando una caída en sueños. La caída va seguida de una luz y un sonido fuerte, que asocié al síndrome de la cabeza explosiva. Mi sistema nervioso liberaría una dosis de adrenalina al ver que los índices vitales disminuyen a paso rápido con el fin de evitar, lo que cree que es, la muerte súbita.

Convincente, si, pero no del todo esclarecedor. Tengo anotaciones de cuatro “Elipsis”, pero estoy consciente de que ha habido más. Revisándolas he llegado a percatarme de algo que no había visto en mis anteriores estudios, he logrado encontrar patrones. La hora es uno de ellos, pero hay más.


Elipsis nº 1                                                                                                     2/6/2032      2:31 am

Volvió a suceder. Serían cerca de las doce de la noche, estaba viendo una película de época, y poco a poco comencé a caer en las manos de Morfeo. Para cuando volví a abrir los ojos, estaba todo oscuro. Pensé que estaba despierto, realmente lo pensé. Pero emergió un halo de luz desde un punto lejano. Fuerte, enceguecedor, pero acotado. Si, acotado como si estuviera cortado con papel en la distancia. Y pude ver, a mi alrededor como flotando, distintos objetos. Un diploma escolar que pasó rápido por mi derecha. El collar favorito de mi madre arrastrándose como una oruga. Una máquina de escribir… se quedó detenida frente a mi, flotando como lo demás, pero sin ir a ningún lado, aunque sabía que había palpitado vida. Intenté alcanzarla, y ahí fue cuando comenzó. Objetos salieron de la nada como lanzados en mi dirección, no me podía mover, estaba atrapado como en arenas movedizas, y la máquina comenzó a dibujar formas oscuras, un árbol, un cohete, un hombre.

Entonces un halo de luz me cegó, sentí que me arrollaba un cohete, eso fue lo que sentí. Y desperté.




Elipsis nº 2                                                                                                 10/6/2032     2:42 am

No pensé que volvería  a pasar, es más, casi no recuerdo que tengo esta libreta en el velador.

Llegué a mi casa a las once de la noche, estaba cansado, pero tenía que estudiar así que tomé una taza de café y fui al escritorio. Creo que entre la página 132 y 137 debe haber vencido el letargo. Cuando abrí los ojos estaba en la calle. Caminé un poco, el cielo estaba de un celeste profundo, corría una leve brisa. ¿Qué era ese lugar? ¿por qué estaba ahí? Escuché un sonido suave, había un árbol a mi derecha. Mi primera reacción fue correr, no se por qué, pero pronto entendí que las reglas del juego no eran esas, era un sueño y no podía correr. Sentí pánico, había una casa detrás del árbol, a la derecha nada, detrás, no había autos en la calle, ni personas, ni pasos. Escuché el sonido de nuevo, ahora sabía el origen, miré arriba mío…. Había un gatito atrapado en el árbol, un gatito, que estaba dibujado en el árbol, parecía un dibujo para niños pero eso hacía mucho sentido. Ahora lo recuerdo, lo recuerdo bien, esa calle, el barrio de mi infancia… ¿por qué empezaba a correr el viento así? ¿se nubló? ¿cuándo? ¿dónde está Yellow? ¿qué hace esa sombra detrás del árbol?

Vi la luz, escuché el horrible chirrido y sentí la caída. Y ahora estoy aquí.



Elipsis nº 3                                                                                                 11/6/2032     2:31 am

15 minutos con 30 segundos, despierto: 2:30:30

He estado buscando información sobre estos episodios, he decidido llamarlos “Elipsis” porque son como un corte mientras duermo.  Paso algún tiempo últimamente en la biblioteca buscando libros de Onirología y Psicoanálisis. Creo que estoy entendiendo mejor.

Hoy de hecho logré cronometrar la Elipsis, he atado un cordel a mi brazo y a la manecilla de un cronómetro, de tal forma que si mi brazo caía se activaría el dispositivo. Intenté no dormir, tomé cerca de siete tazas de café y puse fuerte la radio. El cronómetro indica que me dormí a las 2:15 am, desperté a las 2:30:30.

Esta vez abrí los ojos en un lugar que me pareció el fondo del océano, digo creo porque había pájaros y peces. Y podía flotar. Como había planeado durante el día miré a mi alrededor, estaba rodeado de un azul oscuro como compuesto por capas de tul. Estaba decidido a no tocar nada ni intentar correr, ver si duraba más tiempo en ocurrir la Elipsis de ese modo. Al principio pasaban peces y pájaros “conocidos” a mi lado. Un grupo grande de peces payaso me rodearon y bailaron alrededor, palomas nadaban entre las algas, y las algas, eran algas. Entonces, comenzó. Empecé a notar que los ojos de los peces comenzaban a hincharse, y creí ver sonrisas en sus rostros. Giraban cada vez más rápido, su cabello naranja me rozaba los codos. Las palomas se volvieron sombras, cuervos. Y sentí pasos, por primera vez, sentí pasos, un ruido en el fondo del mar. Una silueta recortada en las olas.

Luego sentí que el sol me atropellaba y caía, si es que es posible, desde el fondo del océano hasta mi habitación.



Elipsis nº 4                                                                                                 22/6/2032     2:31 am

He empezado a notar que la gente me mira raro, se que me miran cuando estoy detenido mirando el reloj cambiar de hora por una hora hasta que lo logra o cuando sonrío al espacio a través de ellos, o hablo con Yellow. Lo último como excusa, claramente, para encontrarme más desquiciado, todos hablan con sus mascotas.

Hoy ha vuelto a ocurrir, no registré nada esta semana porque me pareció sin sentido, todos los días es lo mismo, creo que podría buscar ayuda.

Ya no quiero dormir, no si eso vuelve a pasar. Pero hoy no pude evitarlo. Me dormí. Y me extrañaba.  Cuando abrí los ojos estaba estampado en alguna especie de objeto, se que era una dimensión distinta, esta es la primera vez en que me lleva a su dimensión. Estaba oscuro hasta que salió una luz desde la distancia. El objeto flotaba, y aproveché de ver si podía caminar. Si podía, así que intenté ver de qué se trataba, qué lugar era ese. Mis intentos se vieron pronto frustrados por el temblor que comenzó en la estructura, algo surgía de ella y parecía papel. Y en el papel estaba él.

El rayo de luz me sofocó y caí al precipicio, despertando en esta dimensión a las 2:30:30, como todas las noches.   




Elipsis nº 5                                                                                                30/6/2032           2:14

Finalmente puedo dormir, después de interminables noches, puedo descansar (…)

Creo que puedo solucionarlo por mi cuenta, no se si me deje en realidad, pero debo hacer un trueque. Está todo listo, volveré a dormir y haré el intercambio, quizás así me deje en paz. Si algo llega a sucederme quiero que tires esta libreta y no leas las Elipsis primeras, por eso adjunto esta al principio, creo que puede ser contagioso, verás, en realidad él provoca todo esto, él vivía en esta libreta, quiere volver pero para eso…. Espera, escuché un ruido cerca… Está aquí, hay una sombra tras la puerta. 






domingo, 2 de julio de 2017

Un joven al que conocí

Por Pablo Rolle C.

Llegó un día un joven de no más de treinta años, tenía el aspecto de un abogado que quiere que esté todo perfectamente ordenado, su pelo era extrañamente blanco y ni un cabello se revelaba a su peinado, el traje, de color negro, no tenía ni una arruga y sus zapatos brillaban como si estuvieran recién lustrados. Su piel era pálida, hacía días que no salía a ver la luz del sol, pero no tenía arrugas, lunares ni espinilla alguna, semejaba un claro cubierto de nieve.

Lo conocí teniendo quince años, llegó buscando a mi abuelo, tenía que cobrar no se que deuda con alguien en no recuerdo donde. Mi abuelo lo acompañó dócilmente, se despidió de la familia con lágrimas en los ojos. En ese entonces no sabía que él no volvería.

Lo volví a ver a cuando cumplí veinticinco años. Se presentó en la puerta de mi casa buscando a mi madre. Le mentí diciendo que no estaba en ese momento, que volviera otro día, mi madre estaba muy enferma y no quería que nadie la viera. El se mostró comprensivo pero dijo que volvería, yo, aprovechado el momento, le pregunté por mi abuelo, él se mantuvo en silencio y se fue. Al día siguiente volvió a aparecer, y como el día anterior, lo persuadí para que se fuera, le pregunté nuevamente por mi abuelo, pero no dijo nada y se fue. Se repitió esta situación varios días, hasta que un día le deje entrar y lo llevé junto a mi madre, conversaron largo rato. Cuando acabaron de hablar, mi madre me dijo que tenía que irse, que no llorase pues no era algo malo, y que nos volveríamos a ver. Sabía que no era verdad, pero aún así los dejé marcharse juntos, ese era el deseo de mi madre.

Apareció una tercera vez mi vida. Esta vez tenía cincuenta años, estaba casado, tenía un hijo de veinte y una bebé de dos meses. Llegó furtivo, de noche, entró silencioso en la casa, tan ligero como el viento, cuando me percate de su intrusión el se estaba yendo, llevaba a la bebé en sus brazos pero ya estaba muy lejos. No fue solo mi hogar el desafortunado, también pasó por otras casas, igualmente silencioso y veloz. Esa noche fue la noche más helada alguna vez documentada en la ciudad.

La cuarta vez que le ví vino buscándome a mí, tenía noventa años y esperaba su visita. Yo estaba viejo y arrugado, sin embargo él se veía joven, jovial, sin ningún cambio, y parecía casi angelical. Con lágrimas en los ojos me pidió perdón, le pregunté por mi abuelo, mi madre y mi hija, el me aseguro que estaban a salvo, esperándome en otro lado.

Accedí a acompañarlo y mientras caminábamos él decía:

Todos lo conocemos
O llegaremos a conocer,
Al ser que en día o noche
A la gente lleva con él.

Aborrecemos su llegada
Cuando busca a otros,
A los que aleja de nosotros
Dejándonos solos.

A lo largo de la vida
Se generan diversas reacciones,
Odio, tristeza y desesperación,
Consentimiento, paz y comprensión.

El solo cumple con su trabajo,
Con lo que le fue ordenado,
“Busca a quienes don Tiempo
Ya no quiere en su templo”

Se los lleva a un juicio
Donde se decidirá,
Si fueron seres de virtud o vicio,
Y el juez dictará el regalo o el castigo.

Algunos, inútilmente, intentan huir,
Cuando ven que el hombre está por venir.
Pues saben que si los encuentra,
Los harán sufrir.

Más hay quienes le reciben,
Con sonrisas, té y galletas,
Pues saben que es perceptible
De la bondad y las buenas ofrendas.


sábado, 24 de junio de 2017

Un Mantel Perfecto

Por Hatcher

Con la delicadeza que solo una mujer le puede dar, las cinco pintábamos de color carmesí la mesa. 
Los hombres hacían el otro trabajo, ellos traían los cubiertos y los vasos para nuestro encuentro. 
Y todos reunidos aqui para observar las gotas de sangre que quedaron de la obra de arte que el cuerpo sin vida nos dejó.


El Inmortalizador de Momentos

Por Hatcher

Las noches que anteriores ambos estábamos con insomnio. Este no se había detenido y él me lo comentó. A mi parecer no es lo único que no ha desaparecido. No ha podido recordar por su vejez cuando comenzó a olvidar, sin embargo aún recordaba su falta de sueño de la noche anterior. En mis tiempos de ocio solía ir a la bodega para hurgar entre sus diarios de vida, tenía que investigar que historias alucinantes se abstenía de contar por su enfermedad. 


R.E.M

Por Hatcher

Llego, me siento, escucho, comento, cierro mi cuaderno, camino, te miro y caigo como Alicia por el agujero. Sigo caminando, recobro mi aliento, auto, ¿quién eres?, casa, ciencias naturales y dormir. 

Entro, te miro, te reconozco, te escucho, me saco los audífonos, reímos, nos conocemos. Me siento, me levanto me ducho y llego.


domingo, 18 de junio de 2017

Fantasmalmente invisible.

Por Pablo Rolle C.

Otra vez estoy aquí, en medio del tumulto, en medio de la fiesta, en medio de la multitud, en medio de todo, y es como si fuera invisible, como si no existiera.

Es hora de cenar. Nuevamente no me han servido un plato. ¿Habrá sobrado algo para mí? No lo creo. Mejor iré a comprarme algo.

En el camino se me atraviesa un hombre que pasea a su perro. Le alego, pero sigue de largo. El perro ni siquiera me ladra.

He llegado a la tienda. Voy a coger la última sopa instantánea pero una señora se la lleva sin advertir que estoy allí. Buscaré algo en casa, se que será una búsqueda inútil.

Está todo oscuro. No puedo dormir. Ni el humano placer de dormir y descansar se inmuta en alcanzarme.

¿Será mejor desparecer? No lo creo, aunque no habría diferencia.

Camino por los pasillos de mi casa, no hay fotos mías. ¿Cuándo las habrán sacado? ¿Alguna vez estuvieron?

Hoy es el matrimonio de Rodrigo, mi mejor amigo. Me siento en la última fila de la iglesia y en la comida no hay asiento para mí.

Ya es mi cumpleaños. El teléfono no ha sonado. Nadie ha tocado el timbre. Salgo a caminar. Es invierno y no hay lluvia que me acompañe.

Me siento en una banqueta de las muchas de algún parque en alguna parte. Las palomas revolotean a mi alrededor. Intento ahuyentarlas, pero no se van. Solo se mueven cuando un grupo de niños aparecen corriendo y llegan a apelotonarse junto al camión del vendedor de helados.

Estoy en cama, viejo y enfermo, y no hay quien me acompañe. Poco a poco voy desapareciendo de este mundo. ¿Habrá un mejor lugar para mí? ¿Habrá alguien o algo esperándome allí? Espero que sí.

Lentamente las sábanas fueron acomodándose en una cama que a primera vista pareciera estar vacía, pero si en ese preciso momento alguien de vista aguda se hubiera quedado viendo fijamente la cama, habría visto unos poco rayos de luz que se refractaban en la nada y que lentamente volvían a su curso original. Como si nunca nadie hubiera estado allí.


domingo, 11 de junio de 2017

Frío encuentro.

Es un día de frío como nunca ha habido, el sol está escondido entre las nubes y el viento corre helando el rostro de la muchacha. Parece que espera algo o a alguien, mientras espera observa a la gente que pasa, al oficinista que camina al trote apurado en llegar al trabajo, los niños que corren entre las personas y sus madres por detrás en una desesperada persecución. También hay gente que camina, un anciano señor y su igualmente anciana mujer caminan observando los patos salir al vuelo, asustados por el paso de un barco.

La muchacha se distrae un momento acariciando las teclas del teclado que lleva colgado al hombro, es una caricia suave, llena de ternura, para ese instrumento que con su bello son es capas de derretir al más duro corazón de hierro. Juega con un par de teclas lanzando sonidos al aire y yo la observo desde lejos fuera de una cafetería. Quisiera acercarme y preguntarle su nombre, saber quien es y cual es su historia, todos tenemos una y la suya es la que más quiero escuchar, Quisiera invitarla a entrar en la cafetería donde el ambiente es más cálido, y que tomemos un café mientras hablamos de la vida, le diría que el viento no es digno de acariciar semejante rostro, y que este debería gozar del suave cariño brindado por el fuego de la chimenea. Seguramente se negaría, soy un total extraño y tal vez me diría que ella no es la tierna y delicada flor que aparenta, sino que es una tempestad, llena de giros y cambios.

Estoy indeciso, a medio levantarme de mi asiento, en medio de mi indecisión me mira y observa dentro de mi mirada, ya conoce mis intenciones. Con una picara sonrisa se despide de mi y se va con una joven que acaba de llegar.

Apareció y se fue, veloz como el viento, dejando fríos mis pensamientos.


El payaso sin disfraz

Doy una honda aspirada a mi cigarrillo sin tabaco. Lentamente dejo ir el humo que no me relaja en absoluto. La función del medio día ha terminado y veo al público retirarse de la carpa principal. Mi número terminó hace unos minutos; no hay donde sentarse así que sólo aspiro y veo de pie. El ramo de flores adherido a mi mano comienza a picar nuevamente. No había sucedido hace varios días. Debe ser por ella. La pequeña de cabello negro y ojos verde agua. Me recuerda a alguien, aunque no sé a quién. Quizás ella me visitaba, cuando me llevaron al donde entré con una camisa de fuerza. 

¿Cómo es que terminé aquí? Se acerca el director del circo y me entrega la píldora, la que me quitará el dolor. Se aleja y sin mirarme dice “buen trabajo, pronto podrá partir, Stein”. ¿Quién es Stein? Medio cigarrillo terminado. Miro al director, le entrega la pastilla a una tipa, la trapecista sin manos ni pies. Recuerdo que cuando me declararon loco ella estaba a mi lado, esperando su sentencia también, aunque en ese entonces caminaba y comía por su cuenta. No sé quién es, pero sé que estaba allí al igual que el hombre traga-sables.

Sí, él gritaba como loco aquel día, merecía que lo encerraran. Pero no creo que eso haya sido razón suficiente para que expandieran su garganta, destrozando sus cuerdas vocales y expandieran su caja toráxica sacándole las costillas. No, eso es definitivamente para que le quepan más espadas. Casi se termina mi cigarrillo. Se acerca el público para la siguiente función. Sostengo el cigarrillo con la boca para arreglar un poco el ramo de flores, aunque gracias a la píldora, sólo da comezón. De pronto, mis labios arden. Se terminó mi cigarrillo y con él, mis últimos momentos de lucidez. Fijo la mirada en el público. Se desfigura mi rostro, esbozando una sonrisa que no deseo mostrar. Los niños me ven y saludan al hombre disfrazado de payaso. Si tan solo supieran, queridos niños, que esto no es un disfraz.


El primer vuelo

Annie estaba totalmente exaltada aquel día ¡Por primera vez en su vida volaría en avión! Era algo que había soñado muchas veces, pero que jamás había vivido. Y ahora como regalo de cumpleaños por sus cinco años, mamá había comprado pasajes para ir a visitar a abuelita. Para un día tan importante, había que vestir acorde a la ocasión, y para esto decidió usar su vestido naranjo. Este vestido lo ocupaba exclusivamente para oportunidades importantes, ya que el naranjo era por lejos su color favorito. En su maletita, naranja por supuesto, empacó todas las cosas importantes que deberían acompañarla en esta aventura. La mantita que le había tejido abuelita, su libro favorito de “Peter Rabbit”, lápices de colores y su cuaderno para colorear dibujos, entre otros. Cuando estaba todo listo cogió a Charlie, su oso de felpa que la acompañaba a todas partes y partieron. Papá cargó el auto con todo lo indispensable y fueron rumbo a este esperado viaje.

Annie jamás había estado en un aeropuerto y este lugar le sorprendió muchísimo. Se vio sumergida en un mundo de lo más variado de personas. Era tal la multitud, que tuvo que agarrar muy fuerte la mano de papá para no perderse. La enorme cantidad de gente y su gran diversidad, le daban la impresión de estar en otro universo.

La fila para dejar el equipaje le pareció durar una eternidad y Annie sentía que no podía dominar sus ansias, dando saltitos constantemente y apretando fuertemente a Charlie contra sí, algo nerviosa porque pasara algo que les impidiera viajar. Cuando fue su turno, la encargada de recibir el equipaje fue muy amable con la pequeña y le sonrió dulcemente cuando esta, algo inquieta, pesó su maletita naranja, para luego suspirar aliviada al comprobar que no excedía el límite de peso. Luego de otros pasos rutinarios, pasaron a la sala de embarque, donde la familia esperó pacientemente para poder ingresar al vuelo. Cuando por fin terminó la larga fila que se había formado para el embarque, Annie se encontraba jubilosa. El asiento que le había tocado, el 34 A, estaba justo junto a la ventana ¡Podría verlo todo! Se instalaron en los asientos y comenzó el viaje. El despegue fue algo violento y se puso algo tensa, pero una vez que todo eso pasó, ya más tranquila empezó a disfrutar del vuelo. Se acomodó bien en su asiento, con el cinturón de seguridad bien apretado, y descubrió que este era reclinable. Luego de jugar un rato con eso, vio unas revistas que se encontraban frente a ella en el asiento de adelante y se entretuvo un rato con ellas. Una azafata le dio a todos los niños que viajaban, una bolsita con un librito para colorear y lápices. También trajeron luego de unos momentos algo para comer, dándole dos opciones para elegir, de las cuales escogió lasaña, que venía acompañada de jugo de naranja, un pan con mantequilla para untar y como postre flan de caramelo. Annie no cabía en su felicidad. El tiempo transcurría gratamente, mamá leía y papá dormía roncando suavemente, lo que le ocasionó algo de risa. Inquieta, se levantó varias veces con la excusa de ir al baño para conocerlo todo, siempre acompañada de Charlie. Estando ya más tranquila, comenzó a examinar la bolsita que le había entregado la azafata y a jugar con su contenido.

Todo iba de maravilla, hasta que de pronto empezó a sospechar que algo raro pasaba. Habían anunciado algo por el alto parlante, pero ella no había atendido a lo que habían dicho, se encontraba muy concentrada en pintar un pequeño avioncito, que tenía ojos y le sonreía. Mamá tomó muy fuerte de su mano y su rostro puso pálido. De pronto en el avión quedó en un silencio sepulcral y cuando Annie le quiso preguntar a mamá que estaba sucediendo, esta colocó su dedo sobre su boca y la abrazó con fuerza, papá parecía asustado. Estaba confundida ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué mamá, papá y todos se comportaban así? Procuró quedarse callada, inmóvil, pero muy abrazada a mamá y también aferrada a Charlie. La tensión era cada vez más palpable en el ambiente, estaba asustada. En medio del silencio de pronto un niño comenzó a sollozar, mientras su madre hacia todo lo posible por calmarlo y Annie deseó hacer lo mismo. Pero ella era una niña grande y las niñas grandes no lloraban. Se asomó por la ventana y comprobó que estaban a una altura demasiado baja para lo que ella consideraba lo normal. Estaban levemente por encima de los rascacielos de una enorme ciudad. Esto le pareció raro y comenzó a sentir temor. Algo malo iba a pasar, intuía. Miró a su madre y comprobó que sus ojos estaban llenos de lagrimas, papá parecía aterrorizado, nunca los había visto así. Volvió a mirar por la ventana y sus ojos se abrieron como platos. Ahí descubrió cual sería el destino…

Lo que siguió fue un ruido estruendoso, un choque brusco, muchos gritos, una explosión y luego todo negro… Annie sola, sin Charlie, ni papá y mamá…
un túnel muy oscuro… y una tenue luz blanca al final…


La chica misteriosa del teclado


Cada vez que decidía irme desde la facultad a casa caminando, bordeando el río (que no eran pocas), la veía. Yo la llamaba la “chica misteriosa del teclado”, ya que siempre se encontraba por ahí, con su instrumento a cuestas, a veces tocándolo con una pasión impresionante, y otras veces simplemente vagando por esos lugares. La expresión de su rostro solía ser huraña y hosca, pero esta faceta desaparecía por completo cuando se abocaba a su música. Nunca hablaba con nadie y en general evitaba cualquier tipo de contacto con la gente que estaba a su alrededor. Siempre igual, la misma chaqueta azul, con su cabellera negra al viento y un toque de maquillaje, hacían que esta “chica misteriosa del teclado” despertara en mí una gran curiosidad. Me gustaba fantasear acerca de ella, imaginando e inventando aspectos de su vida, tales como su nombre, de donde venía, quién le había enseñado a tocar el teclado y muchas otras cosas. Todo esto se lo solía contar a mi hermano, con el cual compartía mi habitación, antes de dormir. El me escuchaba sin prestarme mucha atención, cosa que no me importaba, ya que, por lo menos tenía alguien que me prestara su oído para poder expresar mis más profundas fantasías. Sin embargo, a pesar de mi imaginación, sentía que mis descripciones e ilusiones nunca lograban retratar fielmente la esencia de la reservada joven. “Tómale una fotografía”, me dijo una noche mi hermano cuando le conté eso. Me pareció una buena idea, así que al día siguiente lleve mi cámara a la facultad con la intención de plasmar la imagen de la chica. Cuando terminaron las clases, de costumbre, me fui a casa caminando por la ruta que bordeaba el río. Como siempre, ella se encontraba ahí con su preciado teclado. Trate de sacar la fotografía lo más discretamente posible, cosa de que ella no se diera cuenta, lo que se me hizo bastante complicado. Y cuando por fin la cámara hizo click, ella me descubrió en mi empresa. Pude ver como su cara se llenaba de rubor y la indignación reflejada en sus ojos. Estaba iracunda, frenética. Y ahí fue cuando escuche su voz por primera vez, pero lo hizo gritando un dialecto desconocido para mí, un idioma extranjero. Y así fue como descubrí el primer rasgo que me podría quizá a conocerla mejor, a pesar de su furia, y además tenía un retrato de ella. Cuando llegué a mi casa estaba jubiloso, le conté todo a mi hermano y antes de dormir hice mil planes para poder seguir descubriendo cosas acerca de ella. Al día siguiente, al terminar las clases, tome la ruta del río esperando encontrarla. Pero no estaba. Esperé un largo rato, pero no había rastro de ella. Cuando ya se hizo tarde y comenzó a helar, me fui decepcionado a mi hogar. Volví muchas veces al lugar, con la esperanza de volver a verla, pero nunca la volví a ver. Al pasar el tiempo desistí y dejé de tomar la ruta del río para llegar a casa para cerrar el capítulo de la chica misteriosa del teclado. Pensé que probablemente estaría en otro lugar del mundo, encantado a otros con su particularidad y quizá haciendo fantasear a otros con su enigma.


Eran felices, y lo sabían

Por Gabriela Valdivieso

Recuerda perfectamente cuando llegaron a su casa-paraíso. Ese mundo era entonces un colchón y unas blancas paredes, pero todo era decorado por pedazos de su cariño. Para ella, la sombra de él daba la iluminación perfecta, su transpiración en la almohada cada mañana era definitorio del ecosistema.

Sin esfuerzo, aún podía sentir el lunar de su cuello en las baldosas de la cocina, sus dedos atravesaban los crespos de su pelo en la baranda de la terraza. Los vellos canosos de su barba parecían asomarse en las hojitas de su primera planta.



jueves, 8 de junio de 2017

El árbol

Por Pablo Rolle C.

El día en que nació, su abuelo plantó un manzano siguiendo la tradición familiar, la cual se remontaba hasta 1812. Un día, a finales del icónico año, Bernardo O´Higgins salió al mercado a comprar manzanas, en el camino de vuelta tropezó con un anciano pobre al cual decidió regalarle un par de manzanas y semillas para que las plantara. El anciano era su antepasado y había plantado las semillas el día del nacimiento de su nieto.

Él creció junto con el árbol, ambos sanos y fuertes, cuando este fue lo suficientemente alto y resistente, comenzó a jugar en el trepando diariamente hasta su copa, midiendo cuanto demoraba y comparando la marca con la del día anterior. Pero un día se aburrió, ya no disfrutaba jugando en el manzano, y además ni siquiera le gustaban las manzanas, por lo que decidió deshacerse del árbol. En su lugar, planto un naranjo, árbol novedoso, lejano a la tradición y cuyo fruto era mucho más exquisito que cualquier otro. Sin embargo este hecho destrozaría su ser.

Regó y cuidó todos los días de su nuevo árbol, para que creciese más alto y fuerte que el anterior, pero, a pesar de sus esfuerzos, éste creció chueco y seco, y era pequeño, parecía débil y enfermo, y su fruto estaba lejos de ser disfrutable. Él lloró por su naranjo, derramó sus lágrimas sobre él hasta ya no poder. Una vez hubo acabado de llorar y lamentarse, decidió deshacerse de éste árbol también. Tomó gran vuelo con el hacha y con fuerza lanzó el hachazo, pero al momento que la herramienta tocó al árbol, estalló en mil pedazos y partículas, rasguñando su cara y brazos, la sangre comenzó a salir por las heridas y a gotear sobre las raíces, asombrado vio que éstas absorbían el liquido carmesí con rapidez. Cuando cayó la última gota de sangre, luego de ser absorbida, una intensa luz naranja brilló, cegándolo de momento, retrocedió asustado y tropezó, golpeándose la cabeza contra un rama baja del árbol, para luego quedar inconsciente bajo su sombra.

Al día siguiente no le encontraron en su casa ni en ningún lugar de la ciudad, lo que sí encontraron fue un naranjo como nunca se había visto, y cuyo fruto no tenía comparación.


Incendio

“¡Salgan de la casa!” gritó Mena, “¡venga a ver!”. Dejé el serrucho y el listón de madera a medio cortar y me encaminé a la puerta. “¿Ven eso?! Preguntó señalando una fumarola, a no más de tres casas de la nuestra. Los altos árboles, que crecían en la ladera del cerro en el que nos encontrábamos, hacía difícil ver incluso la casa del vecino. “¿Qué estará pasando?” preguntó Fran. “Es mucho humo para ser un asado” contesté. Le preguntamos a la dueña de la casa que estábamos reparando si sabía qué era ese humo. Echó un vistazo por la ventana e instantáneamente gritó “¡Fuego!”. Los cinco del grupo quedamos sorprendidos y no demoramos en salir a la calle. Los grupos de las casas aledañas también habían salido a ver qué ocurría.

Unos minutos después, llegó Férez, el jefe de los trabajos. “Cabros, es un incendio. Los bomberos vienen en camino. Por mientras, vamos a hacer una cadena para pasar agua, a ver si alcanzamos a hacer algo. Los otros jefes están tirando arena para que no llegue a la casa de la señora Lucía. El Incendio parece que partió en su patio.” Inmediatamente todos comenzamos a correr para formar la cadena. Me ubiqué relativamente cerca de la casa, para poder arrojar los bidones llenos de agua.

El calor era abrumador, detrás de la casa se podía ver cómo se alzaba una llamarada anaranjada. Los jefes que echaban arena comenzaron a retroceder, el fuego crecía. Férez gritó para que saliéramos de ahí, así que en pocos segundos tiramos el agua que quedaba y nos retiramos. La señora Lucía lloraba de rodillas viendo cómo años de esfuerzo estaban a unos metros de ser envueltos por el manto anaranjado, aquél que tiñe todo de negro. De pronto, algo ocurrió. Algo que tiene explicación, pero el momento, la coincidencia, lo hace inexplicable: el viento cambió de dirección. El fuego dejó de avanzar y tomó el rumbo de la nueva corriente de aire, dirigiéndose a una ladera inhabitada.

Luego de unos minutos, todos estaban más tranquilos, menos yo. Mi grupo estaba incompleto. Faltaba el Casti. Gritamos cuanto pudimos, aunque nuestra voz se gastó seguimos gritando. Luego de un buen rato buscando y gritando, apareció junto con dos jefes. Habían bajado el cerro, a la zona de seguridad. Me lancé abrazar al Casti. Ahora podía estar tranquilo. Los bomberos habían llegado. Todos los integrantes de los trabajos miramos como el atardecer absorbió lo que quedaba del incendio y su color.


domingo, 4 de junio de 2017

Semillas de la rebelión

Por Pablo Rolle C.

El sol ardía sobre sus espaldas desnudas, el momento había llegado. Todas las miradas se posaban sobre ellos, los tres en medio del escenario, sobre esos hombres de mediana edad que se erguían orgullosos y serios. “¿Cómo pueden estar tan tranquilos?”, se preguntaban, “los van a ejecutar y aun así permanecen inalterables”.


Frente al escenario se encontraba la multitud y por detrás estaba el rey, sentado en un ostentoso asiento, disfrutado del espectáculo bajo la sombra del lujoso toldo real. Los hombres, dando la espalda a su majestad, ofrecieron una elegante reverencia al público, como habían aprendido durante su vida siendo parte de la corte real. Luego dieron media vuelta, y se dirigieron a sus respectivas sogas mirando con desprecio y a los ojos, al hombre del cetro de plata y la corona de oro.


jueves, 25 de mayo de 2017

Uno, dos, dos y medio

Todas las tardes llegaba de la escuela a la casa que alguna vez fue de su abuela, quien, ya bordeando los noventa y cinco años, había muerto de un repentino ataque al corazón. Cual ritual, desde el primer día en el que el sueño apareció en su vida, tanteaba con la punta de los dedos la pared de su habitación, buscando algo que claramente no existía en el mundo de la realidad. No importaba cuántas veces mirase, la puerta no estaba allí.



martes, 16 de mayo de 2017

Afectos errantes

Eran las 4:37. Solo faltaban tres minutos para que ella llegara. Los miércoles salía de la universidad a las 4:30 y como solía hacerlo todos los días, iba a estudiar al café. Él sabía que llegaba siempre con exactitud 10 minutos después de terminar las clases y también que pedía un Caramel Macciato y un muffin de arándonos. A la hora esperada, en punto, llegó.

Él era un chico un poco diferente. De aspecto desgarbado, alto, flaco y medio torpe. Algo tímido y retraído. Pero tenía un dejo en la expresión de su cara que solo las personas muy observadoras captaban y que le daba cierto atractivo.

La primera vez que la vio quedó alucinado con ella. Era un día otoñal cálido, cuando entró al café encandilando a todo el mundo con su distinguido paso. Era imposible no quedarse observándola unos momentos tras verla. Alta y delgada, lo que más destacaba era su larga y blonda cabellera que flotaba al caminar. Con una sonrisa perfecta hizo su pedido y con su grácil andar se dirigió a una mesa vacía, donde sacó un computador portátil y comenzó a estudiar a conciencia. Él pensó que era la mujer más maravillosa que había visto.



lunes, 15 de mayo de 2017

Una tonada sin hielo, por favor

Por Vale Fuentes
y Luci Carr


Entró al lugar, como siempre puntual y, más ritualista que vieja en misa, se sentó en el mismo banco junto a la barra.

-Lo de siempre- dijo al barman, con la mirada fija en su reloj.

Mientras le servían la copa cogió su celular. Vería la subida y caída de la TPM, revisaría el IPSA y con toda probabilidad el cambio del dólar. Luego guardaría su celular, y volvería a su reloj. Entre las iteraciones olvidaría, como a diario, el peso leve de la libretita en el bolsillo derecho del vestón. 

-Aquí tienes - pronunció el barman con el néctar del olvido ya frente a su cliente.

John lo recibió y, metódico, en un sorbo bajó un tercio del vaso. Por un segundo su mirada quedó perdida entre el papel mural y las botellas lupa en el mueble caoba. Rápidamente metió la mano en el bolsillo derecho, en búsqueda de su libreta, debía escribir antes que se fuera la idea. Luego registró en los demás, con el apremio del adicto en abstinencia. Buscó primero en los grandes del vestón, el pantalón, los pequeños de la camisa, el interno del abrigo, ese que se medio oculta en el traje... Tras breves segundos de búsqueda sus ojos perdieron el fulgor. Podría haber pedido una pluma a alguien, pero la idea se desvaneció como lo hacen los sueños al despertar. Deprimido guardó nuevamente la libreta, inmaculada, vacía.

El barman, Larry, le dirigió una mirada fugaz, con destreza para que no le notara. La misma que tenía para manipular las botellas como si fuese un malabarista y la misma con la que encendía los puros de la gente sentada en la barra casi sin mirar. Larry debía tener un sexto sentido para presentir a los fumadores sin encendedor. Era un hombre grande y de cabeza rapada y  un diestro experto en la alquimia de las bebidas. Había quienes creían que hacía magia, y cuando se lo decían, él bajaba su cabeza, sus ojos se impregnaban de nostalgia y daba una sonrisa de esas que sabes tristes, de las que evocan recuerdos. Hace años no hacía shows de magia, era lo que amaba, pero jamás logró ser lo suficientemente bueno. El sombrero de Larry, estaba vacío, no habían conejos blancos y se le acabaron los trucos para hacer malabares en la vida, entonces, como solución, encontró trabajo en el bar.

Preparó un blended whisky y se lo entregó a Katy, la camarera, lo único realmente bello y atractivo en la taberna. Con sus labios de rojo intenso le brindó una sonrisa a Larry, y este le respondió con un guiño. La mujer tenía su carácter pero, como quienes trabajan en lugares así, manejaba el arte del coqueteo. Miento, ella sabía del arte porque no hace mucho había sido una bailarina de cabaret, cuando era más rubia y aun más joven.

Con un movimiento grácil, meneando las benévolas caderas, se dirigió a servir las copas que llevaba en su bandeja. Qué gracia tenía esa mujer para caminar, era una bailarina innata. Cuando niña, tomó clases de ballet y al terminar su adolescencia hizo varias audiciones, y quedó seleccionada. Pero justo ese verano su novio la embarazó. Su hijo nació más que pronto y con leucemia, y tuvo que conseguir dos empleos para financiar su enfermedad: el cabaret y el bar. El cabaret la despidió al cumplir treinta y solo le quedó aumentar turnos en el bar. Y, pese a que ha transcurrido más de una década, aún recuerda el teatro, cuando recorre el trecho entre la barra caoba y las mesas beige.

-Aquí tiene Sr. Carter- dice risueña, depositando la copa que traía en la mesa, frente al hombre más elegante del bar.

Se escucha un “gracias”, escueto, pero gentil. El hombre canoso es un empresario conocido, de una de esas familias en que u ocupas una silla en el senado o en el directorio de una gran corporación. En el bar era otra sombra, la sombra que tarareaba todas las canciones, que se sabía el estribillo, el puente y la estrofa. El que seguramente sabría como tocarla si lo forzaban a tomar una guitarra, el piano, el saxo o un violín. Y miraba los instrumentos, con un sentimiento entre el deseo y la cohibición. Su copa seguía llena y su reputación intacta. Y quienes lo observaran, dirían que es la imagen viva del éxito.

Uno de esos observantes es Tom. Siempre procura sentarse en una mesa próxima al Sr. Carter, quizás con la esperanza de entablar una conversación con él, una que le proporcione una mejor vida que la que tiene. “¡Pero hombre!, tienes una bellísima mujer y unos encantadores hijos”, le dijo una vez Larry. Pocos saben, que él no se casó enamorado y que no es feliz. Era muy joven cuando su mujer quedó embarazada y sus familias, estas “a la antigua”, les obligaron a casarse y sentar cabeza. Siempre viene solo y con esperanza. Con la esperanza de volverla a ver, a ella, la mujer que tanto amó, la antigua camarera  que luego reemplazaría Katy. La primera vez que entró en el bar fue en una noche de lluvia, y ese mismo día la conoció.

Le contó sus pesares entre varias copas de ron y ella escuchaba atenta, perdidos ambos en esta isla, entre la música y las miradas. Pasaron los días, luego semanas y él venía seguido. Nadie se enteró que tuvieron un romance fugaz, y que en la bodega enredaron sus cuerpos, al ritmo de esa canción que suena a veces en este bar de jazz. Se enamoraron, pero él seguía casado y se convenció de que no podía dejar a su familia. Un día ella desapareció, o quizás renunció, y Tom, no la volvió a ver jamás. Pero aún vuelve y pide siempre un vodka tonic y esa canción.

-Oye Billy, no te pagan por tomar coñac - me sorprende la voz de Larry del otro lado de la barra. Yo vuelvo la mirada desde el último paradero de mi recorrido visual, a mi viejo amigo – ya es hora, hombre.

Miro mi reloj, es cierto, es la hora. Me levanto del banco, no sin antes recibir un saludo de John, que no me había notado hasta que Larry me señaló. Camino hacia el piano solitario, en medio de la tabla vieja. Es oscuro, con aureolas de color madera y pequeños cortes aquí y allá.

Me siento y antes de comenzar, acaricio las teclas con cariño. He dejado de ser invisible. Ya es hora de que comience a tocar, la hora que John encuentre la inspiración para escribir, que Larry sienta que está en escena haciendo magia con maestría, que Katy deje volar su mente y baile esta tonada, que el Sr. Carter, con su voz maravillosa, cante y marque el ritmo con el pie; y que Tom vuelva a sentirse correspondido y que ama con locura.