Justo antes de que la espada atravesara su abdomen, una inmensa onda expansiva emergió de Álastor, acompañado de un encandilante destello de luz verde. Su oponente, Eiden, fue lanzado por los aires, aunque aterrizó sin problemas. Se cubrió los ojos para bloquear el destello de luz, que se intensificaba a cada segundo. De pronto, la luz desapareció y sobre Álastor se arremolinaba un aura del mismo color de la luz. Álastor continuaba arrodillado, como si se hubiese desmayado. Eiden aprovechó esta oportunidad para tomar a Isabel de rehén y tener garantizar su victoria. Ella intentó evitarlo, pero no fue posible: la habilidad de Eiden con la espada era superior a la suya con la lanza. Luego de un corto intervalo de golpes, Eiden desequilibró a Isabel y lanzo un golpe a su estómago con el reverso de su espada. Pero el golpe no llegó a Isabel, ya que Álastor se encontraba entre ambos y había detenido el golpe con su mano. El iris de sus ojos brillaban como el jade. Un poco del aura de Álastor se concentró en la palma de la mano que bloqueaba a Eiden y lo expulsó aún más lejos que la onda expansiva inicial.
"Guardian del equilibrio, muéstrame la verdad. Belleza y fealdad, bondad y maldad, amor y odio. Que el Caos perezca y la Armonía prevalezca."
Con ese canto en idioma antiguo, algo tomaba forma frente a Álastor. Un arma más dura que cualquier metal y más poderosa que cualquier magia. Un Arma Espiritual.
Oh, Martín, ¡qué enorme gusto leerte! Extrañaba este tipo de cuentos, recuerdo cuando leíste uno de este género con la música de fondo, ¡precioso!
ResponderEliminarVi la pelea, los tres cuerpos, los cabellos de Isabel de un lado a otro. Me gustó mucho -pero mucho- el final. Te celebro las mayúsculas "Un Arma Espiritual", choreza gráfica que aporta, completa.