-¡Qué bien!- exclamó el anciano emocionado y complacido –Justo
mi lugar favorito está desocupado.
A los ojos incrédulos de su nieto, Donald, se acomodó en el
suelo, justo en medio del mall.
-¡Abuelo!- dijo alarmado –Esto no es el parque, estamos en
medio de un centro comercial- susurró muy apenado.
-y qué sabes tú, ¿Cuántos años tienes mocoso?, ¿nueve?
-Doce, abuelo- corrigió con pesar.
-No importa, el punto es que tengo muchísimos más años que
tú, y sé reconocer a la perfección un buen lugar para instalarme a disfrutar y
leer mi libro- afirmó con absoluta convicción- Ahora, anda a jugar por ahí.
El viejo estiró levemente los brazos, se acomodó un poco y
abrió el libro en la página que le indicaba un pequeño pedazo de cartón.
-Abuelo- le volvió a llamar su nieto –Todos nos están
mirando – dijo incómodo.
-Claro que observan, la gente aún reconoce, a pesar de estar
en medio de un siglo de pura decadencia, a las personas con clase y elegancia-
espetó con orgullo, sin dejar de leer el libro, sin embargo, notó que su nieto
seguía tenso- Oye niño, ¿Qué haces ahí parado, viendo a las personas como un
loco?, siéntate de una buena vez.
El niño accedió a regañadientes, muy incómodo y con absoluta
vergüenza. Se recriminaba acceder a acompañar a su abuelo a dar un paseo. Al
rato por su lado pasó una pareja con su aparente hija, de más o menos la misma
edad de Donald. La hermosa chiquilla les dirigió unas miradas y luego con mucha
gracia se tapó con sus manos su boca, mientras reía por la escena tan simpática
a su parecer. El muchacho no podía más con tal exposición, sólo atinó a mirar
hacia otro punto, mientras su cara se ponía roja como un tomate. Esto no pasó
desapercibido por su excéntrico abuelo.
-Te atrapé, chiquillo- Exclamó- ¿Acaso te gustó esa niña?-
molestó como si fuese un niño burlón.
-No es eso- chilló alarmado el pequeño.
-Claro que sí, estás más rojo que mis calzoncillos de
navidad- aseguró- Anda, sé hombrecito y háblale.
-¡No haré algo que me ponga más en ridículo!- se quejó.
-Ay la juventud de hoy en día, son todos unos miedosos.
Sin prestarle mayor atención, de su bolsillo izquierdo sacó
un cigarrillo que guardó antes de salir de casa.
-Abuelo, no puedes fumar.
-Ya comenzaste con los mismo sermones que me da tu abuela-
refunfuñó – Por supuesto que puedo, si mis pulmones pueden inhalar aire también
lo pueden hacer con el humo. He fumado toda mi vida y he vivido más que tú- dio
por finalizada la discusión. Por su parte su nieto se alarmó cuando lo encendió,
pero eso no fue el verdadero motivo, si no, fue al notar que un guardia los
había visto y que, en ese preciso instante, se dirigía hacia ellos.
-Debemos irnos, ahí viene un guardia- se lamentó.
-Tranquilízate, muchacho escandaloso- lo reprendió – Ni que estuviéramos
fumando hierbas ilegales- aseveró con excesiva tranquilidad. Dio otra bocanada, a la vez que por el rabillo del ojo examinaba su alrededor y analizaba los pasos firmes que se acercaban a ellos. Calculó los necesarios para saludar con ahínco -¿Qué tal capitán?, ¿Todo en orden?- bromeó el anciano.
-Buenas tardes, ¿Me podrían explicar qué sucede aquí?
-Claro, es muy simple, le doy lecciones de vida a mi nieto-
le contó al hombre con la palabra “seguridad” en su espalda –El muy fracasado
le gustó una niña que acaba de pasar y viera usted que no se dignó ni a
saludarla.
Donald ya no podía con el sinvergüenza de su abuelo. “Nos
van a llevar presos”, pensó. El hombre lo escrutó con la mirada unos segundos,
los cuales se hicieron eternos para el pequeño.
-Es un chiquillo bastante tímido- ratificó finalmente el
guardia- Últimamente los niños se avergüenzan por todo.
-Pienso igual jefe- reafirmó el viejo – No sé qué tanto les
sirve comunicarse por esas cosas tecnológicas del demonio, si no son capaces de
hablarse a la cara.
-De hecho, mi hijo es igual- dijo tomando asiento junto al
singular par.
-¿Un cigarro?- ofreció el mayor.
-Muchas gracias, pero no puedo fumar durante el trabajo, es
usted muy amable- negó el guardia – Bueno como le decía…
Y así siguieron hablando varios minutos, luego al pasó de un
rato una señora, muy sobresaltada se acercó al guardia a decirle que habían
robado su bolso, pero antes, intrigada por el trío de hombres sentados en el
suelo, preguntó a que se debía tal suceso, el abuelo volvió a relatar la
historia de lo muy bobo que era su nieto, y ella no tardó en contar que tenía
una sobrina que también era igual. Del mismo modo que el guardia de seguridad,
tomó asiento en el círculo a conversar de la decadente juventud. Donald no lo
podía creer, “¿Acaso todos se volvieron locos?”
Pasaban las horas y de a poco se le fueron uniendo más y más
personas. Todas diferentes, pero con un familiar igual de penoso y tímido que
Donald, por su parte el susodicho, ya ni vergüenza tenía. Finalmente al círculo
llegaron los padres de la famosilla chica que tanto hablaban. Conversaban que
ellos tenían una hija que justo ese día había visto a un chiquillo y la muy
tímida no le dirigió la palabra. Todos asentían y discutían la variedad de
formas de cambiar la juventud. La niña que había escuchado hablar a sus padres
de ella, se alejó lentamente y se ubicó junto al único niño, en las lejanías
del grupo.
-¿Qué sucede aquí?- preguntó con su inocente y dulce voz,
sin comprender tal reunión.
-No lo sé, no logró entender a los adultos- dijo aburrido –
Están todos locos.
-Concuerdo contigo- susurró risueña – Mis papás siempre me avergüenzan.
-¿Te gustaría un helado?, moriré de aburrimiento si sigo
aquí.
-Me encantaría.
Sencillamente genial, es todo lo que puedo decir.
ResponderEliminarJa! Otro diálogo, en verdad tus cuentos se visten de conversaciones distendidas y naturales.
ResponderEliminarAlgunos comentarios:
-Me gustó mucho el narrador que escogiste, está como arriba del hombro del pobre Donald, está "de su lado"!
-Me encantó cómo contaste la enorme vergüenza que sentía el chico, de formas bien variadas y creativas.
-Me gustó que vas refiriéndote a cada personaje de distintas maneras, Donald solo aparece 5 veces, pues también dices nieto, chiquillo, etc.
-Creativo lo de "hombre con la palabra 'seguridad' en la espalda". Igual creo que la parte de que el chico siente miedo porque viene el guardia está un poco extraña, puede mejorarse.
-Sobre el abuelo: Interesante, de esos personajes muy nítidos, que son "muy sí mismos". Me gusta cómo va mostrando sus capas, sus mañas, sus limitaciones. El "sé hombrecito" es tremendo, comunica mucho sobre ese hombre. Sin embargo, debo decir que dudo que se capaz de decir esa frase tan dura de "el muy fracasado..."
-Sobre el grupo de gente, divino, solo un comentario: creo que la señora de la bolsa pudo haberse aproximado por algo más sencillo como preguntar dónde queda una tienda, porque si no no calza, vendría con una onda alarmista y difícilmente se quedaría a charlar.
-El final: JOYA. Precioso twist, tiernísimo, ¿quizás te quedaste inspirada por la abuelita de Caro I.?
Me encantó, Vale. Realmente siempre "vale" la pena leerte.