Por Luci Carr.
Tiene
los ojos gigantes. Recuerdo que eso fue lo que pensé al observarla así por
primera vez. Ojos grandes como platos azules que parecían devorar la luz. Unos
azulejos inmensos que parecían juzgarlo todo y a todos. La sala entró en sesión
¿por qué lo habría hecho? Se veía tan dulce aquella vez, sus cabellos como
hebras extraídas de la misma matriz del sol, devolvían el brillo que sus ojos absorbían
y del que se apoderaban. Solía colocarlo tras su oído y llevarlo con ondas
suaves, delicadas como su piel, en libertad, formando contra la lámpara sombras
sobre su rostro, enmarcando unas facciones exquisitas. No sabría describirte
sus rasgos como las vi esa noche, era blanca como la nieve, inmaculada. Hija
del sol, princesa, muñeca, quise decirle aquella vez frente al café frío, y
tantas cosas más.
Fue
en la misma cafetería a la que voy de vez en cuando, a la que iba de niño. Seguía
igual desde entonces, tenía el mismo piso y muros de madera, la misma pizarra
oscura, con los trazos borrosos, las sillas seguían en la misma disposición y
los cubiertos probablemente fueran los mismos. Lo único que había cambiado era el
viejo letrero y el expreso tibio. Volví la vista hacia ella, hacia sus labios
carmesí, y los pómulos con un leve rubor rosa, que crecía con cada respiración.
Esperaba a alguien, de eso estoy seguro. El reloj marcaba las 6:34 y su
acompañante parecía no llegar o haberla dejado plantada. No me imaginaría quien
pudiera hacer algo así, dejar plantada a una joven tan tallada como ella… o quizás ese fue el móvil.
Me miró y levantó las cejas, me acuerdo de eso bien, sus cejas perfiladas,
definidas, serias, formulaban silenciosas críticas a su espectador. Me pregunto
qué pensaba de mi, y qué piensa de mi ahora que la pienso desde aquí a lo
lejos, muy cohibido para alzar la voz.
Esa
vez tenía un collar ajustado en el cuello, dibujaba figuras en su esbelta
extensión, semejaban sombras de rosas en miniatura bordadas. Suelo fijarme en
esos detalles, gajes del oficio. Parecía mujer. Su impermeable rojo tenía un escote
intenso pero no revelador. Al ser ajustado permitía apreciar sus alambres, una
figura grácil, suave, menuda. ¿Por qué estaba ahí?, no lo sé. Como es propio de
la profesión había hecho conjeturas. Quizás se hacía pasar por alguien, o
quizás había caminado por horas en la carretera intentando ocultar algo. Sus
miradas eran impacientes. El café lloviznaba, y el taco de sus botas estaba
cubierto de barro. La luz comenzó a titilar. Llamaron al estrado a un antiguo
colega.
Recuerdo
que la seguí con la mirada, con el café recién servido. He visto situaciones
así antes. No parecía presentarse el cómplice, asumiré que eso era. No parecía
llegar y ella lo esperaba. Decidí bajar los ojos un momento, es paranoia me
dije, tantos años en el rubro me tenían un poco predispuesto. Aunque no estaba
de turno decidí preguntarle qué ocurría, iba en camino a hacerlo cuando se
levantó y volteando los cubiertos salió precipitándose por la puerta principal,
dejando entrar de golpe la luz exterior en la estancia. Fue ahí cuando vi la
bolsa. Corrí fuera de la cafetería.
“1/7/1990. En últimas noticias el
Tribunal Penal de Dresteinfurt ha condenado esta mañana al asesino serial
Joaquim Kroll a pena de muerte por el homicidio de catorce mujeres y niñas. La
fiscalía logró capturar a Kroll investigando la muerte de Klara Strehl. “– German
Times.
“2/7/1990. De acuerdo a la evidencia
encontrada, la fecha de defunción fue entre el 13 y el 16 de febrero. La
víctima, una joven de quince años de edad, fue encontrada entre las 12:00 y las
13:00 por Kroll en una carretera rural cerca de la ciudad de Walstedde. La golpeó con un objeto curvo en la
cabeza para después arrastrarla del cabello por seis kilómetros en dirección a
una cafetería clausurada en 1965. Una vez llegaron a la choza, el feminicida
ató a la víctima de pies y la forzó a comer carne y tomar café con él. “ – World Wide Newsletters
“3/7/1990. Los primeros
intentos de escape, de acuerdo a la fiscalía, empezaron a las 15:30. En el tercer intento de escape, que se produjo
poco antes de las 18:34, el asesino la obligó a terminar la carne y después con
un cuchillo de la misma cocina dibujó en el cuello de la víctima quitándole la
vida al llegar a la aorta. A continuación procedió a arrancar la piel y dejar
al descubierto las costillas y órganos torácicos. “ – El Observatorio
“4/7/1990. Posteriormente,
siguiendo su modus operandi, desprendió por completo la cabeza de la joven
usando solo las manos, atravesó las hendiduras de la tráquea con una madera que
había preparado previamente y extrajo los párpados para que los ojos se
mantuvieran abiertos. “ - Boletín de Hoy
“5/7/1990. La carne
encontrada en los dientes de la víctima son, efectivamente, restos de otras
víctimas anteriores que el imputado guardaba en un congelador dentro de la
cabaña envueltos en papel y bolsas. “ – China Translated Posts
“6/7/1990. Después de
empalar la cabeza y asegurarse que el cadáver le estuviera mirando se sentó a
comer trozos de carne extraídos del cuerpo terminando su café. ” – Walstedde Town News
“24/12/1990. El día
de hoy es de fiesta, se acaban veinte años de actividad por parte de uno de los
principales asesinos seriales de nuestros tiempos. Se le estuvo buscando por
cerca de quince años y su primera víctima data de dos décadas atrás.” – El Post Chileno.
Miraba la pantalla, condenaron a Joaquim.
Le arrebataron su vida como quien pudiera pensar que así se cura el mal de la humanidad,
como si cobrando una vida se recuperaran tantas perdidas. El mal no está en los
anormales, el mal está inmerso en la normalidad, es inherente a la sociedad. Se
pudre en sus casas, transita sus calles y atiende a sus escuelas. Ahí cría los
monstruos que luego le pesan en las pesadillas y la pesadilla, no es otra cosa que
ella misma. Y vive en negación. Qué más le valdría, al asesino, visto frente a
la muerte, condenarlo todo en su interior y decidir renegar de su progenitor, si
su autor le tendió trampa. Criaron a la bestia, la alimentaron y después
purificaron la casta, para cerrar el ciclo, para poner el punto final y
enviarlo todo a imprenta. Qué mas le valdría, entonces, renegar de la sociedad
del lector. El lector al que no le importa condenar lo absurdo, que no le
importa exiliar o sentenciar al criminal equivocado.
Querido Joaquim, así es, si solo pudieras
verle. Tiene los ojos gigantes. Recuerdo que eso fue lo que pensé al
observarle así por primera vez. Ojos grandes como platos azules que parecían
devorar la luz. Unos azulejos inmensos que parecen juzgarlo todo y a todos…