sábado, 29 de abril de 2017

Despertar




  Su madre presionaba, sin decir palabra alguna, los botones de la vieja radio del auto. Esperaba captar cualquier emisora para llenar el silencio. Lo que sea con tal de cubrir el sonido de las gotas que, incansables, repiqueteaban contra el techo metálico. La niña, a su vez, observaba cómo la lluvia competía en lentas carreras al bajar por la ventana. Ninguna de las dos se atrevía a hablar.

  La mujer, que encontraba solo estática y un par de murmullos inentendibles, acabó por desistir. Apagó el aparato, y suspiró. Posó la mano sobre el volante y la dejó ahí, quieta, al igual que el pie en el pedal. Desde hacía ya media hora estaban atascadas en el tráfico, bajo las lágrimas del cielo, atrapadas en la tristeza de las nubes, y en el monótono ruido del motor.


viernes, 28 de abril de 2017

Un robo frustrado

Por Carolina Ihnen

Llovía torrencialmente aquella noche, pero eso no los iba a detener. Habían observado por semanas el lugar y ya lo conocían como la palma de sus propias manos. Además el objetivo era fácil. Una viuda de 84 años que vivía sola en una casa apartada en el campo, cuya única compañía era un gato. La anciana conservaba en un lugar de su hogar un cofrecillo lleno de joyas de incalculable valor y este era la meta.



lunes, 24 de abril de 2017

Primera impresión


Me acosté a las dos de la mañana de ese jueves, o sea, prácticamente viernes, con el regalo terminado. “Definitivamente no estoy hecho para esto” pensaba. “Pero bueno, espero que le guste”. Caí rendido sobre mi cama, sólo para despertar a la mañana siguiente, atrasado para ir a la Universidad. “Maldición, justo hoy” pensé levantándome como pude de mi cama, completamente adolorido por la mala postura que adopté para dormir. Con la misma ropa del día anterior, sin bañarme, sin afeitarme, despeinado, pero con un poco de desodorante, incluso el mismo calzoncillo, salí corriendo de mi casa. “¡El regalo!” corrí de vuelta a buscarlo.

Cuando ya lo tenía, aunque sobresaliendo de mi mochila, y me había sentado en la micro, pude respirar aliviado. “Aún llego” pensé luego de revisar mi reloj y me disponía a mirar por la ventana. Me puse a escuchar música y en eso, fijo la mirada en la puerta de la micro, donde el micrero incitaba a un perro, llamado Camilo, a subirse a la micro. Sonreí.

Luego de veinte minutos, bajé de la micro para subir a la siguiente, y en ese momento la vi. “No, imposible. ¿Bajó de la misma micro que yo?” me reí para mis adentros. “Esto no puede estar pasando.” Me decía sin entender mi suerte. El lunes de la misma semana, había saludado en la universidad a un amiga, la cual venía acompañada de otra chica. Un ángel caído del cielo. Era la mujer más hermosa que jamás había visto. Fue tal mi impresión que incluso mi saludo debe haber sido torpe y balbuceado, diciendo “hola, Felipe”, aunque ella replicó “hola, Josefina”. Que voz tan melodiosa. Ese día recordé haberla visto antes, sus grandes ojos dulce de leche, su cabello castaño claro, su tez trigueña clara, casi de mi porte, pero en ese entonces me limitaba a maravillarme por su belleza. No me atrevía siquiera a acercarme. Nunca imaginé saludarla y, menos aún, encontrármela en la misma micro. Ahora estaba aquí, a tan sólo unos metros.

“¿Qué hago, qué hago? No puedo dejar que mi primera impresión sea así, con un regalo para otra chica sobresaliendo de mi mochila, sin bañarme, sin afeitar, indecente, probablemente hediondo… Creo que olvidé lavarme los dientes…el mismo calzoncillo…”. Estaba cerca de ella. Se encaminaba para cruzar la calle. En tan solo unos segundos estaría a su alcance. “No puedo saludarla así, pero, si no la saludo y me ve en la siguiente micro, quizás piense que soy un roto, que cómo no la saludé. Perdería la guerra antes de empezar. Pero si la saludo, pensará que soy así, desaliñado, despreocupado de mi persona: un monstruo. Pero, ¿qué estoy pensando? Nadie pensaría algo así de alguien que acaba de conocer. Además, recuerdo que el lunes cuando la saludé si estaba bien vestido”.

Estaba justo detrás de ella. El semáforo en rojo detuvo su avance y acortó mi tiempo de pensamiento y reflexión. “Maldición, ya no hay tiempo. Tengo que decidir. ¿La saludo o no? Aunque tal vez, esto sea el principio de todo. Quizás después de esto, conversemos en la micro. También podría ser su ayudante en algún ramo de la universidad. Y luego, podría ayudarla a estudiar y nos conoceríamos mejor. Y después, la invitaría a tomar un helado, o un café o incluso al cine. Pero, ¿me aceptará como soy? Pesado, sensible, a veces muy serio y literal, preocupado por el resto, incluso a veces me dicen que parezco un oso. Pero, ¿y si no le gustan los osos?”

Ya era tarde… mi mano ya estaba en su hombro y ella ya giraba su cabeza hacia mí, mientras se quitaba los audífonos.

- Hola, ¿Josefina, cierto?

- Hola, si, y tú Felipe, ¿verdad?

- El mismo.

- ¿Estábamos en la misma micro?

- ¿En la que se subió el perrito?

- ¡Sí, sí! Camilo.

- ¡Entonces sí!

Ambos reímos y nos fuimos conversando todo el trayecto. “¿Será un sueño? o quizás lo estoy imaginando. No. Esto es muy real. Ahora puedo estar seguro de una cosa: en adelante, ninguno de mis miedos infundados podrá detenerme de ser yo mismo.”


Hola, ¿me regalarías una?

Por Gabriela Valdivieso

No te han visto, tú en cambio recibes en un hilo todos los estímulos y tratas de organizar la información y ordenar el mono. A ver, el mozo del café acaba de traer tu menú y por la puerta han entrado Juan Pablo y Bárbara; el que alguna vez fue tu gran amor y la que era tu mejor amiga. Tú estás sola, solísima, y desarreglada como tras este día nunca más estarás. Sabes que en general tener chasquilla fue un error, pero salir de casa sin si quiera lavártela con agua y jabón fue mortal. Ahí están juntos, riendo y ahí estás, un poco muriéndote. Quizás has dejado de respirar, o quizás estás hiperventilada, no sabes bien. 



domingo, 23 de abril de 2017

Dos kilómetros sin retorno

Ese día era uno muy especial. Utilizaría el auto rojo que antes ocupaba su hermana. Se dirigiría a aquel lugar que tanto deseaba ir, a entrevistar al único hombre que ha admirado en su vida. La revista donde trabajaba se lo había encomendado y  él, por supuesto, aceptó encantado.
Con una extensa sonrisa, que espantó a un par de niños por creerlo loco, se subió al auto. Era de esperar que los pequeños no entendieran cómo este día significaba tanto para él, a tal punto que sentía una ola de emoción atravesar cada célula de su cuerpo.
El auto partió a su destino. Sintonizó una radio con música tranquila y agradable, una que combinara con el paisaje lleno de cerros y verde, mucho verde. Decidió agendar la visita de modo que en su viaje le tocara el sol brillando en su máximo punto. Bajó el vidrio de la ventana del piloto, quería sentir un poco de aire fresco y en una luz roja dedicó unos segundos para apreciar el libro que había dejado en el asiento del copiloto: “Perdida en amor” por Luis Alberto Ruiz, libro éxito en ventas y escrito por aquel hombre que entrevistaría. Su mente divagó, sonrió nuevamente y en un pestañeo, recordó cómo fue que  conoció a este sujeto tan exitoso, tan amable y  tan bondadoso, mucho antes de que fuera tan famoso.
 Su mente viajó diez años atrás.
-Es que no te imaginas lo genial que él es- dijo entusiasmada su hermana, una estudiante de literatura, sobre este hombre.
-¿Y  qué lo vuelve tan genial?- preguntó él, sin prestar mucha atención-No conozco profesor alguno que lo sea.
-Maneja tan bien los temas y su tono de voz te llega al alma. Te inspira muchísimo- decía extasiada.
En aquellos tiempos su hermana, Tania, rondaba los 19, y él era un chiquillo tímido y flacucho de 16 años. Ese año ella cursaba primero de Literatura y  todos los lunes tenía clases con el prodigioso profesor, que hicieron de este día, el cual era un fastidio para la mayoría de los seres racionales, sus favoritos.  Desde el primer momento, casi toda su clase estaba encantada  con él.
Transcurrió el semestre y su hermana tenía un entusiasmo único, por supuesto está de más decir que sus notas en esa asignatura en particular eran muy buenas, en las demás no tanto.


Ojos Azules


Por Luci Carr.

Tiene los ojos gigantes. Recuerdo que eso fue lo que pensé al observarla así por primera vez. Ojos grandes como platos azules que parecían devorar la luz. Unos azulejos inmensos que parecían juzgarlo todo y a todos. La sala entró en sesión ¿por qué lo habría hecho? Se veía tan dulce aquella vez, sus cabellos como hebras extraídas de la misma matriz del sol, devolvían el brillo que sus ojos absorbían y del que se apoderaban. Solía colocarlo tras su oído y llevarlo con ondas suaves, delicadas como su piel, en libertad, formando contra la lámpara sombras sobre su rostro, enmarcando unas facciones exquisitas. No sabría describirte sus rasgos como las vi esa noche, era blanca como la nieve, inmaculada. Hija del sol, princesa, muñeca, quise decirle aquella vez frente al café frío, y tantas cosas más.

Fue en la misma cafetería a la que voy de vez en cuando, a la que iba de niño. Seguía igual desde entonces, tenía el mismo piso y muros de madera, la misma pizarra oscura, con los trazos borrosos, las sillas seguían en la misma disposición y los cubiertos probablemente fueran los mismos. Lo único que había cambiado era el viejo letrero y el expreso tibio. Volví la vista hacia ella, hacia sus labios carmesí, y los pómulos con un leve rubor rosa, que crecía con cada respiración. Esperaba a alguien, de eso estoy seguro. El reloj marcaba las 6:34 y su acompañante parecía no llegar o haberla dejado plantada. No me imaginaría quien pudiera hacer algo así, dejar plantada a una joven tan  tallada como ella… o quizás ese fue el móvil. Me miró y levantó las cejas, me acuerdo de eso bien, sus cejas perfiladas, definidas, serias, formulaban silenciosas críticas a su espectador. Me pregunto qué pensaba de mi, y qué piensa de mi ahora que la pienso desde aquí a lo lejos, muy cohibido para alzar la voz.

Esa vez tenía un collar ajustado en el cuello, dibujaba figuras en su esbelta extensión, semejaban sombras de rosas en miniatura bordadas. Suelo fijarme en esos detalles, gajes del oficio. Parecía mujer. Su impermeable rojo tenía un escote intenso pero no revelador. Al ser ajustado permitía apreciar sus alambres, una figura grácil, suave, menuda. ¿Por qué estaba ahí?, no lo sé. Como es propio de la profesión había hecho conjeturas. Quizás se hacía pasar por alguien, o quizás había caminado por horas en la carretera intentando ocultar algo. Sus miradas eran impacientes. El café lloviznaba, y el taco de sus botas estaba cubierto de barro. La luz comenzó a titilar. Llamaron al estrado a un antiguo colega.

Recuerdo que la seguí con la mirada, con el café recién servido. He visto situaciones así antes. No parecía presentarse el cómplice, asumiré que eso era. No parecía llegar y ella lo esperaba. Decidí bajar los ojos un momento, es paranoia me dije, tantos años en el rubro me tenían un poco predispuesto. Aunque no estaba de turno decidí preguntarle qué ocurría, iba en camino a hacerlo cuando se levantó y volteando los cubiertos salió precipitándose por la puerta principal, dejando entrar de golpe la luz exterior en la estancia. Fue ahí cuando vi la bolsa. Corrí fuera de la cafetería.




1/7/1990. En últimas noticias el Tribunal Penal de Dresteinfurt ha condenado esta mañana al asesino serial Joaquim Kroll a pena de muerte por el homicidio de catorce mujeres y niñas. La fiscalía logró capturar a Kroll investigando la muerte de Klara Strehl. “German Times.

2/7/1990. De acuerdo a la evidencia encontrada, la fecha de defunción fue entre el 13 y el 16 de febrero. La víctima, una joven de quince años de edad, fue encontrada entre las 12:00 y las 13:00 por Kroll en una carretera rural cerca de la ciudad de Walstedde. La golpeó con un objeto curvo en la cabeza para después arrastrarla del cabello por seis kilómetros en dirección a una cafetería clausurada en 1965. Una vez llegaron a la choza, el feminicida ató a la víctima de pies y la forzó a comer carne y tomar café con él. “ World Wide Newsletters


3/7/1990. Los primeros intentos de escape, de acuerdo a la fiscalía, empezaron a las 15:30.  En el tercer intento de escape, que se produjo poco antes de las 18:34, el asesino la obligó a terminar la carne y después con un cuchillo de la misma cocina dibujó en el cuello de la víctima quitándole la vida al llegar a la aorta. A continuación procedió a arrancar la piel y dejar al descubierto las costillas y órganos torácicos. “ – El Observatorio

4/7/1990. Posteriormente, siguiendo su modus operandi, desprendió por completo la cabeza de la joven usando solo las manos, atravesó las hendiduras de la tráquea con una madera que había preparado previamente y extrajo los párpados para que los ojos se mantuvieran abiertos. “ -  Boletín de Hoy

5/7/1990. La carne encontrada en los dientes de la víctima son, efectivamente, restos de otras víctimas anteriores que el imputado guardaba en un congelador dentro de la cabaña envueltos en papel y bolsas. “ – China Translated Posts

6/7/1990. Después de empalar la cabeza y asegurarse que el cadáver le estuviera mirando se sentó a comer trozos de carne extraídos del cuerpo terminando su café. ” – Walstedde Town News


“24/12/1990. El día de hoy es de fiesta, se acaban veinte años de actividad por parte de uno de los principales asesinos seriales de nuestros tiempos. Se le estuvo buscando por cerca de quince años y su primera víctima data de dos décadas atrás.” – El Post Chileno.







Miraba la pantalla, condenaron a Joaquim. Le arrebataron su vida como quien pudiera pensar que así se cura el mal de la humanidad, como si cobrando una vida se recuperaran tantas perdidas. El mal no está en los anormales, el mal está inmerso en la normalidad, es inherente a la sociedad. Se pudre en sus casas, transita sus calles y atiende a sus escuelas. Ahí cría los monstruos que luego le pesan en las pesadillas y la pesadilla, no es otra cosa que ella misma. Y vive en negación. Qué más le valdría, al asesino, visto frente a la muerte, condenarlo todo en su interior y decidir renegar de su progenitor, si su autor le tendió trampa. Criaron a la bestia, la alimentaron y después purificaron la casta, para cerrar el ciclo, para poner el punto final y enviarlo todo a imprenta. Qué mas le valdría, entonces, renegar de la sociedad del lector. El lector al que no le importa condenar lo absurdo, que no le importa exiliar o sentenciar al criminal equivocado.

Querido Joaquim, así es, si solo pudieras verle. Tiene los ojos gigantes. Recuerdo que eso fue lo que pensé al observarle así por primera vez. Ojos grandes como platos azules que parecían devorar la luz. Unos azulejos inmensos que parecen juzgarlo todo y a todos…







sábado, 22 de abril de 2017

Un día de estos.

Por Pablo Rolle

El ambiente no podría haber sido más depresivo, un frío helado que se calaba hasta los huesos, aire húmedo, pesado, y nubarrones grises que no dejaban pasar ni un pequeño rayo de luz, cualquier cosa hubiera sido preferible, incluso la lluvia.

Llevaba puestos un gran chaquetón de cuero negro, unos pantalones beige arrugados, unos zapatos negros y un sombrero fedora gris, parecía un personaje sacado de una película de detectives de los años veinte. Eran las siete de la mañana y llevaba alrededor de media hora esperando la micro que necesitaba, había surgido una urgencia en la oficina y debía llegar lo antes posible, y para empeorarlo todo, en su día libre. Intentaba pensar en alguna solución al problema, pero el sueño, mezclado con la rabia de perder su día libre y la amargura del ambiente, le impedían concentrarse. En medio de su inútil intento de reflexión se le acercó lenta y tranquilamente, creyéndose el dueño del mundo, un gato completamente negro, inclusive los ojos, que parecían absorberlo todo, también la luz. Era de un negro nunca antes presenciado por ojo humano, casi como salido del mundo de la imaginación y los sueños. Cuando hubo llegado donde el hombre comenzó a juguetear entre sus piernas, él, atraído por el misterioso animal, acercó su mano para acariciarlo, cuidadosamente para no asustarlo, sin embargo, una vez que lo alcanzó, éste entro en cólera, pasando de ser un animal gentil y cariñoso a una bestia feroz y salvaje, lanzó un veloz y certero zarpazo a la mano que buscaba acariciarlo, y luego corrió lejos de quien, unos segundos antes, era objeto de su interés y atracción.

El hombre maldijo entre dientes, viendo tres largas líneas rojas y brillantes en el dorso de su mano. Ahora estaba más despierto, pero el sueño fue remplazado por el ardor y el dolor en la mano, además su enojo había aumentado. Finalmente, luego de otra media hora de espera, llegó la micro para comenzar el largo trayecto a la oficina. El día siguió su curso normal, y ya siendo las ocho y media de la tarde pudo terminar de trabajar para volver a su departamento. Vivía solo en un departamento viejo y descuidado, pintura en las paredes casi no había, la grifería del lavamanos en el baño goteaba constantemente, los platos no hacían mas que acumularse en el fregadero, y había colillas de cigarros a medio terminar cubriendo dos tercios del piso. La idea de llegar a un sitio vacío y sin vida como ese no era muy atractiva.


Queriendo llegar lo más tarde posible a casa tomó el trayecto en micro más largo, uno que nunca usaba. En el camino recordó los hechos de la mañana, mientras observaba calles y parajes desconocidos y a primera vista peligrosos, la herida ya no dolía, pero aún brillaba en un intenso color rojo. Pensando en que hacer para tratarla y que no se infectase, escuchó un fuerte chillido seguido de gritos desaforados, luego sintió una fuerte sacudida y vio una brillante y segadora luz blanca. Lo único que apareció en su mente antes de que la oscuridad lo abordara, fue el gato negro de esa mañana.


miércoles, 19 de abril de 2017

Un hilo de luz azul


Ocurre cada vez que conozco a alguien. Unos segundos entrada la conversación, y todo lo que está alrededor desaparece, quedando la persona y yo en una red espacial, con numerosas estrellas en el fondo. Una nebulosa se acerca y reposa sobre la persona con la que converso; a medida que la conversación progresa, su Mundo se materializa. Lo primero que veo es la corteza. He visto Mundos de todo tipo: soles radiantes, de personas intensas y extrovertidas; otros cubiertos de agua y grandes masas terrestres, con su propia flora y fauna, para personas creativas. También los hay de sólo un elemento, incluso algunos con lluvia que cubre su superficie. El patrón que siempre se repite es que los Mundos cambian con respecto al ánimo y personalidad de su poseedor. La lluvia suele ser signo de tristeza o pesar; los soles suelen ser alegría y felicidad. El agua y la tierra, sinónimos de paz, pero al haber sólo uno de ellos, reflejan la ausencia de compañía, ya sea de otro o de la misma persona. La flora y la fauna que habita en algunos de ellos, es completamente distinta a la que conocemos y conviven en armonía. Pero todo lo descrito, es sólo la corteza.

Cuando la conversación se hace más profunda, me es posible ver con mayor claridad estos Mundos. Si soy cuidadoso, puedo influenciar en la superficie, con ciertas palabras, preguntas o comentarios hacia la persona. Si felicitas a alguien con un Mundo similar a un sol, este brillará más; si lo insultas, arderá con más fuerza y perderá luz. Si resaltas la belleza de una mujer, su flora y fauna se exaltarán. Si la criticas, su flora se marchitará y su fauna morirá. Si consuelas un mundo de lluvia, las nubes se disiparán y la superficie será revelada. Una vez se ha revelado completamente la corteza del Mundo, puedo acceder al manto. Estos Mundos no se rigen por las leyes de la física, por lo que, al igual que la corteza, pueden tener cualquier forma. He encontrado mundos que pese a ser soles, su manto son nubes y llueve constantemente. Otros que pese a no tener vida en la corteza, rebosan de vida en su manto.

Pero existen otros Mundos que no pueden ser influenciados de formas convencionales. A veces es necesaria una psicoterapia, o una experiencia de vida para cambiar. Estos tienen formas y tamaños extraños. Recuerdo uno completamente negro. Ninguna luz podía penetrarlo. El sólo mirarlo podía provocar que la oscuridad consumiera tu cordura. Sin embargo, al pasar la corteza, su manto era un pequeño océano, lleno de vida marina. Su núcleo se escondía en las profundidades de este océano, sin duda alguna, lleno de tesoros. Había otro que era el sol más grande y brillante que había visto, te llenaba de alegría sólo por saber que estaba cerca. Pero mi curiosidad me hizo preguntar: "¿cómo eres tan feliz?". Inmediatamente, el fuego se apagó y la corteza se desmoronó, dejando ver un tétrico paisaje como manto. Esqueletos de personas y animales, enterrados en brea. Sin vegetación y lo poco que intentaba surgir, se podría al instante. Completamente decaído y enfermo; no era posible ver el núcleo de este Mundo. Es por esto que aprendí a ser más cuidadoso al intentar influenciarlos. Nunca se sabe lo que puede haber bajo la corteza y menos aún, en su núcleo.

Para pasar el manto, una sola conversación no basta, sólo es posible estableciendo una relación cercana a la persona. Cuando se ha establecido un vínculo sólido, se puede ver la verdadera esencia de la persona, su núcleo. He visto pocos, pero aquellos que vi, me han hecho llorar por lo poco. Animales majestuosos, como un león negro y dorado brillante, ecosistemas maravillosos de animales y plantas que jamás habría imaginado, incluso uno que contiene hermosos manuscritos llenos de historias que envuelven y cautivan tu alma.

Disfrutaba de ver estos Mundos y ayudar a que las personas se sintieran mejor, a medida que influía en ellos. Hasta que un día, miré hacia arriba. Quedé atónito viendo mi propio Mundo alzándose sobre mi cabeza y cubriéndome con una densa sombra. Una esfera negra y metálica, su superficie estaba formada por interminables laberintos, los cuales giraban y rotaban, combinándose y separándose, sin dejar ver nada en su interior. Ocasionalmente, cierta combinación de segmentos de laberinto se separaban y dejaban escapar un intenso hilo de luz azul, sólo para bloquearla inmediatamente al moverse nuevamente los muros. Entrar parecía imposible, pero había ciertas partes de este gran laberinto con las que se podía interactuar, pero sólo a través de acertijos, de idiomas y lenguajes diferentes. Si alguien intentaba pasar la corteza de mi Mundo, se encontraría con tres capaz de estos laberintos, cada uno más complejo que el anterior. Si alguien lograse pasar la corteza, llegaría al manto: un árbol inverso hecho de alambre cubre el núcleo. El que sea inverso implica que las raíces van hacia afuera, conectándose con las paredes del laberinto, y las hojas están cubiertas por las ramas y el esférico tronco. Son las raíces las que generan el movimiento de la corteza. A través de las ramas y pequeñas aberturas del tronco, intensos rayos de luz azules se abren paso. Para atravesar el árbol de alambre, no hay acertijos ni lenguajes. Es el propio árbol el que debe permitir tu entrada, y su voluntad está sujeta a la total aceptación del núcleo. En lo más profundo del árbol, entre las hojas y ramas inversas, se encuentra un pequeño y frágil nido de alambre. En él, una inocente cría de zorzal, color verde agua y semitransparente, reposa plácidamente. Sólo cuatro personas han podido acariciarlo, y una de ellas cometió el error de hacerlo muy fuerte, hiriendo al pequeño. Fue rechazada inmediatamente por el árbol y expulsada por el laberinto, para nunca más volver entrar.

Hoy miro hacia atrás y recuerdo la primera vez que vi mi Mundo. Ahora, el zorzal ha crecido y cada vez que veo un nuevo Mundo, deja el nido, pasa por el árbol, a través del laberinto y vuela hacia la otra persona para ayudarme a comunicarme con ella. Aún me falta influenciar las capas de mi Mundo para que no sean tan hostiles, desenredar el árbol y disminuir los acertijos del laberinto, para que pueda permitir el paso a más gente que me gustaría que pudieran entrar y ver cómo es mi núcleo.

Y ahora que mi zorzal está en tu hombro, cuéntame, ¿cómo es tu Mundo?


sábado, 15 de abril de 2017

Escape

Por Kathia Brito

Despierta de golpe, alterada y sumamente confundida sobre lo que soñó, no logra entender el porqué de sus sueños. Mira el reloj, son las 3 de la mañana, va por un vaso de agua a la cocina para luego dirigirse a la entrada de su casa y salir de ella, camina por el jardín mientras saca un cigarrillo y lo enciende. A veces eso le sirve para reflexionar o tranquilizar su angustia. Su mente divaga, está llena de pensamientos, las cuales no puede responder y su cabeza no deja de recordárselo.


Un interrogatorio

Carolina Ihnen

-¿Me podría repetir la pregunta?- dije casi sin vos, sintiendo un frío que me corría por la espalda. 

El profesor, algo irritado formuló la pregunta por segunda vez. 

No tenía la más mínima idea de lo que me estaban inquiriendo. Traté de salir del paso dirigiendo la pregunta hacia un tema que yo supiera, pero apenas podía hablar. 


lunes, 10 de abril de 2017

Conversación

Por Hatcher

¿Por qué no te callas?, hablas mucho, si sigues así te notará. Escúchala ¿oyes como mueve el pie? Esa es su ansiedad por querer terminar todo lo que debe hacer, aunque ambos sabemos que lo decidió dejar para último minuto. Si mantienes tu boca cerrada escucharás su corazón palpitar, cada latido es distinto, de esta manera cada pensamiento tiene su propio ritmo. Escuchar su respiración es algo que me calma en sus días de tormenta, donde ella de alguna manera da la impresión de que su día hubiese salido perfecto, pero por dentro, su cuerpo se descompone. Ese es su mayor encanto a los ojos ciegos de aquellos hombres ilusos que buscan su amor. ¿Podrás manejar los días nublados? eso es requisito mínimo.


domingo, 9 de abril de 2017

Entrada liberada para adictos

Por Vale Fuentes

Eran alrededor de las tres de la mañana y como típico viernes por la noche, me encontraba en medio del flujo nocturno de la ciudad; aquella que no duerme… y esa sería una forma atractiva de referirme a estar bailando, con el pelo pegado a mi cara por el sudor en una disco de mala muerte por ahí.
Estaba cansada y ebria, para variar,  pero aún tenía noción de dónde estaba y que había llegado la hora perfecta para “revivir”, por ende, me dirigí al baño. Este se encontraba vacío y muy solitario, pero para mí fue perfecto;  así era más fácil “espolvorearse la nariz”.


La Pastilla

Por Hatcher


Comenzar una familia no era el plan en un principio, conocí a mi marido mientras estudiaba administración. Todo comenzó con unas miradas de él, yo era muy tímida para poder comprender aquello que me indicaban aquellos ojos color avellana. Pero como decía, nunca nada sale tal cual se planea. Tal vez, será mejor otro plan. 

Encajar en el mundo no era fácil, ya que mis ideas no eran escuchadas la gran mayoría de las veces. Por las cosas de la vida, terminé teniendo amigas de sangre, ellas me impulsaban a realizar actos que usualmente no haría, pero frecuentemente quería ayudar, por lo tanto, si me decían que era por aquellas personas cercanas a mi, siempre terminaba haciéndolo. Nuevamente, no estaba dentro del plan esa noche de casería que cambió mis amistades y mi vida.


sábado, 8 de abril de 2017

Un hombre solitario y una resolución de por vida.

Por Pablo Rolle

Sabía que se sentaba allí todos los días a la misma hora, en la misma posición, con la misma ropa y las mismas cosas, un cuaderno, un lápiz y una taza de café, lo único que cambiaba eran el cuaderno, el lápiz y él mismo, no debía de tener más de treinta años, pero aun así cada día más viejo. Así eran todos los días, por diferentes que fueran no faltaba el momento en que se sentaba allí a esa hora, en esa posición y con esas herramientas. Se dedicaba a observar a la gente, a pensar sobre ellas y escribir sobre ellas, viéndolo todo desde su posición de espectador, solo e inmutable.

Le veía siempre que pasaba por allí en el momento de observación y escritura, y cuando no, sabía que estaba en el lugar, haciendo lo acostumbrado. A menudo me preguntaba, ¿por qué lo hará?, ¿se sentirá solo?, ¿hay quien le acompañe?, ¿buscara, a través de sus historias, la compañía de las personas que observa?, ¿esperará que se den cuenta de que las mira, y se acerquen a él? Me preguntaba esto y muchas otras cosas, deseando ir a preguntarle y saber la verdad, de vez en cuando me armaba de valor y caminaba hacia él, pero mientras más avanzaba me sentía más y más inseguro, me daba miedo y vergüenza, no quería molestarle y menos romper ese momento sin tiempo que construía dentro de un universo manejado por el tiempo.

La muchedumbre pasaba junto a él, corría frente a él y no se percataban de su presencia, y él se mantenía allí, quieto, escribiendo, guardando momentos en el papel y despojándolos de su tiempo. Él era un ser temporal que se creó un espacio atemporal, se quedaba quieto en el tiempo dentro de su soledad, dentro de su observar, dentro de su pensar, dentro de si. Vivía en el mundo, pero lejos del mundo; cerca de todos, pero muy distante.



viernes, 7 de abril de 2017

El sol no se apaga

Por Luci Carr.

Es un caminar, dijeron, un caminar entre sueños, entre mundos perdidos, entre tierras del nunca jamás y esas payasadas. Es tenerle odio a la realidad, a las personas y la política, no se cómo enlazaron eso último ahí, pero es la verdad, está todo escrito. Es como pensar que se puede crear más allá de lo que existe y arrojarse en apremio suicida a un abismo de luz fluorescente, supongo que habrán pensado que soy un dodo humanoide, pero los abismos no me tientan. Tampoco creo caminar por ningún otro lugar que no sea la calle, aunque piense, un camino distinto.

Son las 9:34 y el director parece haber estado hablando por horas, ¿por qué repetirme lo que se que aparece en mi expediente? ¿por qué alarmar a mi madre que más que enferma está loca y a las secretarias que escuchan toda la batalla entre la defensa y el fiscal? No puedo creerlo, escribieron mal irracional ahora resulta que soy “iracional”, no se exactamente de qué se quejan, si atiendo a clases con regularidad, ¿con eso debería bastar no? Los presos son más libres, si la prisión es para el cuerpo y la mente la dejan flotar, pero ahí vuelve con su bigote crispado italiano saltando cada vez que pronuncia la “o”, “como”, “loco”, “nos”, “obliga”, “apoderados”, “sugiero”, “profesional”… Pero sigue siendo para mi un misterio, como en la ventana que hay un poco más atrás una madre chincol entrega a sus hijos el alimento al que debe la vida arrebatándola sin piedad, y cómo el viento mese las hojas que decoloran en un arcoíris verde y crean sombras para un viejo en un banco… no creo que realmente comprenda el problema en el que se está metiendo, es mi hijo yo seré quien se encargue, lo entendemos pero no podemos perder de vista que es un comportamiento recurrente, olvídelo, enseñarle, nosotros, necesita ayuda, el viejo en el banco mira sus manos desgastadas por el trabajo y el tiempo. Hojean con cariño páginas de un tomo, las cogen entre los más delicados y con cuidado las dan vuelta, acarician con un amor entrañable la tapa dura y el color deslucido y se deslizan, juegan con la impresión. Poco a poco me doy cuenta, me percato de lo inverosímil, creemos que lo prudente es respaldarlo, sus manos viejas se vuelven tersas y levanta la mirada, nos miramos el alma y recordamos tantas, tantas vidas pasadas, tantos caminos paralelos, tantos túneles y puertas subterráneas, y creo ver el mar en sus pupilas. No pienso que sea lo adecuado, usted verá pero nosotros creemos, esa no es la forma, es lo único, pero si, usted, creo. La brisa marina llega a mis cabellos, la sal, los mariscos en una costa antigua, pero tan fulgurante, no es fotografía. No puede, transe, qué sucede. La arena amortigua las pinceladas y acentúa la idea en el firmamento de estrellas infinitas, que brillan, brillan, brillan “como velas romanas a través de la noche”, ¡ayuda!...


Y, como todo aquello que atañe lo que importa más, es un duelo, mundo de imposibilidades y de nos, advertencias camufladas de consejos, recomendaciones verdes que trepan y construyen sus moradas en mentes nubladas. Y cuando lo vemos, cuando se abre una rendija entre los muros y la hiel, es como un vuelo, es flotar ante el abismo sin miedos, es planear en euforia, en completa locura en el mundo de los tuertos. Es fuego y quema, quema y arde, es el verdadero respiro, es un globo de helio sin dueño, es el barco sin ancla que se eleva hasta tocar las estrellas en esta noche despejada; y olvidada la materia solo queda la esencia. Y lo que es esencial, no se apaga, aunque con un vaso le cubran la llama, aunque las miradas de la gravedad y las enredaderas franqueen la visión en este mundo de sueños enterrados, aunque el sol se cubra y se vele, en eclipse total. Aun en el momento de mayor oscuridad, la llama arde. El sol no se apaga.  


El recuerdo

Por Luci Carr.


No recuerdo su nombre, pero se que la he visto. Creo recordar el lugar y el momento exactos, una reunión en la cafetería, quizás me la presentaron como originaria de India o algún país lejano como aquel. Me parece recordar que aquel día iba con prisa a algún otro lugar y se detuvo por unos minutos a conversar con el grupo reunido en las mesas. Un segundo de su tiempo le robamos, un segundo como el batir de las alas de una mariposa, que con su aparente insignificancia puede causar un huracán en un lado opuesto del mundo. Y eso es finalmente, cada segundo cuenta, cada tic tac que da el reloj de la vida, metáfora tan manoseada que ha perdido toda la gracia al emplearse, pero sirve igualmente. Quizás por ese segundo que le robamos llegó tarde a su trabajo, quizás al llegar tarde no pudo llamar a su casa para avisar que pasaría a buscar a su hija menor después del colegio. Al no avisar su hija mayor decide tomar el auto en la casa y partir en busca de su hermana, va escuchando una canción de The Smiths “There is a light that never goes out” mientras tararea la melodía y ocasionalmente ve su whatsapp porque debería estar en la universidad entregado un ensayo y quiere asegurarse que aquella amiga a la que le pidió que se lo llevara lo hiciese. Recibe un mensaje, lo mira y …“and if a doble decker bus crashes into us…”. En un segundo, el tiempo queda suspendido, la música cesa, el humo invade el aire mientras los transeúntes y los conductores de otros autos se bajan a ayudar, pero es muy tarde.

No tengo realmente como saberlo, tampoco se si era ella, la memoria es frágil y quebradiza. Mirándola me doy cuenta de sus prendas, de sus manos, su cabello, debe tener un trabajo de oficina o de aula, puede ser periodista o psicopedagoga. Bolsas en sus ojos me revelan su cansancio, pero la amabilidad con que nos mira me tiende a confirmar la segunda teoría. La misma carrera de mi prima, la que siempre está ocupada viajando por la ciudad de hollín bajo las calles cubiertas de humo y estrellas.  Quizás esta mujer tenga un hijo, como ella, un hijo de tres años que nació prematuro y tuvo pocas esperanzas de continuar su vida. Quizás su hijo también tenga una prima de segundo grado a quien no conozca ni de nombre, a quien se envíen sus fotos para recordarle que hay un bebé en la familia. Quizás esas fotos ocasionales, como cartas a pluma mantengan un contacto efímero, entre dos viejas amigas que lo mantienen por el miedo a perder aquella nostalgia que es el recuerdo. Recuerdo veranos en la playa con mi prima y mis hermanas corriendo por la costa tarde en la noche, construyendo castillos de arena y jugando en los toboganes y puentes. Recuerdo tardes enteras gastadas entre los secretos y los complots contra mis padres, recuerdo cómo nos traía de contrabando chicle cuando nuestros papás lo tenían vetado en la casa. Tantos chistes internos, tantas escapadas, tantos momentos que se escapan como el viento. Es imposible impedir que los castillos de arena se los lleve el mar.


Esta mujer debe saber también eso, debe tener pasado y recuerdos, debe tener problemas y verdades. Todos las tenemos. Pero me es imposible mirar a sus ojos y no pensar, “¿qué estará pensando?” “¿qué estará diciendo en su mente a su consciencia de nosotros?” un grupo extraño, heterogéneo, reunidos por una pasión común, pero con tantas diferencias. Se que no volveré a verla, y si la veo la confundiré, se que no volverán a encontrarse nuestros caminos y eso está bien. Vamos en un tren juntas, pero es tiempo que cada una baje en su estación.