sábado, 22 de abril de 2017

Un día de estos.

Por Pablo Rolle

El ambiente no podría haber sido más depresivo, un frío helado que se calaba hasta los huesos, aire húmedo, pesado, y nubarrones grises que no dejaban pasar ni un pequeño rayo de luz, cualquier cosa hubiera sido preferible, incluso la lluvia.

Llevaba puestos un gran chaquetón de cuero negro, unos pantalones beige arrugados, unos zapatos negros y un sombrero fedora gris, parecía un personaje sacado de una película de detectives de los años veinte. Eran las siete de la mañana y llevaba alrededor de media hora esperando la micro que necesitaba, había surgido una urgencia en la oficina y debía llegar lo antes posible, y para empeorarlo todo, en su día libre. Intentaba pensar en alguna solución al problema, pero el sueño, mezclado con la rabia de perder su día libre y la amargura del ambiente, le impedían concentrarse. En medio de su inútil intento de reflexión se le acercó lenta y tranquilamente, creyéndose el dueño del mundo, un gato completamente negro, inclusive los ojos, que parecían absorberlo todo, también la luz. Era de un negro nunca antes presenciado por ojo humano, casi como salido del mundo de la imaginación y los sueños. Cuando hubo llegado donde el hombre comenzó a juguetear entre sus piernas, él, atraído por el misterioso animal, acercó su mano para acariciarlo, cuidadosamente para no asustarlo, sin embargo, una vez que lo alcanzó, éste entro en cólera, pasando de ser un animal gentil y cariñoso a una bestia feroz y salvaje, lanzó un veloz y certero zarpazo a la mano que buscaba acariciarlo, y luego corrió lejos de quien, unos segundos antes, era objeto de su interés y atracción.

El hombre maldijo entre dientes, viendo tres largas líneas rojas y brillantes en el dorso de su mano. Ahora estaba más despierto, pero el sueño fue remplazado por el ardor y el dolor en la mano, además su enojo había aumentado. Finalmente, luego de otra media hora de espera, llegó la micro para comenzar el largo trayecto a la oficina. El día siguió su curso normal, y ya siendo las ocho y media de la tarde pudo terminar de trabajar para volver a su departamento. Vivía solo en un departamento viejo y descuidado, pintura en las paredes casi no había, la grifería del lavamanos en el baño goteaba constantemente, los platos no hacían mas que acumularse en el fregadero, y había colillas de cigarros a medio terminar cubriendo dos tercios del piso. La idea de llegar a un sitio vacío y sin vida como ese no era muy atractiva.


Queriendo llegar lo más tarde posible a casa tomó el trayecto en micro más largo, uno que nunca usaba. En el camino recordó los hechos de la mañana, mientras observaba calles y parajes desconocidos y a primera vista peligrosos, la herida ya no dolía, pero aún brillaba en un intenso color rojo. Pensando en que hacer para tratarla y que no se infectase, escuchó un fuerte chillido seguido de gritos desaforados, luego sintió una fuerte sacudida y vio una brillante y segadora luz blanca. Lo único que apareció en su mente antes de que la oscuridad lo abordara, fue el gato negro de esa mañana.


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