Por Pablo Rolle
El ambiente no podría haber sido más depresivo,
un frío helado que se calaba hasta los huesos, aire húmedo, pesado, y
nubarrones grises que no dejaban pasar ni un pequeño rayo de luz, cualquier
cosa hubiera sido preferible, incluso la lluvia.
Llevaba puestos un gran chaquetón de cuero
negro, unos pantalones beige arrugados, unos zapatos negros y un sombrero
fedora gris, parecía un personaje sacado de una película de detectives de los
años veinte. Eran las siete de la mañana y llevaba alrededor de media hora
esperando la micro que necesitaba, había surgido una urgencia en la oficina y
debía llegar lo antes posible, y para empeorarlo todo, en su día libre.
Intentaba pensar en alguna solución al problema, pero el sueño, mezclado con la
rabia de perder su día libre y la amargura del ambiente, le impedían
concentrarse. En medio de su inútil intento de reflexión se le acercó lenta y
tranquilamente, creyéndose el dueño del mundo, un gato completamente negro,
inclusive los ojos, que parecían absorberlo todo, también la luz. Era de un
negro nunca antes presenciado por ojo humano, casi como salido del mundo de la
imaginación y los sueños. Cuando hubo llegado donde el hombre comenzó a
juguetear entre sus piernas, él, atraído por el misterioso animal, acercó su
mano para acariciarlo, cuidadosamente para no asustarlo, sin embargo, una vez
que lo alcanzó, éste entro en cólera, pasando de ser un animal gentil y
cariñoso a una bestia feroz y salvaje, lanzó un veloz y certero zarpazo a la
mano que buscaba acariciarlo, y luego corrió lejos de quien, unos segundos
antes, era objeto de su interés y atracción.
El hombre maldijo entre dientes, viendo tres
largas líneas rojas y brillantes en el dorso de su mano. Ahora estaba más
despierto, pero el sueño fue remplazado por el ardor y el dolor en la mano,
además su enojo había aumentado. Finalmente, luego de otra media hora de
espera, llegó la micro para comenzar el largo trayecto a la oficina. El día
siguió su curso normal, y ya siendo las ocho y media de la tarde pudo terminar
de trabajar para volver a su departamento. Vivía solo en un departamento viejo
y descuidado, pintura en las paredes casi no había, la grifería del lavamanos
en el baño goteaba constantemente, los platos no hacían mas que acumularse en
el fregadero, y había colillas de cigarros a medio terminar cubriendo dos
tercios del piso. La idea de llegar a un sitio vacío y sin vida como ese no era
muy atractiva.
Queriendo llegar lo más tarde posible a casa
tomó el trayecto en micro más largo, uno que nunca usaba. En el camino recordó
los hechos de la mañana, mientras observaba calles y parajes desconocidos y a
primera vista peligrosos, la herida ya no dolía, pero aún brillaba en un
intenso color rojo. Pensando en que hacer para tratarla y que no se infectase,
escuchó un fuerte chillido seguido de gritos desaforados, luego sintió una
fuerte sacudida y vio una brillante y segadora luz blanca. Lo único que
apareció en su mente antes de que la oscuridad lo abordara, fue el gato negro
de esa mañana.
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