Ese día era uno muy especial.
Utilizaría el auto rojo que antes ocupaba su hermana. Se dirigiría a aquel
lugar que tanto deseaba ir, a entrevistar al único hombre que ha admirado en su
vida. La revista donde trabajaba se lo había encomendado y él, por supuesto, aceptó encantado.
Con una extensa sonrisa, que
espantó a un par de niños por creerlo loco, se subió al auto. Era de esperar que
los pequeños no entendieran cómo este día significaba tanto para él, a tal
punto que sentía una ola de emoción atravesar cada célula de su cuerpo.
El auto partió a su destino. Sintonizó
una radio con música tranquila y agradable, una que combinara con el paisaje lleno
de cerros y verde, mucho verde. Decidió agendar la visita de modo que en su
viaje le tocara el sol brillando en su máximo punto. Bajó el vidrio de la
ventana del piloto, quería sentir un poco de aire fresco y en una luz roja
dedicó unos segundos para apreciar el libro que había dejado en el asiento del
copiloto: “Perdida en amor” por Luis Alberto Ruiz, libro éxito en ventas y
escrito por aquel hombre que entrevistaría. Su mente divagó, sonrió nuevamente y en un
pestañeo, recordó cómo fue que conoció a
este sujeto tan exitoso, tan amable y tan bondadoso, mucho antes de que fuera tan
famoso.
Su mente viajó diez años atrás.
-Es que no te imaginas lo genial
que él es- dijo entusiasmada su hermana, una estudiante de literatura, sobre este
hombre.
-¿Y qué lo vuelve tan genial?- preguntó él, sin
prestar mucha atención-No conozco profesor alguno que lo sea.
-Maneja tan bien los temas y su
tono de voz te llega al alma. Te inspira muchísimo- decía extasiada.
En aquellos tiempos su hermana, Tania,
rondaba los 19, y él era un chiquillo tímido y flacucho de 16 años. Ese año ella cursaba primero de Literatura y todos los lunes tenía clases con el prodigioso
profesor, que hicieron de este día, el cual era un fastidio para la mayoría
de los seres racionales, sus favoritos. Desde el primer momento, casi toda su clase estaba encantada
con él.
Transcurrió el semestre y su
hermana tenía un entusiasmo único, por supuesto está de más decir que sus notas
en esa asignatura en particular eran muy buenas, en las demás no tanto.
Sin embargo su admiración incondicional nació aquella vez que la encontró afligida llorando. Él, muy cálido, le preguntó que sucedía y ella aprovechó de desahogar sus penas más profundas, contándole sobre el abandono de su padre, cuánto le dolía y lo difícil que era cargar con ello.
-Tania, veo muchísimo potencial
en ti- le dijo el profesor –No te dejes abatir por tu pasado, puedes
crear grandes cosas a futuro. Quiero verte con el mismo entusiasmo que te veo
en mi clase en tú día a día.
Efectivamente así lo hizo.
Efectivamente así lo hizo.
Pasaron tres años y su hermana,
antes depresiva, se transformó en una
mujer alegre y llena de ímpetu. Daniel notaba que, gracias a ella, habían cambiado los aires de la casa
también. Todo iba de maravilla. A él le
daba mucho gusto verla tan sonriente, a quien había visto llorar silenciosa
en su habitación tantas veces en el pasado.
Él por su parte había ingresado a periodismo
en la misma universidad que su hermana. Su madre no podría estar más orgullosa
de ambos.
-Hoy hablamos sobre libros de
romance- le decía sonriente su hermana mayor –El profe Alberto dijo que tenía
una sensibilidad especial para tratar el tema –dijo con un tono ensoñador.
-Me alegro –opinó sin prestar
mucha atención, muy enfocado en sus estudios.
-No me estas poniendo atención, ¿cierto?-
señaló desanimada.
- Tania, es mi primer año y no
quiero cagarla. Recuerda que debo mantener la beca si no quieres que nuestra
mamá tenga que recurrir a vender drogas para pagar los estudios- decía
sarcástico.
-Si tienes razón, ¿Todo bien?
-Sí, aunque hay unos ramos que me
están volviendo loco. Mis profesores no me animan tanto como tu “San Alberto”.
Rio –Se supone que él hace un
ramo en segundo año para tu carrera, sólo debes aguantar un poco.
-Espero que sea tan increíble cómo
me dices.
Cuando Daniel le había dicho eso, no lo decía tan enserio. Con buenos o malos profesores, él debía aprobar a como
dé lugar, pero pasó ese año y por fin tenía el gran honor de conocer al famoso
santo en vida, y admitía que su hermana estaba en lo cierto; era un profesor
estupendo.
Inspirador como ninguno, claro
para explicar y enseñar, su tono de voz era muy agradable y él por lejos era un
tipo simpático, con mentalidad moderna considerando a un hombre que bordeaba
los cincuenta. Marcaba la diferencia con todos los demás profesores y su mejor
cualidad: su vocación.
-Muy bien, Daniel. Tus notas en
tus certámenes son excelentes- dijo alegre haciendo entrega de la última evaluación.
-Sí, gracias- siempre de pocas
palabras, más como nunca antes lo hubiera hecho, a sus monosílabos de
respuestas, adhirió lo siguiente:- Ojalá me fuera así en las demás materias.
-¿Tienes complicaciones con los
demás?- preguntó interesado.
-Con algunos, sobre todo con el
que me pide hacer un ensayo- dijo, un poco de arrepentido. No le gustaba contar
sus preocupaciones.
El hombre canoso lo escrutó con
una mirada cálida –Al final de la clase quédate unos minutos, te ayudaré con
ese ensayo. Espero que el entusiasmo venga de familia.
Y así de simple se convirtió en
una especie de tutor personal. Luego de terminar la clase, se quedaba unos
minutos. No era demasiado tiempo, pero era más que suficiente para ordenar las
ideas, como también para que le enseñara la manera correcta de presentarlo. Era
muy agradable estar junto a él. Aprendió mucho de ese hombre, cada poro de su
piel desbordaba sabiduría.
No le dijo a nadie sobre la ayuda
extra, ni siquiera a su hermana, ya que no quería oírla hablar de él por más de
una hora, por mucho que actualmente no le molestaría.
Cuando presentó el documento, recibió
la nota más alta, lo que le significó aprobar con excelencia la asignatura.
Tenía tanta felicidad que decidió decirles a su mamá y a su hermana, y de paso comentarle
que fue gracias a la ayuda de su profesor favorito.
-¡Te lo dije, él es lo máximo!
-Te felicito hijo.
-Deberíamos darle un regalo, ¿Qué
tal un postre riquísimo?- sugirió precipitadamente Tania.
-Oye, ¿y qué hay de mí?, se te
olvida que él que aprobó fui yo- dijo con falsa indignación.
-Ay hermanito, te felicito. Estoy
orgullosa de ti- dijo revolviendo los cabellos de Daniel como si fuese un niño
pequeño –Pero encuentro que no estaría mal un agradecimiento, ya que el que
apruebes y mantengas tu beca nos beneficia a todos.
-Sí, tienes razón- dijo
pensativo- pero no creo volver a tener clases con él.
-Tranquilo- se apresuró a decir
su hermana- yo sí, aunque para qué esperar al próximo año. Yo se lo llevo, sé dónde
vive.
Tanto Daniel como su madre se
quedaron viéndola extrañados. Ella ignoró esas miradas.
-No sé… quizás él se pueda
molestar- dijo dubitativa su madre
-¡Claro que no!, él no es así
¿Verdad Dani?- aseveró.
-Es verdad, él es una persona
excelente- dijo serio. Era común que los arranques de emoción de su hermana lo
dejaban perplejo –Supongo que es una buena idea darle un agradecimiento.
-Bueno en ese caso, prepararé
algo muy delicioso- dijo contenta la madre.
-¡Sí por favor! Además, también quiero
verle. Estoy escribiendo un libro y me gustaría que me ayude, como lo hizo con
mi hermanito.
-Te estarías aprovechando de su
buena voluntad- dijo seco y no muy convencido.
-¿Por qué? Sólo le pediré su
opinión sobre algunas cosas, ¿Qué tiene de malo?
-Ya no se peleen, haré un postre
el doble de rico entonces- intentó la mujer de equilibrar los ánimos –A
propósito hija, ¿De qué tratará tu libro?
-Es sobre amor.
Un fuerte bocinazo y un grito
lleno de palabras violentas sacaron de manera abrupta a Daniel de su
ensimismamiento. El GPS de su celular le indicó que le faltaban solamente dos
kilómetros para llegar a su destino, aunque ya se apreciaban las delicadezas de
un barrio residencial y elegante. La fama y el dinero, por lo general van de la
mano.
Finalmente llegó a la imponente
casa del famoso escritor, la cual te conmocionaba más que el mismo dueño. Estacionó
el auto, pero no salió de inmediato, necesitaba unos minutos para apaciguar su
nerviosismo. Su corazón latía apresurado y sudaba frio. Todo se encontraba en
absoluto silencio, tanto en el exterior, como en el interior del vehículo,
aunque era inevitable que su respiración acelerada se escuchara con más fuerza…así
como el grito de su mente que decía “¡déjalo, a la mierda!”
-Sí, lo haré....cuando entierre a
esta zorra viva, esconda la pala y me
aleje en la puesta de sol- respondió en voz alta.
Miró su reflejo en el retrovisor
y vio, las ojeras y la sonrisa aterradora que llevaba. Todo en su rostro
gritaba asesino, pero Daniel no lo era…aún no. El mal nacido que se encontraba
en aquella casa, ese sí lo era. Lamentable que el único que lo supiera fuera
él.
Jamás olvidaría ese día.
Se enteró del secreto que ella
guardaba un día que, tal como rata escurridiza, se metió a la habitación de su
hermana con la única intención de leer su diario. Esperaba encontrarse con
datos vergonzosos, información que luego le serviría para sobornarla en
pequeñeces, pero lo que descubrió lo dejó abatido, bueno, no tanto, muy en su
interior lo sospechaba; Tania estaba
enamorada de su profesor.
¿Podía juzgarla realmente? Alberto
era un hombre increíble. Se enteró que el libro que ella había escrito, no era
más que la recopilación de sus sentimientos, y como se imaginaba una vida en
que triunfaba el amor de ambos. Una cursi manera de confesar lo que sentía.
No le dijo a su mamá, pero debía
encararla. Nunca llegó a pensar que se generaría una de las peores peleas que
tuvo con su hermana.
-¿Qué tiene de malo la diferencia
de edad?, si yo lo amo- gritó enardecida.
Daniel no entendía mucho de amor
y no hallaba las palabras indicadas para hacerla entrar en razón, más que
decirle lo que no quería escuchar: -Pero Tania, él está casado.
Luego ella corrió y se encerró.
La conversación finalizó con la obvia negativa de su hermana a desistir.
A la mañana siguiente, Tania se
había alistado lo suficiente; maquillaje y zapatos nuevos. Había llegado el
gran día para Tania; le mostraría el libro a su profesor favorito, o así por lo
menos lo creía ingenuamente su madre. Daniel, no reveló su secreto, incluso
luego de la discusión del día de ayer. Se despidió alegre de su mamá y con un
simple hasta pronto, para su hermanito. No le gustaba estar peleada con él,
pero pensó en que arreglaría las cosas después… uno que nunca llegó.
Ya era muy tarde, Tania aún no
volvía y tampoco había llamado. Su madre estaba muy preocupada, no contestaba
sus llamadas. A Daniel no le sorprendió, para él era evidente que la rechazaría
y que ahora, su dramática hermana, debía estar lamentándose por ahí, sin
embargo las horas avanzaban y ni rastro de ella. Entonces se preocupó. A pesar
de las varios intentos fallidos de su progenitora por localizarla por teléfono, él también lo
hizo, no perdía nada con intentarlo, muchas veces uno no quiere contestar cuando
las llamadas provienen de los papás, y suponiendo de que el tema era un tanto
delicado, pues era lo mejor que se le ocurrió.
-Aló- dijo una voz quebrada.
-Tania ¿Dónde estás?- preguntó
alterado. Había dado en el clavo.
Por el otro lado de la línea se
hizo un silencio, que fue roto por un llanto desgarrador.
-¡Tania!- gritó alterado- ¡¿Qué
pasó?!
–Él… leyó el libro- respondió sin
dejar de llorar-Luego nos besamos, pero… -
-¡¿Pero qué?!
-Pero no dejará a su esposa por
mí. Él no me ama-
Rompió en llanto.
-Tranquila, dime ¿dónde estás?,
yo voy por ti-quiso consolar.
-Ya no es necesario que vengas-
luego colgó.
Esas fueron las últimas palabras
de ella. Luego sucedió lo que más temía.
Dio aviso a su madre y esta llamó
a la policía. Pasaron las horas y sonó el timbre. Dos hombres de uniforme y un
hombre vestido de abrigo negro entraron, con la peor noticia que jamás creyó
escuchar.
-Señora, lamento decirle esto-
Dijo el hombre de negro -Encontramos el auto de su hija estacionado en el puente,
pero, lamentablemente, no hemos podido hallarla. Testigos dicen, que la vieron
lanzarse al río…
Esa parte era difusa en su
memoria, pero no lo fue cuando dos días más tarde, el mismo hombre, junto a dos
nuevos policías volvieron a la casa a darles una noticia peor que la anterior:
habían encontrada el cuerpo sin vida de su hermana en el río dos kilómetros más
allá del puente.
Después de aquel día nada volvió
a ser igual. Su madre no pudo soportar la pérdida, nunca entendió por qué su
hija había tomada esa decisión y Daniel
tampoco le dijo, jamás reveló el secreto. Consumida por la tristeza, comenzó a beber
alcohol, motivo que le costó su empleo. No había plata para pagar las cuentas y
se debía muchísimo, aún no se pagaba del todo los gastos funerarios, dónde a propósito,
ese hombre jamás se presentó. Ni una
carta, o llamada para dar las condolencias, nada de nada.
La vida sigue, es lo que siempre dicen.
Daniel lo intentó. Con un trabajo de medio tiempo, logró terminar su carrera,
no pudo, sin embargo, sacar del hoyo profundo en que se encontraba su madre.
Ella sí que jamás volvió a ser la misma.
Días recordaba el acontecimiento
y a ese maldito hombre. Lo odiaba, pero sabía que no corresponder un amor, no
era pecado, y que desilusionar a una persona que tanto te admira, no era motivo
de cárcel. Sin duda, había derecho en este mundo para ser un desgraciado y
salir libre de culpa. Su hermana fue “la loca”, siempre lo supo. Hizo su mejor
intentó para sacarlo de su mente y alejar todo el odio de su corazón y creyó
haberlo logrado …hasta que cuatro años más tarde salió a la venta ese libro, “Perdida en amor”, escrita
por aquel personaje que creía haber
enterrado en sus recuerdos para siempre.
Curiosamente el libro hablaba de
un amor obsesivo.
Fue uno de los primeros en
comprarlo. Cuando lo termino de leer, no pudo creer hasta qué punto llegaba el
descaro de una persona. No había absolutamente ninguna mención de su difunta
hermana, ni una dedicatoria o algo alusivo, a excepción de la protagonista,
Bárbara, una chica trastornada y drogadicta con una obsesión insana por un
hombre mayor, que luego de ser rechazada por este, decide suicidarse con
sobredosis de anfetaminas; aunque lo único similar era su personalidad
entusiasta, nada más.
El libro estaba escrito de una
manera muy atrayente, no lo podía negar, ni tampoco como en el último capítulo,
al lector le invade una sensación amarga, se logra sentir el dolor del hombre, luego de
la muerte de Bárbara, los hechos le pesan, pero después, cuando el libro finaliza,
existe un alivio de esa tensión. Daniel lo comprendió de inmediato; ese libro
fue la catarsis personal de Alberto y así cerrar el capítulo “Tania” de su vida,
y seguir adelante.
La gente empatizó tanto con la
culpa de este hombre ficticio, que el libro, dos años después de ser lanzado,
era éxito en ventas.
Éxito a costa de la muerte de una
mujer.
Una vez, en una conferencia de
prensa, a raíz de la fama del libro, se le preguntó si esta historia era real,
si la tal Bárbara existió.
-No me vendría mal una linda
muchacha joven- respondió en risas, su forma simpática de negarlo.
Fue la primera vez que Daniel
deseó degollarlo ahí mismo.
Vale más tarde que nunca, pensó,
volviendo al presente, el cual le tenía un futuro muy benévolo. El destino le
dio la mejor oportunidad de su vida y no la desaprovecharía. Se vengaría, por
fin había llegado el día. ¿Tania habría sentido esta misma emoción al
encontrarse fuera de su residencia?, se preguntó.
Apoyó la frente en el manubrio,
su mente iba a mil por hora.
-Llevo años esperando una
explicación- susurró- y te la sacaré a golpes.
Eran nuevos métodos de
entrevista, inventado por algún mafioso, pero ¿por qué no hacer uso de las
buenas invenciones?, El papel y lápiz, junto con la grabadora ya se tornaban
aburridos.
¿Qué está bien y qué está mal?
Esa pregunta poco importaba ahora.
Salió del auto, lo rodeó y abrió
la maleta.
-¡Mierda!, ¿y la pala?- se dijo a
sí mismo alterado.
¡Claro!, razonó, nunca tuvo una pala. Eso de
enterrar a la zorra viva, lo había escuchado de una canción, pero no iba a
desesperar, él contaba con su arma
favorita, la única cosa que le dejó su
padre: una magnum revólver, indispensable en la cita de hoy.
Al llamado del timbre, le
respondió por el citófono la empleada, una de las tres que tenía el gran Luis
Alberto, debido a las excesivas ganancias por el libro-y por los sentimientos
pisoteados de Tania- pensó Daniel.
-Buenas tardes, Vengo por la
entrevista.
-Claro, Don Alberto lo atenderá
de inmediato.
Su corazón latía sin parar. Le
picaban sus manos. Había llegado el momento, sin embargo se tomó un minuto
antes de ingresar a la casa para reflexionar ¿Qué haría después de cometer el
homicidio?, ¿Aceptaría ir a juicio, aceptaría la culpa por él, por Tania?
La puerta se abrió y la empleada
le indicó que la siguiera a la oficina
de su señor.
Mientras recorría aquellos pasillos,
su corazón latía con un ritmo exagerado. Sentía la adrenalina golpeando todos
sus sentidos y una felicidad desquiciada, aún no cometía su crimen y ya la
satisfacción lo inundaba. Como un niño que va a cometer la travesura más grande
de su vida, aunque eso le costara una reprimenda de la madre, así mismo ¿Por
qué se sentía tan bien ser el malo?
Entró a la oficina con el pulso a
mil por hora. Había llegado el momento, estaba a unos pasos de vengarse.
¡Al diablo con las
explicaciones!, lo mataría inmediatamente.
El hombre le daba la espalda,
mientras miraba a lo lejos por su gran ventanal.
-Siempre tan puntual, Daniel-
dijo con tono cálido.
El tiempo se detuvo en esa
habitación.
-Buenas tardes, profesor.
-Buenas tardes- saludó, girando
su cuerpo hacia él.
Algo de su antiguo profesor lo
estremeció. Su mirada era la misma, tal cual lo recordaba, de hecho se veía más
pleno; en paz consigo mismo y con la vida. La ira se apoderó de su mente, ¿por
qué el lucía tan pacifico? ¿Cómo era posible que le sonriera con esa calma? Las
cosas cambiarían, no se merecía estar tranquilo, le arrebataría esa paz.
La empleada, luego de guiar al
invitado a la oficina había vuelto a sus quehaceres, en específico a preparar
un aperitivo para el señor y el visitante. Según su patrón, era una de las
visitas más importantes que tendría en mucho tiempo, pero no pudo siquiera
terminar lo que estaba preparando, cuando escuchó un ruido estruendoso.
¿Un disparo?- pensó aterrada.
Ella conocía el sonido, venía de un barrio difícil.
Corrió hacia donde se produjo el
ruido, y no fue extraño que fuera en la misma habitación donde dejó al par de
hombres. Asustada imaginó el peor escenario. Don Alberto jamás recibía gente,
ni periodistas. Hace muchos años que ya ni siquiera recibía a sus estudiantes, más
específicamente desde que dejó de ser profesor. Le extraño de sobremanera que
recibiera a este periodista y ahora ella cría que fue la peor decisión de su
vida.
Se encontró junto a la esposa en
el pasillo, que igual de aterrada que ella, se negaba abrir la puerta del
estudio. Se miraron con espanto, ninguna quería hacerlo… hasta que se escuchó
un grito desesperado del escritor llamando a su mujer. Entonces rápidamente
tomó la iniciativa y giró la manilla. Lo que vieron las dejó petrificada; él
hombre desconocido para ambas yacía en el suelo, con un charco abundante de
sangre que brotaba de su sien, producto de un balazo.
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