sábado, 8 de abril de 2017

Un hombre solitario y una resolución de por vida.

Por Pablo Rolle

Sabía que se sentaba allí todos los días a la misma hora, en la misma posición, con la misma ropa y las mismas cosas, un cuaderno, un lápiz y una taza de café, lo único que cambiaba eran el cuaderno, el lápiz y él mismo, no debía de tener más de treinta años, pero aun así cada día más viejo. Así eran todos los días, por diferentes que fueran no faltaba el momento en que se sentaba allí a esa hora, en esa posición y con esas herramientas. Se dedicaba a observar a la gente, a pensar sobre ellas y escribir sobre ellas, viéndolo todo desde su posición de espectador, solo e inmutable.

Le veía siempre que pasaba por allí en el momento de observación y escritura, y cuando no, sabía que estaba en el lugar, haciendo lo acostumbrado. A menudo me preguntaba, ¿por qué lo hará?, ¿se sentirá solo?, ¿hay quien le acompañe?, ¿buscara, a través de sus historias, la compañía de las personas que observa?, ¿esperará que se den cuenta de que las mira, y se acerquen a él? Me preguntaba esto y muchas otras cosas, deseando ir a preguntarle y saber la verdad, de vez en cuando me armaba de valor y caminaba hacia él, pero mientras más avanzaba me sentía más y más inseguro, me daba miedo y vergüenza, no quería molestarle y menos romper ese momento sin tiempo que construía dentro de un universo manejado por el tiempo.

La muchedumbre pasaba junto a él, corría frente a él y no se percataban de su presencia, y él se mantenía allí, quieto, escribiendo, guardando momentos en el papel y despojándolos de su tiempo. Él era un ser temporal que se creó un espacio atemporal, se quedaba quieto en el tiempo dentro de su soledad, dentro de su observar, dentro de su pensar, dentro de si. Vivía en el mundo, pero lejos del mundo; cerca de todos, pero muy distante.


¿Será que tenía miedo de salir?, ¿quería y no podía?, ¿o simplemente gustaba de observar a la gente?, ¿en verdad escribía sobre los demás? Tal vez escribía sobre si mismo, sobre su soledad, sobre lo difícil que era para él acercarse a otros. Tal vez era mudo, tal vez era sordo, no creo que fuera ciego, pero, ¿y si lo era?, ciego a lo inmaterial, ciego a mis intentos de acercarme, ciego a la joven que trabaja en el restaurante del frente y que le mira con curiosidad, ciego a la niña pequeña juguetona que va de la mano de su madre e intenta captar la atención del escritor, separarlo de su espacio fuera de la realidad, pero su madre la tironea y reta por molestar a la gente. Puede que no fuera mudo de lengua, pero sí de palabra, poseía un lenguaje muy desarrollado pero no sabía usarlo, o tenía miedo de usarlo, no quería hablar porque temía hablar, y puede que no fuera sordo a los sonidos, pero sí a las personas, no sabía escucharlas, no quería escucharlas, temía lo que pudieran decir.

¿Pero que puede decir alguien como yo sobre él? Yo que no me atrevía a hablarle, que pasaba indiferente a los otros, que era uno más de la masa que se mueve por la ciudad tal cual cardumen de peces sin rumbo fijo ni sentido aparente. ¿Qué podía hacer yo? Alguien que con sus propios temores y deseos que se esconde entre la gente pues teme a ella pero necesita estar con ella.

Así se sucedían los días, hasta que en uno de esos decidí confrontarlo, luego de mucho pensar y no actuar decidí dejar todo miedo e inseguridad atrás y hablarle, y esta vez no me acobardaría como en las otras ocasiones, pero al llegar al lugar vi que no estaba. ¿Qué había pasado?, era imposible, había desaparecido. ¿Habrá superado sus temores?, ¿por fin habrá salido de su espacio atemporal?, ¿o habrá sido tragado por este y se ha esfumado de la existencia? Tal vez se percató de la joven del restaurante y está con ella, o tal vez enfermo y ya no puede venir. Cualquier cosa pudo haber pasado.

Luego de unos días sin que apareciera comencé a preocuparme de verdad, me entristecía no verlo allí, pero luego comencé a angustiarme y a temer por él. Le pregunté a la joven del restaurante si sabía algo sobre él, ella enseguida irrumpió en llanto, luego de un par de minutos, ya más calmada me dijo en voz baja y rota que él había muerto. En ese instante algo en mí se quebró, me quedé inmóvil, sin saber como reaccionar, no pude articular ni una palabra, nada. Me explicó que lo encontraron acostado en su cama, quieto, perfecto, inmaculado. Murió en su soledad, únicamente acompañado por lo que escribía, pareciera ser que no pudo superar sus temores y se ahogo en su espacio. Murió ajeno al mundo, lejos de la realidad.

Pase varios días sumido en una abstracción inmensa hacia lo demás, hacía las cosas por rutina, parecía una maquina mas que un humano, hasta que se asomaron por mí turbada mente las preguntas, ¿qué será de mí ahora?, ¿cuál es mi destino?, ¿si no actúo ahora, acabare como aquel hombre?, ¿si no comienzo a superar las barreras, moriré sólo en un espacio fuera del tiempo?

Aún me lo pregunto y no sé que hacer, el miedo me acecha, pero no me dejare vencer.


1 comentario:

  1. ¡Te pasaste! Me llegó mucho lo que escribiste, enserio. Sinceramente, no me considero muy buena escribiendo como para hacer criticas más profundas, así que sólo te diré lo que sale de mi corazón luego de leer un texto tan intenso como este.
    Siento que muchas personas se pueden sentir identificadas con lo que expones; el espacio tiempo que nos absorbe y las personas juntas, pero a la vez solas.
    Aún sigo procesando el texto. Desearía poder encontrar más palabras para poder expresar como me llegó. Jamás me imaginé lo potente que puede llegar a ser una historia sencilla, como la de un hombre sentado en una cafetería que es observado por nuestro protagonista, y que a su vez pueda abrir tanto debate sobre el mundo interno de las personas y las pasajeras intenciones por querer conocer a quien te pareció interesante, las cuales la mayoría de las veces sólo se quedan en eso; intenciones.
    Vivimos en una sociedad llena de inseguridades y siento que en tu cuento lo expones muy bien.
    Saludos!

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