Su madre presionaba, sin decir palabra alguna, los botones de la vieja radio del auto. Esperaba captar cualquier emisora para llenar el silencio. Lo que sea con tal de cubrir el sonido de las gotas que, incansables, repiqueteaban contra el techo metálico. La niña, a su vez, observaba cómo la lluvia competía en lentas carreras al bajar por la ventana. Ninguna de las dos se atrevía a hablar.
La mujer, que encontraba solo estática y un par de murmullos inentendibles, acabó por desistir. Apagó el aparato, y suspiró. Posó la mano sobre el volante y la dejó ahí, quieta, al igual que el pie en el pedal. Desde hacía ya media hora estaban atascadas en el tráfico, bajo las lágrimas del cielo, atrapadas en la tristeza de las nubes, y en el monótono ruido del motor.
Ambas se removieron en sus asientos, envueltas en un acuerdo tácito de no romper el silencio. No sentían incomodidad alguna.
Dentro de las mentes de cada una, se paseaban pensamientos totalmente distintos. La madre enumeraba el montón de cosas que debía hacer al llegar a casa, y se lamentaba de la cantidad de tiempo perdido. Mientras, su hija, libre de las responsabilidades de la adultez, imaginaba algo más. Bajo el cielo sembrado de nubes, sobre las gargantas de cemento y entre monstruos de metal, la creatividad de ella encontraba mil millones de historias imposibles. La niebla transformándose en dragones, las gotas como expresión de la tristeza divina, las líneas amarillas de la calle convirtiéndose en portales a otra dimensión…. Posibilidades infinitas, maravillosas y tremendamente lejanas. A lo mejor se asomaba a otros universos con su mente infantil; habilidad que la mujer hace mucho había olvidado.
La niña, arullada por el calor de la calefacción del vehículo y la lenta respiración de la madre, juntaba las pestañas cada vez más. Justo antes que se durmiese, en ese instante en el que el mundo se queda quieto, y más allá de los párpados la bruma de los sueños comienza a tomar forma, el mundo se tornó negro.
De pronto, como si alguien presionase por error el interruptor del sol, la ciudad entera se quedó a oscuras. Desde fuera, parecía que un telón bruno hubiese caído súbitamente sobre calles y edificios, tragándose todo indiscriminadamente. Aquellos que estaban en el lugar, los que quedaron, contaban que la falta de luz era tan absoluta, que ni siquiera eran capaces de distinguir sus manos. Lo más extraño fue el silencio, el cual, igual de opaco que la negrura, les impedía escuchar incluso su propia respiración.
El universo pareció quedarse en calma, y nadie tuvo miedo. Se sintieron, por alguna razón, reconfortados. El terror vino después, supongo, al descubrir que quien estaba a su lado había desaparecido, sin dejar más rastro que el recuerdo.
Cuando la oscuridad se retiró a donde pertenecía, se llevó a la mitad de la población con ella. Las tinieblas aparecieron en otras ciudades, dos veces más. En la primera, mamá apareció entre los elegidos, y nos reunimos nuevamente. Hoy, tú, tras cinco años desde la última vez, despertaste aquí, siendo parte de la tercera generación. Bienvenido, hermano.
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Y u k i n o
Y u k i n o

Muy bueno Cata!, me encantan muchas frases y la descripción de la mente de la niña <3
ResponderEliminarMuchas gracias por el deleite haha