lunes, 24 de abril de 2017

Primera impresión


Me acosté a las dos de la mañana de ese jueves, o sea, prácticamente viernes, con el regalo terminado. “Definitivamente no estoy hecho para esto” pensaba. “Pero bueno, espero que le guste”. Caí rendido sobre mi cama, sólo para despertar a la mañana siguiente, atrasado para ir a la Universidad. “Maldición, justo hoy” pensé levantándome como pude de mi cama, completamente adolorido por la mala postura que adopté para dormir. Con la misma ropa del día anterior, sin bañarme, sin afeitarme, despeinado, pero con un poco de desodorante, incluso el mismo calzoncillo, salí corriendo de mi casa. “¡El regalo!” corrí de vuelta a buscarlo.

Cuando ya lo tenía, aunque sobresaliendo de mi mochila, y me había sentado en la micro, pude respirar aliviado. “Aún llego” pensé luego de revisar mi reloj y me disponía a mirar por la ventana. Me puse a escuchar música y en eso, fijo la mirada en la puerta de la micro, donde el micrero incitaba a un perro, llamado Camilo, a subirse a la micro. Sonreí.

Luego de veinte minutos, bajé de la micro para subir a la siguiente, y en ese momento la vi. “No, imposible. ¿Bajó de la misma micro que yo?” me reí para mis adentros. “Esto no puede estar pasando.” Me decía sin entender mi suerte. El lunes de la misma semana, había saludado en la universidad a un amiga, la cual venía acompañada de otra chica. Un ángel caído del cielo. Era la mujer más hermosa que jamás había visto. Fue tal mi impresión que incluso mi saludo debe haber sido torpe y balbuceado, diciendo “hola, Felipe”, aunque ella replicó “hola, Josefina”. Que voz tan melodiosa. Ese día recordé haberla visto antes, sus grandes ojos dulce de leche, su cabello castaño claro, su tez trigueña clara, casi de mi porte, pero en ese entonces me limitaba a maravillarme por su belleza. No me atrevía siquiera a acercarme. Nunca imaginé saludarla y, menos aún, encontrármela en la misma micro. Ahora estaba aquí, a tan sólo unos metros.

“¿Qué hago, qué hago? No puedo dejar que mi primera impresión sea así, con un regalo para otra chica sobresaliendo de mi mochila, sin bañarme, sin afeitar, indecente, probablemente hediondo… Creo que olvidé lavarme los dientes…el mismo calzoncillo…”. Estaba cerca de ella. Se encaminaba para cruzar la calle. En tan solo unos segundos estaría a su alcance. “No puedo saludarla así, pero, si no la saludo y me ve en la siguiente micro, quizás piense que soy un roto, que cómo no la saludé. Perdería la guerra antes de empezar. Pero si la saludo, pensará que soy así, desaliñado, despreocupado de mi persona: un monstruo. Pero, ¿qué estoy pensando? Nadie pensaría algo así de alguien que acaba de conocer. Además, recuerdo que el lunes cuando la saludé si estaba bien vestido”.

Estaba justo detrás de ella. El semáforo en rojo detuvo su avance y acortó mi tiempo de pensamiento y reflexión. “Maldición, ya no hay tiempo. Tengo que decidir. ¿La saludo o no? Aunque tal vez, esto sea el principio de todo. Quizás después de esto, conversemos en la micro. También podría ser su ayudante en algún ramo de la universidad. Y luego, podría ayudarla a estudiar y nos conoceríamos mejor. Y después, la invitaría a tomar un helado, o un café o incluso al cine. Pero, ¿me aceptará como soy? Pesado, sensible, a veces muy serio y literal, preocupado por el resto, incluso a veces me dicen que parezco un oso. Pero, ¿y si no le gustan los osos?”

Ya era tarde… mi mano ya estaba en su hombro y ella ya giraba su cabeza hacia mí, mientras se quitaba los audífonos.

- Hola, ¿Josefina, cierto?

- Hola, si, y tú Felipe, ¿verdad?

- El mismo.

- ¿Estábamos en la misma micro?

- ¿En la que se subió el perrito?

- ¡Sí, sí! Camilo.

- ¡Entonces sí!

Ambos reímos y nos fuimos conversando todo el trayecto. “¿Será un sueño? o quizás lo estoy imaginando. No. Esto es muy real. Ahora puedo estar seguro de una cosa: en adelante, ninguno de mis miedos infundados podrá detenerme de ser yo mismo.”


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