viernes, 28 de abril de 2017

Un robo frustrado

Por Carolina Ihnen

Llovía torrencialmente aquella noche, pero eso no los iba a detener. Habían observado por semanas el lugar y ya lo conocían como la palma de sus propias manos. Además el objetivo era fácil. Una viuda de 84 años que vivía sola en una casa apartada en el campo, cuya única compañía era un gato. La anciana conservaba en un lugar de su hogar un cofrecillo lleno de joyas de incalculable valor y este era la meta.


Sus seudónimos eran “Diente de Oro” y “Tres Dedos” y juntos habían sido autores de múltiples crímenes a lo largo de la región. Sus cabezas ya tenían precio, pero las autoridades locales no habían logrado dar con ellos.
Entrar a la propiedad no fue difícil, el portón de la entrada se encontraba abierto. Sin problema se adentraron en el terreno hasta llegar a la casa de la mujer. Se asomaron por una de las ventanas para inspeccionar y vieron a la viuda sentada en una silla mecedora, tejiendo junto al fuego.
Como ya lo habían planificado, entraron por la puerta de atrás de la cocina y con armas en mano se dirigieron a la sala donde se encontraba la mujer.
-¡Esto es un asalto!- gritó Tres dedos apuntando a la anciana con su pistola. La pobre mujer saltó de la impresión, haciendo volar su labor que cayó al suelo.
Diente de Oro le ató las manos y la amarró a la silla donde estaba sentada, sin que Tres dedos dejaran de apuntarla con el arma.
-¿Dónde están las joyas?- gritó Tres Dedos.
-¿A eso venían?- preguntó la anciana, algo más aliviada- lo siento, pero la semana pasada las deposite en un banco…
-¿Y crees que te vamos a creer?- le gritó Diente de oro.
-Es que les digo la verdad…
-¡Dinos donde están las joyas!
-Están depositadas en el banco, como ya les dije.
Ambos malhechores se miraron ¿Y si era verdad lo que decía? ¿Si las joyas estaban efectivamente depositadas en el banco? Diente de oro agarró a su compañero y se lo llevó a un rincón donde comenzaron a discutir.
En eso, la mujer comenzó a observar a ambos criminales. Estaban totalmente mojados. Tenían la ropa toda rota y estaban muy sucios. Se preguntó si tendrían hambre o si les gustaría darse una ducha.
-¿Jóvenes? ¿Tienen hambre?- les inquirió- hay agua caliente en la tetera y pan recién hecho.
Sorprendidos, los ladrones miraron a la anciana, ya que, realmente tenían mucha hambre.
Y tal como ella les había dicho, encontraron pan en el horno y agua en la tetera.
Algo cautos comieron pan y comenzaron a preparar té.
-A mí me gusta el de manzanilla, por si podrían también hacer uno para mí- les pidió la anciana.
Diente de oro le desató las manos y le deposito una taza humeante en ellas. La mujer dio un sorbo:
-¡Excelente! ¡Yo no lo podría haber hecho mejor!- los felicito la anciana- ahora vengan, acérquense al fuego y cuéntenme de ustedes, deben tener frío.
Los criminales se acercaron al fuego conmovidos y comenzaron a charlar con la anciana. Hacía mucho tiempo que no se sentaban a hablar con alguien. Entre ellos solo se dirigían al otro para planificar sus fechorías, pero fuera de eso jamás conversaban entre ellos.
-Están muy mojados ¿No quieren que les preste algo de ropa? Tengo todavía algunas prendas de mi difunto marido. Pero para eso tienen que desatarme por completo…


Cuando la lluvia había cesado y ya se estaba aclarando, se podía ver salir a dos tipos muy perfumados y vestidos de forma curiosa, cada uno con un cesto lleno de comida, abrazando a la anciana mujer, prometiendo volver pronto. 


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