Por Carolina Ihnen
Llovía torrencialmente aquella noche, pero eso no los iba a
detener. Habían observado por semanas el lugar y ya lo conocían como la palma
de sus propias manos. Además el objetivo era fácil. Una viuda de 84 años que
vivía sola en una casa apartada en el campo, cuya única compañía era un gato.
La anciana conservaba en un lugar de su hogar un cofrecillo lleno de joyas de
incalculable valor y este era la meta.
Sus seudónimos eran “Diente de Oro” y “Tres Dedos” y juntos
habían sido autores de múltiples crímenes a lo largo de la región. Sus cabezas
ya tenían precio, pero las autoridades locales no habían logrado dar con ellos.
Entrar a la propiedad no fue difícil, el portón de la
entrada se encontraba abierto. Sin problema se adentraron en el terreno hasta
llegar a la casa de la mujer. Se asomaron por una de las ventanas para
inspeccionar y vieron a la viuda sentada en una silla mecedora, tejiendo junto
al fuego.
Como ya lo habían planificado, entraron por la puerta de
atrás de la cocina y con armas en mano se dirigieron a la sala donde se encontraba
la mujer.
-¡Esto es un asalto!- gritó Tres dedos apuntando a la
anciana con su pistola. La pobre mujer saltó de la impresión, haciendo volar su
labor que cayó al suelo.
Diente de Oro le ató las manos y la amarró a la silla donde
estaba sentada, sin que Tres dedos dejaran de apuntarla con el arma.
-¿Dónde están las joyas?- gritó Tres Dedos.
-¿Dónde están las joyas?- gritó Tres Dedos.
-¿A eso venían?- preguntó la anciana, algo más aliviada- lo
siento, pero la semana pasada las deposite en un banco…
-¿Y crees que te vamos a creer?- le gritó Diente de oro.
-Es que les digo la verdad…
-¡Dinos donde están las joyas!
-Están depositadas en el banco, como ya les dije.
Ambos malhechores se miraron ¿Y si era verdad lo que decía?
¿Si las joyas estaban efectivamente depositadas en el banco? Diente de oro
agarró a su compañero y se lo llevó a un rincón donde comenzaron a discutir.
En eso, la mujer comenzó a observar a ambos criminales.
Estaban totalmente mojados. Tenían la ropa toda rota y estaban muy sucios. Se
preguntó si tendrían hambre o si les gustaría darse una ducha.
-¿Jóvenes? ¿Tienen hambre?- les inquirió- hay agua caliente
en la tetera y pan recién hecho.
Sorprendidos, los ladrones miraron a la anciana, ya que,
realmente tenían mucha hambre.
Y tal como ella les había dicho, encontraron pan en el horno
y agua en la tetera.
Algo cautos comieron pan y comenzaron a preparar té.
-A mí me gusta el de manzanilla, por si podrían también
hacer uno para mí- les pidió la anciana.
Diente de oro le desató las manos y le deposito una taza
humeante en ellas. La mujer dio un sorbo:
-¡Excelente! ¡Yo no lo podría haber hecho mejor!- los
felicito la anciana- ahora vengan, acérquense al fuego y cuéntenme de ustedes,
deben tener frío.
Los criminales se acercaron al fuego conmovidos y comenzaron
a charlar con la anciana. Hacía mucho tiempo que no se sentaban a hablar con
alguien. Entre ellos solo se dirigían al otro para planificar sus fechorías,
pero fuera de eso jamás conversaban entre ellos.
-Están muy mojados ¿No quieren que les preste algo de ropa?
Tengo todavía algunas prendas de mi difunto marido. Pero para eso tienen que
desatarme por completo…
Cuando la lluvia había cesado y ya se estaba aclarando, se
podía ver salir a dos tipos muy perfumados y vestidos de forma curiosa, cada
uno con un cesto lleno de comida, abrazando a la anciana mujer, prometiendo
volver pronto.
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