Por Vale Fuentes
Eran alrededor de las tres de la mañana y como típico
viernes por la noche, me encontraba en medio del flujo nocturno de la ciudad;
aquella que no duerme… y esa sería
una forma atractiva de referirme a estar bailando, con el pelo pegado a mi cara
por el sudor en una disco de mala muerte por ahí.
Estaba cansada y ebria, para variar, pero aún tenía noción de dónde estaba y que
había llegado la hora perfecta para “revivir”, por ende, me dirigí al baño.
Este se encontraba vacío y muy solitario, pero para mí fue perfecto; así era más fácil “espolvorearse la nariz”.
Aproveché de contemplar mi reflejo en el espejo, ese amplio y largo que siempre está en todos los baños públicos. Lo que mis ojos veían no era precisamente muy agradable de ver; el rímel corrido, falta de retoque en los labios y el pelo, el cual dediqué tanto tiempo para alisar, que claramente ya no estaba lacio. Dediqué unos segundos a mejorar el desastre de imagen. Ya era costumbre, no me demoraba más de unos segundos volver a estar presentable. Luego recordé que debía ser rápida si quería mantener interesado a aquel con quien estaba bailando esa noche. El plan no era que se aburriera esperándome, sobre todo si quería tragos gratis, así que había que hacer mérito. Sinceramente no me interesa tanto, pero ¿Cuándo volverá a darse la misma oportunidad?
Enfocándome a lo que vine al baño, que ya era rutina, tal como la mayoría de las cosas en mi vida. Había aprendido hace años como se hacía. Saque un papel lleno de ese polvo blanco, no usaría mucho esta vez, además ya había visto que si usas mucho la nariz te sangra y claramente no quería eso. Eran unas cuantas inhalaciones, que por supuesto siempre ardían. No me enorgullecía para nada, pero necesitaba volver a activarme y hacer lo posible por alargar esa noche. Nunca quiero que se acaben por que cuando termina, se vuelve a la insípida rutina; a la yo aburrida atrapada en normas, integrales y teorías económicas.
A propósito de teorías económicas, con el tiempo supe que no soy una buena inversión a largo plazo, y qué sólo sé costear beneficios de corto plazo, esos que te entregan placer inmediato. No se puede pedir más, pensé.
Me agaché frente al tocador con una tarjeta de crédito, de la cual necesitaba una insignificante esquina, cuando por el reflejo del espejo noté a una niña. Me asusté y voltee de inmediato. La miré, pero ella no pareció notarme. Estaba en una esquina del baño, sentada con la espalda bien apoyada en una pared y con sus brazos sujetando sus rodillas escondía su cabeza.
¿Estaba ahí antes?, aunque la pregunta poco importaba. Parecía estar sollozando en silencio y sólo se notaba por los pequeños saltitos de una respiración entrecortada.
Me acerqué con delicadeza. Le dije un “hola”, ella dio un brinco y me miró asustada, y no la culpaba, más que mal me encontraba desarreglada y con un aliento a alcohol y cigarrillos. No está de más puntualizar que seguía ebria, ya que no alcancé a proceder a lo que iba y tampoco lo haría frente a una niña. Me senté a su lado, el piso de la cerámica estaba sucio y muy frio. Ella no se molestó. Me pegué bien a su lado, más que mal sentía su necesidad de ser acurrucada, pero también no quería importunarla con mi contacto.
Le pregunté su nombre y ella sólo me respondió con silencio, mientras calmaba sus sollozos. Debía pensar en algo mejor, nunca se me dio bien esto de hablar con niños. Pensé en sus padres, era mi deber de buen ciudadano preguntarle donde estaban y cómo es que llegó a una discoteca en plena madrugada.
-¿Oye amiguita, y tus papis?- pregunté con voz dulce.
-Mi mamá está en su habitación y mi papá lo veo muy poco- dijo con una claridad demasiada avanzada para ser una niña.
-¿Qué haces aquí sola?, ¿Y por qué estas llorando?
-No me gusta llorar frente a los demás. Se preocuparían y eso sólo traerá más problemas, más peleas.
Me partía el alma escucharle decir esas cosas y el modo en que las decía. Algo en mi interior se apretó, pero no podía ceder a la lástima, debía estar serena si quería transmitirle tranquilidad.
-Hace frio- dijo ella al aire, mientras se acurrucaba más en sí misma.
Me pegué más a ella y note que sus manos estaban congeladas. Tomé ambas manos y se las sobé con cuidado para que entraran en calor.
-También se me congelan las manos- le dije como trivialidad- Tengo una chaqueta que te puedo prestar para que no te congeles en este lugar, aunque no deberías estar aquí sola, para empezar.
-Buscaba un lugar solitario para esconderme- se justificó.
No podía dejarme conmover mucho, lo importante era buscar a sus padres.
-¿Hay alguna forma de contactar a tus papás?, deben estar preocupados por ti-
-No creo que lo estén, no notan cuando estoy triste, ni cuando no estoy, y ya te dije que por eso mismo me escondo- dijo triste - Además no quiero darle más problemas. Si ellos se enojan, todo termina muy mal y mis hermanas sufren mucho.
-¿Tienes hermanas? Yo también tengo y me preocupo mucho por ellas al igual que tú- dije queriendo simpatizarle un poco.
Ya comenzaba a aceptar que lo más probable era que sería mi responsabilidad llevarla a su casa. Mi noche del sueño debía esperar, nuevamente, ya que me tenía que hacer cargo de alguien más como en el pasado con mis hermanas y dejar mis prioridades a un lado.
-Oye, notaste ese azulejo, el que tiene manchas de pintura- dijo con sublime entusiasmo.
Su dulce voz me sacó de mis pensamientos y me fijé en la cerámica –Sí lo veo ¿Qué pasa con él?- pregunté, sin ver nada fuera de lo común.
-Las manchas tienen forma de un perro jugando con su hueso- dijo sonriendo y apuntando las partes para que yo las pudiera notar.
Miré con detenimiento. Cuál fue mi sorpresa que efectivamente se veía un perro. Luego miré los demás azulejos, habían un sin número de formas; algunos parecían animales y otros tenían forma de algún objeto.
-Tienes mucha razón- dije entusiasmada, entrando en su juego, que por cierto no me disgustaba para nada, de hecho cuando era menor hacía lo mismo. En aquellos tiempos en que no necesitaba tanta sustancia y alcohol para entretenerme –Mira, ese parece un cono de helado.
-No me gusta el helado, es muy frio- me dijo, sin reparar en lo gracioso que sonó lo que dijo.
Me reí y le respondí que curiosamente a mí tampoco me gustaba, nunca lo hizo. Me fijé que era más fácil llegar a ella si le hablaba de temas más simples.
-¿Vas al colegio, cierto? ¿Qué tal te va allí?- le dije para variar el tema de conversación con mi nueva pequeña amiga
-Si voy. Siempre me felicitan por mi comportamiento y tengo muy buenas notas- dijo sin mucho interés-
-¡Qué bien!, te felicito, pero debes de saber que eso no es lo más importante- dije con la intención de darle un pequeño consejo - Lo más importante es que seas feliz, que juegues con tus amiguitos, así como conmigo ahora.
-No tengo muchos amigos, soy muy tímida. Además si me sigue yendo bien, podré estudiar algo bueno en el futuro y así ya no habrán problemas de dinero en mi familia- dijo como si se hubiera memorizado todo eso de alguna parte-Hago lo posible por mantener las cosas calmadas y sé que con mucho dinero eso es más fácil.
-Amiguita, tarde o temprano ese pensamiento te pasará la cuenta- le dije cabizbaja con alguno que otro sentimiento encontrado. Terminarás dependiente de la fluoxetina, dije en mi mente. Ese era el antidepresivo y ansiolítico el cual me permitía mantener a raya mis ansiedades y frustraciones, pero como nada es mágico en este mundo, lo siguiente es la patética vida de excesos –Mejor te llevo a tu casa, ya es muy tarde.
-¿Tú me llevarás?- me dijo sorprendida.
Asentí con la cabeza y ella rápidamente agregó: -Y Si mejor me llevas a mi presentación de teatro- dijo ansiosa- No puedo ir porque nadie tiene tiempo para llevarme, pero tú si podrías ¿Verdad?
-No sé- dije vacilando. Bastaba con hacerme cargo de la niña esa noche y ahora quedaría comprometida para otra fecha. Bueno, tampoco es que mi vida diaria sea muy ocupada o atractiva, y por hacer feliz a una niñita ¿Qué más da?- ¿Cuándo es? – pregunté con resignación.
-Fue ayer.
Esta niña no debía entender cómo funcionaba el tiempo espacio- Supongo que habrán otros, ¿Cuándo es el próximo?
-No habrán, no hay tiempo para eso- dijo volviendo a sentarse como antes mirando al vacío.
-Pero me dijiste que querías que te llevara- dije confundida
-Pero no lo harás, nunca nadie lo hizo y tú tampoco lo harás.
-Oye, no soy como los demás. A mis hermanas, por ejemplo, las llevo a donde me pidan. Dime ¿Dónde quieres ir?
-¿Dónde quieres ir tú?
La pregunta me tomó por sorpresa. No sabía que responder ¿Qué a dónde quería ir yo?, pues ahí mismo donde me encontraba… supongo. –Yo fui la que hizo la invitación, así que escoge tú ¿Qué te gustaría hacer?
-No lo sé- me dijo con melancolía –Olvidé que es lo que realmente quiero hacer, vivo prácticamente para contentar a los demás, pero no sé qué es lo que me pone contenta a mí.
-Lo olvidaste- dije con lástima. Tan pequeña y no parecía disfrutar como los demás niños.
-Sí, tú olvidaste inhalar eso- indicó el polvillo blanco aún en el tocador del lavamanos.
Nerviosa intenté pensar en alguna excusa o mentira, pero la niña era más inteligente de lo que creía. A propósito eso me trajo a la realidad. Había olvidado que mis amigas y ese sujeto, que conocí esa misma noche, estaban esperando que volviera ¿Cuánto tiempo había pasado? Con drogas en la sangre el tiempo tiende a ser muy relativo. Sí, efectivamente Einstein debía ser drogadicto, si no jamás pudo idear la teoría de la relatividad.
-Oye- dije con timidez, haciéndome la desentendida por lo anterior -¿Cuánto tiempo crees que hemos estado aquí?
-Eso depende- dijo seria
-Yo creo que deben estar preocupados por nosotras. Deberíamos volver- sugerí.
-¿Crees que realmente le preocupas a ellos?
-No lo sé, aunque no les doy muchas razones para hacerlo. Hay muchas cosas que me guardo, así que ellos creen que vivo feliz y que lo que hago está bien para mí .
-¿Saben lo del antidepresivo?- me preguntó.
Nuevamente me dejaba helada. ¿Acaso lo mencioné? , yo no recordaba habérselo dicho. Simplemente negué con la cabeza. Nadie sabía eso, menos de mis descontentos por la vida, las frustraciones y mi diario vivir sin entusiasmo. Me veían feliz y alegre, siempre llena de risa y con eso bastaba.
-Creo que cometí un error en crecer guardándomelo todo- dije con anhelo de que ella pudiera sacar una reflexión de eso –Sufro mucho por sentirme sola y vacía, el cual sólo lleno con comida, alcohol y otras cosas- por supuesto no podría seguir, era sólo una niña quien me escuchaba.
La miré por el rabillo del ojo y noté que juntaba y frotaba sus manitos para que entraran en calor. Enternecida volví a agarrarlas con mi mano derecha, con más delicadeza que la vez anterior y esta vez también le abracé por detrás de los hombros, acobijándola a mi lado y le acaricié el brazo, con mi mano libre.
La escuché soltar un largo suspiro.
-Cuando me abrazan de esta manera, ya no siento esa cosa que me aprieta la garganta siempre.
Sonreí. Esa “cosa” se llama angustia y yo la conocía bastante bien.
Se hizo nuevamente un silencio, pero este ya no era helado, ni incomodo, ni había apuros en él, sólo dos nuevas amigas abrazadas sentadas en el piso del baño de una disco de algún lugar por ahí.
Estaba tranquila, sentía como mi pequeña amiga estaba más relajada. Sus manitos también habían adquirido temperatura y con la mirada fija en ellas, noté una cicatriz sobre el dorso de la mano. Era una muy pequeña, como la marca de un clavado de colmillo de algún animal. Inmediatamente recordé que, en mi infancia, uno de los primeros perros que tuve me mordió tan fuerte que dejó una herida que hasta el día de hoy tenía la cicatriz. Retiré la mano con la cual la abrazaba despacio, para que no sintiera ese vacío, con las ganas de mostrarle que tenía la misma marca que ella, en la misma mano.
-No vas a creer esta coincidencia. Mira, esta cicatriz me la hice de pequeña- dije alzando mi mano- Me di cuenta que tú tienes la misma…
Mis palabras quedaron en el aire. Estaba completamente sola, sentada en el piso del baño. Busqué a mi pequeña amiga por todos lados, pero había desaparecido. Subí la mirada, en ese baño sólo me encontraba yo y mis cosas, junto con el papel lleno de falsa tiza que seguía ahí, esperando ser consumido.
Al final no necesité de aquel elemento para volver a sentirme sobria y lúcida. Sin embargo ahora me encontraba en total consternación.
¿Dónde se fue ella?, ¿Qué es lo que acaba de pasar?, eran las preguntas que merodeaban por mi mente, y que dudaba mucho alguna vez darles respuesta.
Apoyé los codos sobre el lavamanos y sostuve mi cabeza con ambas manos, como si en cualquier momento esta fuera a caer. Pensé que era mejor salir de ahí y regresar a mi casa.
Volver con el sujeto de los tragos gratis y seguir en fiesta, ya no tenían absolutamente ni un sentido para mí. Algo cambió en mí ese día. Me dí cuenta que era adicta a muchas cosas, menos a mí misma.

¡Muy bien escrito!
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