Por Gabriela Valdivieso
No te han visto, tú en cambio recibes en un hilo todos los estímulos y tratas de organizar la información y ordenar el mono. A ver, el mozo del café acaba de traer tu menú y por la puerta han entrado Juan Pablo y Bárbara; el que alguna vez fue tu gran amor y la que era tu mejor amiga. Tú estás sola, solísima, y desarreglada como tras este día nunca más estarás. Sabes que en general tener chasquilla fue un error, pero salir de casa sin si quiera lavártela con agua y jabón fue mortal. Ahí están juntos, riendo y ahí estás, un poco muriéndote. Quizás has dejado de respirar, o quizás estás hiperventilada, no sabes bien.
-Hola, ¿Tienes fuego?
Se lo pasas, lo alza y lo acerca a sí. El tiempo es escaso, es ahora o nunca. Está listo, se acerca para devolverte el encendedor, ya está diciendo "Gracias" aunque la acción no ha terminado. Te lanzas a la piscina y balbuceas palabras que sonaron como esto, pero aún más desenfocado, horror:
-Eh, de nada, ¿tienes un minuto? O sea, ¿te podría yo pedir un favor? ¿Podrías hacer esto por mí? Me ayudaría mucho si te sientas un rato, ¿tienes un minuto o vas corriendo? Entendería si no, pero ojalá, tan solo unos momentos.
Él no entiende, pero se sienta, creo que para ver de qué va esto, intentas aclarar:
-¿Alguna vez te ha provocado comerte una papa de Mc Donalds de la bandeja de otra persona? Uno no pregunta porque será raro, claro. Pero ¿no sería lindo? Como tener esa solidaridad con el otro, si pudiéramos ayudarnos de pronto, porque sí. No ayudar con dinero, como a la gente que pide plata, sino con algo chico, una papa, un momento.- Él mira hacia un lado, parece que se arrepintió o quizás necesita una aclaración, entonces lo dices-. Pues pasa que en una mesa por allá, por favor no voltees, está mi ex, que es como mi trauma, ¿sabes? Es delicado, pero en definitiva no quisiera estar sola, no quisiera verme sola. ¿Podrías permanecer un momento? Mira, no te ofrezco papas del Mc Donalds, es pan con palta, ¿quieres? La orden llegó recién, no lo he ni tocado, te lo juro. Bueno, ni es una verdadera papa frita ni cumple con el concepto como tal porque tú no me la pediste, yo soy la que necesita pues, pero quizás otra cosa, ¿quieres un jugo?, ¿me acompañas?
Quizás sonrió, no miraste bien, pero relaja su cuerpo, ves que se va a quedar. Te dice que no quiere un jugo, que en verdad no quiere nada, acaba de tomar desayuno. Te dice que tiene unos minutos porque justo salió temprano, vive cerca, se dirigía al metro, a casa de unos amigos. De hecho prendió el pucho más por perder el tiempo que por vicio o deseo. Te dice que no hay nada malo en quedarse solo y tú sonríes, claramente no lo entiende. Se llama Manuel o quizás dijo Miguel, su acento es distinto porque es de Concepción. Es arquitecto y al fin está contento con su vida en Santiago. Es el hermano menor, tiene dos hermanas, es el regalón.
Has llegado a este punto, sabes que han pasado unos minutos y jurarías que ya Juan Pablo te vio. Ya es suficiente, pides la cuenta, aunque apenas comiste, pero crees que desde lejos no se alcanza a ver tu plato. Le contaste de ti mientras llegó la cuenta, pagaste siendo discreta con la clave porque en verdad no sabes bien cómo es Manuel o Miguel. Se paran y estás satisfecha, no salió tan mal, de hecho el chico te gustó un poquito. Quizás te pida el teléfono, quizás la vida te dé una historia de esas maravillosas. Capaz algún día le puedas contar a tus hijos cómo la filosofía de la papa de Mc Donalds te ayudó a tener a tu marido.
Le agradeces un montón, hablan del calor que hace, y de pronto al fin la anécdota de chica-ve-a-su-ex-y-a-su-amiga-traicionera está por terminar. Hablan que él va al metro y que tu casa está en la misma dirección. Estás casi afuera, tratas de recordar tu teléfono, que es nuevo, por si acaso. Pero él de pronto sonríe de oreja a oreja, te dice que le lo esperes un seguro. Ha visto a alguien conocido. Se aleja de ti y se acerca a ellos. Juan Pablo y Bárbara, qué onda, cómo andan, escuchas en cámara lenta. Tú te medio mueres de nuevo. Ahora entiendes. Antes estabas hiperventilada, ahora has inhalado el mundo, a ver si te llega sangre a la cabeza. Das la vuelta mientras tus ojos aún siguen abiertos como platos y tus pies salvadores se activan y te alejan de esta pesadilla. Escuchas el palmoteo del abrazo y las risas. Sientes dolor de guata, te cayó pésimo la palta, te cayó pésimo el mundo.
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