Por Luci Carr.
Es
un caminar, dijeron, un caminar entre sueños, entre mundos perdidos, entre
tierras del nunca jamás y esas payasadas. Es tenerle odio a la realidad, a las
personas y la política, no se cómo enlazaron eso último ahí, pero es la verdad,
está todo escrito. Es como pensar que se puede crear más allá de lo que existe
y arrojarse en apremio suicida a un abismo de luz fluorescente, supongo que
habrán pensado que soy un dodo humanoide, pero los abismos no me tientan.
Tampoco creo caminar por ningún otro lugar que no sea la calle, aunque piense, un
camino distinto.
Son
las 9:34 y el director parece haber estado hablando por horas, ¿por qué
repetirme lo que se que aparece en mi expediente? ¿por qué alarmar a mi madre
que más que enferma está loca y a las secretarias que escuchan toda la batalla
entre la defensa y el fiscal? No puedo creerlo, escribieron mal irracional
ahora resulta que soy “iracional”, no se exactamente de qué se quejan, si
atiendo a clases con regularidad, ¿con eso debería bastar no? Los presos son
más libres, si la prisión es para el cuerpo y la mente la dejan flotar, pero
ahí vuelve con su bigote crispado italiano saltando cada vez que pronuncia la
“o”, “como”, “loco”, “nos”, “obliga”, “apoderados”, “sugiero”, “profesional”…
Pero sigue siendo para mi un misterio, como en la ventana que hay un poco más
atrás una madre chincol entrega a sus hijos el alimento al que debe la vida
arrebatándola sin piedad, y cómo el viento mese las hojas que decoloran en un
arcoíris verde y crean sombras para un viejo en un banco… no creo que realmente
comprenda el problema en el que se está metiendo, es mi hijo yo seré quien se
encargue, lo entendemos pero no podemos perder de vista que es un
comportamiento recurrente, olvídelo, enseñarle, nosotros, necesita ayuda, el viejo
en el banco mira sus manos desgastadas por el trabajo y el tiempo. Hojean con
cariño páginas de un tomo, las cogen entre los más delicados y con cuidado las
dan vuelta, acarician con un amor entrañable la tapa dura y el color deslucido
y se deslizan, juegan con la impresión. Poco a poco me doy cuenta, me percato
de lo inverosímil, creemos que lo prudente es respaldarlo, sus manos viejas se
vuelven tersas y levanta la mirada, nos miramos el alma y recordamos tantas,
tantas vidas pasadas, tantos caminos paralelos, tantos túneles y puertas
subterráneas, y creo ver el mar en sus pupilas. No pienso que sea lo adecuado,
usted verá pero nosotros creemos, esa no es la forma, es lo único, pero si,
usted, creo. La brisa marina llega a mis cabellos, la sal, los mariscos en una
costa antigua, pero tan fulgurante, no es fotografía. No puede, transe, qué
sucede. La arena amortigua las pinceladas y acentúa la idea en el firmamento de
estrellas infinitas, que brillan, brillan, brillan “como velas romanas a través
de la noche”, ¡ayuda!...
Y,
como todo aquello que atañe lo que importa más, es un duelo, mundo de
imposibilidades y de nos, advertencias camufladas de consejos, recomendaciones
verdes que trepan y construyen sus moradas en mentes nubladas. Y cuando lo
vemos, cuando se abre una rendija entre los muros y la hiel, es como un vuelo,
es flotar ante el abismo sin miedos, es planear en euforia, en completa locura
en el mundo de los tuertos. Es fuego y quema, quema y arde, es el verdadero respiro,
es un globo de helio sin dueño, es el barco sin ancla que se eleva hasta tocar
las estrellas en esta noche despejada; y olvidada la materia solo queda la
esencia. Y lo que es esencial, no se apaga, aunque con un vaso le cubran la
llama, aunque las miradas de la gravedad y las enredaderas franqueen la visión
en este mundo de sueños enterrados, aunque el sol se cubra y se vele, en
eclipse total. Aun en el momento de mayor oscuridad, la llama arde. El sol no
se apaga.
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