Por Luci Carr.
No
recuerdo su nombre, pero se que la he visto. Creo recordar el lugar y el
momento exactos, una reunión en la cafetería, quizás me la presentaron como
originaria de India o algún país lejano como aquel. Me parece recordar que
aquel día iba con prisa a algún otro lugar y se detuvo por unos minutos a
conversar con el grupo reunido en las mesas. Un segundo de su tiempo le robamos,
un segundo como el batir de las alas de una mariposa, que con su aparente
insignificancia puede causar un huracán en un lado opuesto del mundo. Y eso es
finalmente, cada segundo cuenta, cada tic tac que da el reloj de la vida,
metáfora tan manoseada que ha perdido toda la gracia al emplearse, pero sirve
igualmente. Quizás por ese segundo que le robamos llegó tarde a su trabajo,
quizás al llegar tarde no pudo llamar a su casa para avisar que pasaría a
buscar a su hija menor después del colegio. Al no avisar su hija mayor decide
tomar el auto en la casa y partir en busca de su hermana, va escuchando una
canción de The Smiths “There is a light that never goes out” mientras tararea
la melodía y ocasionalmente ve su whatsapp porque debería estar en la
universidad entregado un ensayo y quiere asegurarse que aquella amiga a la que
le pidió que se lo llevara lo hiciese. Recibe un mensaje, lo mira y …“and if a
doble decker bus crashes into us…”. En un segundo, el tiempo queda suspendido,
la música cesa, el humo invade el aire mientras los transeúntes y los
conductores de otros autos se bajan a ayudar, pero es muy tarde.
No
tengo realmente como saberlo, tampoco se si era ella, la memoria es frágil y
quebradiza. Mirándola me doy cuenta de sus prendas, de sus manos, su cabello,
debe tener un trabajo de oficina o de aula, puede ser periodista o
psicopedagoga. Bolsas en sus ojos me revelan su cansancio, pero la amabilidad
con que nos mira me tiende a confirmar la segunda teoría. La misma carrera de
mi prima, la que siempre está ocupada viajando por la ciudad de hollín bajo las
calles cubiertas de humo y estrellas.
Quizás esta mujer tenga un hijo, como ella, un hijo de tres años que
nació prematuro y tuvo pocas esperanzas de continuar su vida. Quizás su hijo
también tenga una prima de segundo grado a quien no conozca ni de nombre, a
quien se envíen sus fotos para recordarle que hay un bebé en la familia. Quizás
esas fotos ocasionales, como cartas a pluma mantengan un contacto efímero,
entre dos viejas amigas que lo mantienen por el miedo a perder aquella
nostalgia que es el recuerdo. Recuerdo veranos en la playa con mi prima y mis
hermanas corriendo por la costa tarde en la noche, construyendo castillos de
arena y jugando en los toboganes y puentes. Recuerdo tardes enteras gastadas
entre los secretos y los complots contra mis padres, recuerdo cómo nos traía de
contrabando chicle cuando nuestros papás lo tenían vetado en la casa. Tantos
chistes internos, tantas escapadas, tantos momentos que se escapan como el
viento. Es imposible impedir que los castillos de arena se los lleve el mar.
Esta
mujer debe saber también eso, debe tener pasado y recuerdos, debe tener
problemas y verdades. Todos las tenemos. Pero me es imposible mirar a sus ojos
y no pensar, “¿qué estará pensando?” “¿qué estará diciendo en su mente a su
consciencia de nosotros?” un grupo extraño, heterogéneo, reunidos por una
pasión común, pero con tantas diferencias. Se que no volveré a verla, y si la
veo la confundiré, se que no volverán a encontrarse nuestros caminos y eso está
bien. Vamos en un tren juntas, pero es tiempo que cada una baje en su estación.
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